28 de junio de 2010

Crónicas de la nada (24)

Crónica segunda.

11.-
Un día prohibieron la comunicación epistolar o telefónica con el exterior y cancelaron todos los permisos. Nadie nos explicó a qué se debían aquellas medidas tan severas, hasta que transcurridas dos semanas nos proporcionaron un equipo completo de campaña y nos integramos en una larga columna militar que nadie sabía a dónde se dirigía.
Circulamos de noche, cientos y cientos de kilómetros y al final nos mandaron descender de los vehículos para poner en posición las piezas de artillería y dirigirlas hacia un villorrio que se distinguía a lo lejos. Los oficiales y suboficiales mantenían una frenética actividad que trataban de comunicar a la tropa y poco después nos ordenaron abrir fuego sobre el objetivo; las piezas comenzaron a tronar y a desgarrar la calma de aquella tranquila campiña. Veíamos avanzar a la infantería junto a los carros de combate que ganaban posiciones; tal vez fueron imaginaciones mías, pero vi que de los edificios destruidos por los efectos de la artillería salían los pobladores del pueblo y eran perseguidos sin piedad por tropas de infantería; sus lastimeros gritos llegaban nítidos hasta mis oídos.
Dejé caer al suelo el casco que llevaba puesto en la cabeza y comencé a caminar. Un sargento me sujetó por un brazo y al intentar zafarme le propiné un golpe involuntario en el torso; me soltó sorprendido, pero reaccionó al instante y me atizó un puñetazo en el mentón y cuando se disponía a patearme -pues yo estaba tendido en el suelo- sujeté el pie, lo levanté con fuerza hacia arriba, perdió el equilibrio y cayó a tierra. Aproveché que rodaba por el suelo para levantarme; un solo mamporro bastó para ponerlo fuera de combate. A nuestro alrededor el resto de los componentes de la unidad estaban muy atareados y continuaban con el bombardeo sobre la indefensa aldea. Al ver que nadie me detenía me marché de allí.
Corrí como un loco y no sabía qué hacer ni a dónde dirigirme, hasta que me detuve muerto de cansancio, entonces me desplomé junto a un ribazo y dormí varias horas. Al despertar me envolvía una profunda oscuridad; era la noche más negra y desagradable que había visto nunca. Me puse en pie y eché a andar por lo que me pareció que era un estrecho camino.
Al amanecer descubrí una casa a trescientos o cuatrocientos metros; tenía hambre y pensé que tal vez aquella gente me proporcionara algún alimento. Me acerqué despreocupado; los animales de la granja se alborotaron al oír mis pasos, al poco asomó por una de las ventanas el cañón de una escopeta y dos disparos quebraron la tranquilidad del amanecer. Los perdigones de los cartuchos pasaron a escasos centímetros de mi cabeza y empecé a correr de nuevo; atravesé un río y lancé al agua el fusil que aún llevaba colgado a la espalda y aquel acto tan simple constituyó el principio de mi liberación. Me sentía ligero y redimido de cualquier preocupación o sufrimiento, lo que sucediera después carecía de importancia.
Erré por los caminos sin saber dónde estaba ni hacia dónde me dirigía, hasta que me topé con una patrulla de la policía militar. Era inútil plantarles cara, mi aspecto desastrado les llamó la atención, me pidieron la documentación y, ante la imposibilidad de presentarla y de proporcionarles una explicación lógica, me detuvieron, me trasladaron a la Capitanía General y me metieron en una celda.
Un día vino a visitarme el capellán; se lo agradecí porque me dio la oportunidad de descargar toda la rabia que tenía acumulada. No me sermoneó ni me habló de religión, simplemente se limitó a escucharme y a consolarme. Me proporcionó una serie de libros de derecho -que yo le había pedido- y los estudié a fondo por si podía encontrar en ellos algún dato que pudiera utilizar en mi defensa.
Me hicieron comparecer ante un Consejo de Guerra sumarísimo. Hablaron todos y cada uno de los que se encontraban en la sala, yo fui el único a quien no le fue permitido decir nada, por lo que no pude explicar la verdad de lo sucedido ni poner en práctica la cultura legal que había adquirido. Por mi comportamiento cobarde ante el enemigo me condenaban a ser fusilado al día siguiente. El Páter vino a verme la última noche; no le pedí que me confesara, ni que me diera la absolución por unos pecados que no había cometido.
(Continuará)

13 de junio de 2010

Crónicas de la nada (23)

Crónica segunda

10.-
Transcurrían los días y los pasábamos ocupados entre practicar la instrucción diaria para participar en los numeroso desfiles que se organizaban por cualquier celebración religiosa, gubernativa o militar, y el aprendizaje propio del arma a la que habíamos sido destinados. La gloriosa Artillería nos acogía en su seno y, para servirla y honrarla, tuvimos que aprender la composición, mantenimiento y manejo de los cañones que teníamos asignados. Cada día despojábamos a los cañones de sus fundas protectoras; los desmontábamos, los engrasábamos, los volvíamos a montar y practicábamos simulación de tiro. Una vez al mes nos llevaban a la costa, donde desplegábamos las piezas, las cargábamos con munición real y disparábamos. A todo lo anterior -para terminar de enumerar las provechosas actividades que desarrollábamos en el cuartel- he de sumar guardias, imaginarias, retenes y otras tareas diversas.
Sin embargo hay algo que debo agradecerle al tiempo que permanecí en el Ejército. Aunque más de un escéptico no lo crea, dentro del cuartel había una biblioteca; era un cuarto pequeño y estaba tan escondido que era muy difícil saber que semejante templo del saber -aunque modesto- se encontraba entre aquellas dependencias destinadas a la guerra. Tenía todas las paredes cubiertas por unas viejas y recias estanterías de madera llenas de libros polvorientos; sin duda hacía muchos años desde la última vez que habían sido abiertos la mayoría de aquellos volúmenes. Las ediciones eran antiguas ya que no había incorporaciones recientes, como si, una vez instalada la biblioteca, se hubieran olvidado de utilizarla y, mucho menos aún, de ampliarla. Parecía el capricho de algún coronel ilustrado que el Regimiento tuvo en otro tiempo y que los que llegaron después de él consideraron que sería conveniente olvidar.
Pero la biblioteca existía y un día tuve la fortuna de entrar por primera vez en ella. Sólo era frecuentada por seis o siete soldados y por un teniente que tenía fama de estrafalario (supongo que precisamente por que visitaba tan singular dependencia). Al principio me introducía en ella como si fuera un cazador furtivo, porque me intimidaba todo lo que yo desconocía y no me atrevía a abrir ningún libro; me contentaba con mirar los lomos y deletrear los títulos y los nombres de los autores. Predominaban los tratados del arte de la guerra, las memorias y las biografías de célebres generales del pasado y las crónicas de las batallas más famosas. Una parte considerable de los estantes estaban repletos de libros de carácter religioso y extensos volúmenes de historia y también había una sección dedicada a la literatura de ficción que me descubrió un mundo desconocido hasta entonces por mí.
Nunca había leído un libro, entre otros motivos porque no le encontraba utilidad, además de que en mi casa no había ni uno solo. Tomé uno entre mis manos (se trataba de La narración de Arthur Gordon Pym, de E. A. Poe) y a partir de ese momento, al principio con la ayuda de un diccionario, me convertí en un adicto a la lectura. Iba todos los días un rato y siempre había un libro a la espera de que yo lo abriera para mostrarme las maravillas que encerraba. No recuerdo todo lo que leí, pero me vienen a la memoria autores como Alphonse Daudet, Emilio Salgari, Benito Pérez Galdós, Julio Verne, Pío Baroja, Mark Twain, Gustavo Adolfo Bécquer, Washington Irving... Sí, en un cuartel también era posible instruirse.
El correo me trajo una buena noticia: era padre de una niña. Un mes después de aquel acontecimiento el cartero también me trajo otra comunicación de signo contrario; fue la desaparición, con una semana de diferencia, de mis padres. Yo ya no podía estar más desesperado y dentro de mi cabeza se formaban extraños y peligrosos pensamientos que me hacían sentir malos presagios, que desgraciadamente no tardaron en confirmarse.
(Continuará)

5 de junio de 2010

Crónicas de la nada (22)

Crónica segunda.

9.-

Se acercaba el momento decisivo, la jura de bandera, donde demostraríamos lo que habíamos aprendido. Ese día todos nuestros esfuerzos obtendrían justa recompensa y nos convertiríamos en auténticos soldados de nuestro Ejército. Antes de tan fundamental acontecimiento tuve la oportunidad de obtener otro galardón, si no tan valioso, sí mucho más satisfactorio para mí. Una noche, poco antes del toque de retreta, me encontraba en la puerta de nuestra nave fumándome un cigarrillo y vi a un individuo que se anudaba el cordón de una bota bajo la luz de una farola; su cara me resultaba familiar, pero no lograba recordar de qué lo conocía. Fue al incorporarse y al mirar hacia donde yo estaba cuando recordé los golpes que me propinaban durante las pocas horas que pasé en el calabozo nada más llegar al centro de instrucción de reclutas. Me bajé la visera de la gorra, tiré al suelo el cigarrillo y lo pisé, saqué otro de la cajetilla, me lo coloqué en la comisura de los labios y me dirigí hacia él mientras miraba al suelo.

-Perdona ¿me das fuego? -le dije.

Él sacó un encendedor del bolsillo, lo prendió y lo acercó a mi cigarrillo; aspiré varias veces hasta que el pitillo estuvo encendido, le di las gracias y, mientras él se guardaba el mechero, le sacudí un puñetazo en la mandíbula que le hizo volar varios metros.

Si he de ser sincero diré que no me encontraba muy bien encerrado en aquél sitio y en mi cabeza ya había formado un plan para escaparme y reunirme con mis seres queridos, pero me vigilaban muy bien y nunca encontraba el momento apropiado. El único contacto que mantenía con mi novia era epistolar; además no pudo ir al campamento como los familiares del resto de los reclutas para la jura de bandera, ni mis padres tampoco, ya que estaban los dos muy delicados de salud. El día señalado amaneció gris y frío, pero a pesar de la amenaza de lluvia y de la baja temperatura nos formaron en la explanada del acuartelamiento hasta que cumplimos con aquel requisito fundamental y a partir de aquel momento ya nos pudimos considerar auténticos soldados. Todos mis compañeros tuvieron una semana de permiso, todos menos los que como yo habíamos transgredido una de sus reglas y me enviaron directamente al cuartel que me correspondía.

Llegar al destino que me habían asignado no cambió mi existencia ni la opinión que los mandos tenían de mí. Yo era un individuo que había intentado sustraerse a sus obligaciones y aquello me marcaría el tiempo que permaneciera en filas. Me quedé sin permiso, luego cumpliría en filas unos meses suplementarios, no guardaban conmigo ninguna consideración ni me estaba dado el acogerme a ninguna prerrogativa, pero sí que cambió algo y fue que mis nuevos compañeros, al desconocer mi situación, comenzaron a llamarme por mi nombre, y para ellos era uno más. Al presentarme en el cuartel, como único recluta recién llegado, me convertí en blanco de sus bromas y anticipo de lo que se conoce por novatadas, mas por ello mismo pude sustraerme al grueso de los escarnios que preparaban para cuando se presentaran los soldados de la nueva promoción.

Cuando llegaron se produjo la gran fiesta. Eran despertados a horas intempestivas, obligados a cumplir las imaginarias en calzoncillos y con orinales colocados en la cabeza a modo de casco; se les formaba en cualquier momento del día o de la noche y uno de los veteranos se hacía pasar por oficial, o suboficial, vestido al uso para la ocasión con el único propósito de humillar a los recién llegados; también los obsequiaron con otras lindezas de distinta y variada jaez, algunas de ellas de una crueldad supina, y absurda, a pesar de tratarse de iguales y compañeros.

(Continuará)