8 de mayo de 2010

Crónicas de la nada (20)

Crónica segunda.

7.-

No es extraño que me desentendiera de algo tan baladí como era el servicio militar. Hubo otra circunstancia que contribuyó a mi olvido. Dada la inconsciencia con que copulábamos no es raro que ocurriera lo que sucedió, ya que mi novia quedó en estado. Al saberlo con certeza pensamos que lo mejor que podíamos hacer era casarnos, pero antes teníamos que comunicárselo a nuestras respectivas familias. A la mía no le importó; la de ella no estuvo de acuerdo con lo de la boda hasta que supieron lo del embarazo, entonces el padre lo que quería era matarme. Solventados esos pequeños problemas comenzamos los preparativos para la ceremonia y cuando más entusiasmados nos encontrábamos, se presentó un día en mi casa una pareja de la Guardia Civil.

Vinieron antes del amanecer y como aún estábamos dormidos tuvieron que llamar a la puerta. No era la primera vez que pasaban por allí y se detenían un instante para saludar, para echar una parrafada, para fumar un cigarrillo o para darle un tiento a la bota, pero a una hora tan temprana como aquella nunca lo habían hecho. Me pareció normal que se detuvieran, lo que no me resultó tan lógico fue que me preguntaran si vivía allí Fulanito de Tal, es decir: yo. ¿Acaso no lo sabían?

-Pues dése preso.

Era la primera vez en mi vida que me trataban de usted.

-¿Por qué? -pregunté intrigado.

-Por prófugo.

Que me detuvieran entraba dentro de lo posible, a pesar de no ser consciente de haber infligido ninguna ley, pero que me insultaran de aquella manera no me agradaba, y así se lo hice saber a aquellos beneméritos números.

-No le insultamos, le detenemos por prófugo -me contestó el más veterano.

Otra vez la extraña palabra; no la conocía, no sabía lo que significaba (ni siquiera lo imaginaba), ya que el vocablo y el objeto diccionario no figuraban -el uno- en mi bagaje cultural -el otro- entre mis pertenencias; así que no me enteraría de lo que me acusaban si ellos no me lo explicaban y no estaban dispuestos a satisfacer mi curiosidad hasta que llegáramos al cuartelilllo, donde se encargaría de ello el comandante del puesto.

El cabo primero Copete, comandante de puesto de la Guardia Civil, me informó con detalle de todo lo que necesitaba saber y por fin me enteré del significado de la enigmática palabra. En el mejor de los casos me esperaba un buen correctivo por no presentarme a servir a la patria cuando había sido convocado.

Me condujeron a la capital de la provincia. En el Gobierno Militar me hicieron entrega a la autoridad castrense y de allí, escoltado por la Policía Militar e instalado todo lo cómodo que era posible en un destartalado camión del Ejército, me trasladaron al Centro de Instrucción de Reclutas donde desde hacía más de un mes me esperaban.

En ausencia momentánea del oficial y del suboficial de guardia, se hizo cargo de mí un cabo que, como primera previsión, ordenó a dos soldados que me recluyeran en el calabozo, orden que cumplieron con diligencia mediante empujones y golpes con la culata de los fusiles.

La prisión era una angosta habitación con una puerta y una ventana por donde ni siquiera entraba un mínimo de luz. Junto a la pared había una hilera de literas desprovistas de colchón y de cualquier aparejo de sábanas o mantas (más tarde supe que durante el día se les retiraban a los presos aquellas provisiones).

Los inquilinos del calabozo me recibieron con hostilidad. Además de las feroces miradas que me lanzaron los diez o doce pares de ojos que parpadeaban dentro de aquél antro, he de añadir los empujones, puñetazos y zancadillas que me propinaron los amos de tan pobre hacienda, como si quisieran preservar para ellos solos el infierno del que eran dueños de intrusos invasores, sobre todo si como yo aún vestían su ropa civil.


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