Crónica segunda
10.-
Transcurrían los días y los pasábamos ocupados entre practicar la instrucción diaria para participar en los numeroso desfiles que se organizaban por cualquier celebración religiosa, gubernativa o militar, y el aprendizaje propio del arma a la que habíamos sido destinados. La gloriosa Artillería nos acogía en su seno y, para servirla y honrarla, tuvimos que aprender la composición, mantenimiento y manejo de los cañones que teníamos asignados. Cada día despojábamos a los cañones de sus fundas protectoras; los desmontábamos, los engrasábamos, los volvíamos a montar y practicábamos simulación de tiro. Una vez al mes nos llevaban a la costa, donde desplegábamos las piezas, las cargábamos con munición real y disparábamos. A todo lo anterior -para terminar de enumerar las provechosas actividades que desarrollábamos en el cuartel- he de sumar guardias, imaginarias, retenes y otras tareas diversas.
Sin embargo hay algo que debo agradecerle al tiempo que permanecí en el Ejército. Aunque más de un escéptico no lo crea, dentro del cuartel había una biblioteca; era un cuarto pequeño y estaba tan escondido que era muy difícil saber que semejante templo del saber -aunque modesto- se encontraba entre aquellas dependencias destinadas a la guerra. Tenía todas las paredes cubiertas por unas viejas y recias estanterías de madera llenas de libros polvorientos; sin duda hacía muchos años desde la última vez que habían sido abiertos la mayoría de aquellos volúmenes. Las ediciones eran antiguas ya que no había incorporaciones recientes, como si, una vez instalada la biblioteca, se hubieran olvidado de utilizarla y, mucho menos aún, de ampliarla. Parecía el capricho de algún coronel ilustrado que el Regimiento tuvo en otro tiempo y que los que llegaron después de él consideraron que sería conveniente olvidar.
Pero la biblioteca existía y un día tuve la fortuna de entrar por primera vez en ella. Sólo era frecuentada por seis o siete soldados y por un teniente que tenía fama de estrafalario (supongo que precisamente por que visitaba tan singular dependencia). Al principio me introducía en ella como si fuera un cazador furtivo, porque me intimidaba todo lo que yo desconocía y no me atrevía a abrir ningún libro; me contentaba con mirar los lomos y deletrear los títulos y los nombres de los autores. Predominaban los tratados del arte de la guerra, las memorias y las biografías de célebres generales del pasado y las crónicas de las batallas más famosas. Una parte considerable de los estantes estaban repletos de libros de carácter religioso y extensos volúmenes de historia y también había una sección dedicada a la literatura de ficción que me descubrió un mundo desconocido hasta entonces por mí.
Nunca había leído un libro, entre otros motivos porque no le encontraba utilidad, además de que en mi casa no había ni uno solo. Tomé uno entre mis manos (se trataba de La narración de Arthur Gordon Pym, de E. A. Poe) y a partir de ese momento, al principio con la ayuda de un diccionario, me convertí en un adicto a la lectura. Iba todos los días un rato y siempre había un libro a la espera de que yo lo abriera para mostrarme las maravillas que encerraba. No recuerdo todo lo que leí, pero me vienen a la memoria autores como Alphonse Daudet, Emilio Salgari, Benito Pérez Galdós, Julio Verne, Pío Baroja, Mark Twain, Gustavo Adolfo Bécquer, Washington Irving... Sí, en un cuartel también era posible instruirse.
El correo me trajo una buena noticia: era padre de una niña. Un mes después de aquel acontecimiento el cartero también me trajo otra comunicación de signo contrario; fue la desaparición, con una semana de diferencia, de mis padres. Yo ya no podía estar más desesperado y dentro de mi cabeza se formaban extraños y peligrosos pensamientos que me hacían sentir malos presagios, que desgraciadamente no tardaron en confirmarse.
10.-
Transcurrían los días y los pasábamos ocupados entre practicar la instrucción diaria para participar en los numeroso desfiles que se organizaban por cualquier celebración religiosa, gubernativa o militar, y el aprendizaje propio del arma a la que habíamos sido destinados. La gloriosa Artillería nos acogía en su seno y, para servirla y honrarla, tuvimos que aprender la composición, mantenimiento y manejo de los cañones que teníamos asignados. Cada día despojábamos a los cañones de sus fundas protectoras; los desmontábamos, los engrasábamos, los volvíamos a montar y practicábamos simulación de tiro. Una vez al mes nos llevaban a la costa, donde desplegábamos las piezas, las cargábamos con munición real y disparábamos. A todo lo anterior -para terminar de enumerar las provechosas actividades que desarrollábamos en el cuartel- he de sumar guardias, imaginarias, retenes y otras tareas diversas.
Sin embargo hay algo que debo agradecerle al tiempo que permanecí en el Ejército. Aunque más de un escéptico no lo crea, dentro del cuartel había una biblioteca; era un cuarto pequeño y estaba tan escondido que era muy difícil saber que semejante templo del saber -aunque modesto- se encontraba entre aquellas dependencias destinadas a la guerra. Tenía todas las paredes cubiertas por unas viejas y recias estanterías de madera llenas de libros polvorientos; sin duda hacía muchos años desde la última vez que habían sido abiertos la mayoría de aquellos volúmenes. Las ediciones eran antiguas ya que no había incorporaciones recientes, como si, una vez instalada la biblioteca, se hubieran olvidado de utilizarla y, mucho menos aún, de ampliarla. Parecía el capricho de algún coronel ilustrado que el Regimiento tuvo en otro tiempo y que los que llegaron después de él consideraron que sería conveniente olvidar.
Pero la biblioteca existía y un día tuve la fortuna de entrar por primera vez en ella. Sólo era frecuentada por seis o siete soldados y por un teniente que tenía fama de estrafalario (supongo que precisamente por que visitaba tan singular dependencia). Al principio me introducía en ella como si fuera un cazador furtivo, porque me intimidaba todo lo que yo desconocía y no me atrevía a abrir ningún libro; me contentaba con mirar los lomos y deletrear los títulos y los nombres de los autores. Predominaban los tratados del arte de la guerra, las memorias y las biografías de célebres generales del pasado y las crónicas de las batallas más famosas. Una parte considerable de los estantes estaban repletos de libros de carácter religioso y extensos volúmenes de historia y también había una sección dedicada a la literatura de ficción que me descubrió un mundo desconocido hasta entonces por mí.
Nunca había leído un libro, entre otros motivos porque no le encontraba utilidad, además de que en mi casa no había ni uno solo. Tomé uno entre mis manos (se trataba de La narración de Arthur Gordon Pym, de E. A. Poe) y a partir de ese momento, al principio con la ayuda de un diccionario, me convertí en un adicto a la lectura. Iba todos los días un rato y siempre había un libro a la espera de que yo lo abriera para mostrarme las maravillas que encerraba. No recuerdo todo lo que leí, pero me vienen a la memoria autores como Alphonse Daudet, Emilio Salgari, Benito Pérez Galdós, Julio Verne, Pío Baroja, Mark Twain, Gustavo Adolfo Bécquer, Washington Irving... Sí, en un cuartel también era posible instruirse.
El correo me trajo una buena noticia: era padre de una niña. Un mes después de aquel acontecimiento el cartero también me trajo otra comunicación de signo contrario; fue la desaparición, con una semana de diferencia, de mis padres. Yo ya no podía estar más desesperado y dentro de mi cabeza se formaban extraños y peligrosos pensamientos que me hacían sentir malos presagios, que desgraciadamente no tardaron en confirmarse.
(Continuará)
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