11 de mayo de 2010

Crónicas de la nada (21)

Crónica segunda

8.-

No pensé que peligrara mi vida; ellos sólo pretendían reafirmar su poderío sobre la parte de paraíso perdido que les había correspondido, pero no me agradaba recibir las muestras de su hospitalidad. Parecían una cadena de montaje; se acercaban a mí, me golpeaban, se detenían, se alejaban, descansaban, paseaban y volvían a empezar de nuevo. Nunca he sido vengativo, pero tomé nota de los que más se destacaban en aquella función, más que nada por si llegaba el momento de saldar cuentas, cara a cara y de uno en uno. Me rescató el suboficial de guardia, que ya había agotado las existencias alcohólicas de la cantina, y lo primero que hizo fue propinarme una bofetada que me dolió durante varios días.

Un soldado de la guardia, por orden del sargento, me acompañó hasta la compañía que me correspondía; allí me recibió otro suboficial que me administró otra bofetada que me dolió más que la anterior, menos mal que me la dio en el carrillo opuesto y así pude ir compensado.

En aquel instante comenzó mi total incorporación a la vida militar. Me cortaron el cabello, me dieron ropa para todas las ocasiones: de paseo, de faena, de gimnasia; el calzado correspondiente, además de gorros, gorras, cantimplora, toallas, sábanas, otros arreos varios y un fusil.

Dejé de tener un nombre y pasé a convertirme en un recluta con un número, pero, por mi particular incorporación a filas, fui conocido por mis compañeros y por los superiores como el Prófugo, aunque llamarles compañeros es ser demasiado caritativo y benévolo. Nunca antes había visto tales pruebas de insolidaridad; cada cuál iba a lo suyo y nadie se planteaba si empujaba o pisaba a su semejante. El vocablo borrego alcanzaba sus cotas más significativas, ya que parecían una marea que se moviera a imprevistos y fortuitos impulsos.

Puesto que acababa de llegar me colocaron en el pelotón de los torpes para que, con la ayuda de instructores experimentados, aprendiera las reglas y los principios esenciales de la milicia. Como monitores designaban a los soldados más ineptos e ignorantes del reemplazo anterior y aquellos energúmenos eran los encargados de enseñar a quienes por desmañados, y por falta de habilidad, se veían incapaces de adaptarse al ritmo de la mayoría. Los que se encontraban en mi caso, o en situaciones parecidas, también formaban parte del grupo de los torpe y nuestra única actividad diaria consistía en repetir una y otra vez la instrucción reglamentaria para que aprendiéramos, antes del día de la jura de bandera, a desfilar con gallardía, a saludar de la forma adecuada a los superiores, el trato que debíamos dar a cada cuál, además de otras maravillosas y provechosas lecciones, entre las que se encontraba el montar y desmontar un fusil con rapidez..

Transcurrían los días y no nos quedaba tiempo para nada que no fuera desarrollar el plan que un fino estratega del Ministerio de Defensa había trazado para convertir a ineptos reclutas en aguerridos soldados, pero encontré un momento y escribí una larga carta a mi novia donde le reiteraba todo mi amor y deseaba que volviéramos a estar pronto juntos.

Como estábamos en pleno monte no echaba de menos el contacto con la naturaleza y podía respirar a pleno pulmón, tocar los árboles y acariciar la hierba y las flores silvestres mientras pensaba en la que había estado a punto de convertirse en mi esposa. Cerca había un riachuelo en cuya corriente intentaba dilucidar qué me deparaba el destino, pero el agua bajaba impetuosa, sin detenerse, y yo no lograba descifrar ningún mensaje; lo único que supe es que mi estancia en aquel sitio llegaba a su fin y aquello lo descubrí sin necesidad de que me lo dijera el río.


8 de mayo de 2010

Crónicas de la nada (20)

Crónica segunda.

7.-

No es extraño que me desentendiera de algo tan baladí como era el servicio militar. Hubo otra circunstancia que contribuyó a mi olvido. Dada la inconsciencia con que copulábamos no es raro que ocurriera lo que sucedió, ya que mi novia quedó en estado. Al saberlo con certeza pensamos que lo mejor que podíamos hacer era casarnos, pero antes teníamos que comunicárselo a nuestras respectivas familias. A la mía no le importó; la de ella no estuvo de acuerdo con lo de la boda hasta que supieron lo del embarazo, entonces el padre lo que quería era matarme. Solventados esos pequeños problemas comenzamos los preparativos para la ceremonia y cuando más entusiasmados nos encontrábamos, se presentó un día en mi casa una pareja de la Guardia Civil.

Vinieron antes del amanecer y como aún estábamos dormidos tuvieron que llamar a la puerta. No era la primera vez que pasaban por allí y se detenían un instante para saludar, para echar una parrafada, para fumar un cigarrillo o para darle un tiento a la bota, pero a una hora tan temprana como aquella nunca lo habían hecho. Me pareció normal que se detuvieran, lo que no me resultó tan lógico fue que me preguntaran si vivía allí Fulanito de Tal, es decir: yo. ¿Acaso no lo sabían?

-Pues dése preso.

Era la primera vez en mi vida que me trataban de usted.

-¿Por qué? -pregunté intrigado.

-Por prófugo.

Que me detuvieran entraba dentro de lo posible, a pesar de no ser consciente de haber infligido ninguna ley, pero que me insultaran de aquella manera no me agradaba, y así se lo hice saber a aquellos beneméritos números.

-No le insultamos, le detenemos por prófugo -me contestó el más veterano.

Otra vez la extraña palabra; no la conocía, no sabía lo que significaba (ni siquiera lo imaginaba), ya que el vocablo y el objeto diccionario no figuraban -el uno- en mi bagaje cultural -el otro- entre mis pertenencias; así que no me enteraría de lo que me acusaban si ellos no me lo explicaban y no estaban dispuestos a satisfacer mi curiosidad hasta que llegáramos al cuartelilllo, donde se encargaría de ello el comandante del puesto.

El cabo primero Copete, comandante de puesto de la Guardia Civil, me informó con detalle de todo lo que necesitaba saber y por fin me enteré del significado de la enigmática palabra. En el mejor de los casos me esperaba un buen correctivo por no presentarme a servir a la patria cuando había sido convocado.

Me condujeron a la capital de la provincia. En el Gobierno Militar me hicieron entrega a la autoridad castrense y de allí, escoltado por la Policía Militar e instalado todo lo cómodo que era posible en un destartalado camión del Ejército, me trasladaron al Centro de Instrucción de Reclutas donde desde hacía más de un mes me esperaban.

En ausencia momentánea del oficial y del suboficial de guardia, se hizo cargo de mí un cabo que, como primera previsión, ordenó a dos soldados que me recluyeran en el calabozo, orden que cumplieron con diligencia mediante empujones y golpes con la culata de los fusiles.

La prisión era una angosta habitación con una puerta y una ventana por donde ni siquiera entraba un mínimo de luz. Junto a la pared había una hilera de literas desprovistas de colchón y de cualquier aparejo de sábanas o mantas (más tarde supe que durante el día se les retiraban a los presos aquellas provisiones).

Los inquilinos del calabozo me recibieron con hostilidad. Además de las feroces miradas que me lanzaron los diez o doce pares de ojos que parpadeaban dentro de aquél antro, he de añadir los empujones, puñetazos y zancadillas que me propinaron los amos de tan pobre hacienda, como si quisieran preservar para ellos solos el infierno del que eran dueños de intrusos invasores, sobre todo si como yo aún vestían su ropa civil.