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Un día prohibieron la comunicación epistolar o telefónica con el exterior y cancelaron todos los permisos. Nadie nos explicó a qué se debían aquellas medidas tan severas, hasta que transcurridas dos semanas nos proporcionaron un equipo completo de campaña y nos integramos en una larga columna militar que nadie sabía a dónde se dirigía.
Circulamos de noche, cientos y cientos de kilómetros y al final nos mandaron descender de los vehículos para poner en posición las piezas de artillería y dirigirlas hacia un villorrio que se distinguía a lo lejos. Los oficiales y suboficiales mantenían una frenética actividad que trataban de comunicar a la tropa y poco después nos ordenaron abrir fuego sobre el objetivo; las piezas comenzaron a tronar y a desgarrar la calma de aquella tranquila campiña. Veíamos avanzar a la infantería junto a los carros de combate que ganaban posiciones; tal vez fueron imaginaciones mías, pero vi que de los edificios destruidos por los efectos de la artillería salían los pobladores del pueblo y eran perseguidos sin piedad por tropas de infantería; sus lastimeros gritos llegaban nítidos hasta mis oídos.
Dejé caer al suelo el casco que llevaba puesto en la cabeza y comencé a caminar. Un sargento me sujetó por un brazo y al intentar zafarme le propiné un golpe involuntario en el torso; me soltó sorprendido, pero reaccionó al instante y me atizó un puñetazo en el mentón y cuando se disponía a patearme -pues yo estaba tendido en el suelo- sujeté el pie, lo levanté con fuerza hacia arriba, perdió el equilibrio y cayó a tierra. Aproveché que rodaba por el suelo para levantarme; un solo mamporro bastó para ponerlo fuera de combate. A nuestro alrededor el resto de los componentes de la unidad estaban muy atareados y continuaban con el bombardeo sobre la indefensa aldea. Al ver que nadie me detenía me marché de allí.
Corrí como un loco y no sabía qué hacer ni a dónde dirigirme, hasta que me detuve muerto de cansancio, entonces me desplomé junto a un ribazo y dormí varias horas. Al despertar me envolvía una profunda oscuridad; era la noche más negra y desagradable que había visto nunca. Me puse en pie y eché a andar por lo que me pareció que era un estrecho camino.
Al amanecer descubrí una casa a trescientos o cuatrocientos metros; tenía hambre y pensé que tal vez aquella gente me proporcionara algún alimento. Me acerqué despreocupado; los animales de la granja se alborotaron al oír mis pasos, al poco asomó por una de las ventanas el cañón de una escopeta y dos disparos quebraron la tranquilidad del amanecer. Los perdigones de los cartuchos pasaron a escasos centímetros de mi cabeza y empecé a correr de nuevo; atravesé un río y lancé al agua el fusil que aún llevaba colgado a la espalda y aquel acto tan simple constituyó el principio de mi liberación. Me sentía ligero y redimido de cualquier preocupación o sufrimiento, lo que sucediera después carecía de importancia.
Erré por los caminos sin saber dónde estaba ni hacia dónde me dirigía, hasta que me topé con una patrulla de la policía militar. Era inútil plantarles cara, mi aspecto desastrado les llamó la atención, me pidieron la documentación y, ante la imposibilidad de presentarla y de proporcionarles una explicación lógica, me detuvieron, me trasladaron a la Capitanía General y me metieron en una celda.
Un día vino a visitarme el capellán; se lo agradecí porque me dio la oportunidad de descargar toda la rabia que tenía acumulada. No me sermoneó ni me habló de religión, simplemente se limitó a escucharme y a consolarme. Me proporcionó una serie de libros de derecho -que yo le había pedido- y los estudié a fondo por si podía encontrar en ellos algún dato que pudiera utilizar en mi defensa.
Me hicieron comparecer ante un Consejo de Guerra sumarísimo. Hablaron todos y cada uno de los que se encontraban en la sala, yo fui el único a quien no le fue permitido decir nada, por lo que no pude explicar la verdad de lo sucedido ni poner en práctica la cultura legal que había adquirido. Por mi comportamiento cobarde ante el enemigo me condenaban a ser fusilado al día siguiente. El Páter vino a verme la última noche; no le pedí que me confesara, ni que me diera la absolución por unos pecados que no había cometido.
(Continuará)