Crónica segunda
2.-
Vivir de la tierra es duro, pero hay que dedicarse a algo y si has hecho toda la vida lo mismo, no piensas que lo que haces sea peor que cualquier otro trabajo. De todas formas, los que trabajamos el campo, siempre hemos tenido la sensación de que Dios nos ha dejado de su mano y los gobernantes, para no enmendarle la plana y no ser más que Él, hacen lo mismo.
Los problemas que el sector arrastra desde siempre continúan sin solucionarse. Todos y cada uno de los ministros de agricultura que han ejercido el cargo, desde que tengo uso de razón -y antes de eso podría hablar mi padre y aún antes que él mi abuelo- han dicho una y otra vez que se comprometían a remediar nuestros problemas, pero sólo aplicaban remiendos que únicamente solucionaban una parte mínima de nuestras dificultades.
Nací en un cortijo porque no había posibilidad de trasladar a mi madre a ningún hospital, ya que el más cercano se encontraba a cinco horas de viaje. Por otra parte daba igual, porque allí habían nacido mis hermanos, mis padres, mis tíos y mis abuelos y nadie pensaba que los miembros de la familia pudieran nacer en otro sitio. A los dos o tres días de mi nacimiento mi madre ya me llevaba consigo al campo, porque no podía dejarme al cuidado de nadie. Crecí entre cosechas y sembrados de todo tipo, entre árboles, matas, jaras y rastrojos, entre frutas y hortalizas recién recogidas, entre los animales de la granja y los salvajes del monte.
La primera vez que vi más de dos casas juntas fue a los seis años de edad, cuando mi padre me cogió de una oreja para conducirme al pueblo y llevarme hasta la escuela. Yo no quería ir porque me aterraba lo desconocido y eso que ni siquiera sabía aún lo duro que sería convivir día a día con otros niños. Al principio me situaba en un rincón y no hablaba con nadie ni miraba nada más que no fuera el suelo más inmediato que me rodeaba.
Los dos primeros meses me despertaba antes que el resto de la familia y me escondía de mi padre, que siempre acababa por encontrarme, hasta que comprendí que sería mucho más cómodo recorrer cada día el camino hasta el pueblo sin protestar y sin que mi progenitor me arrastrara de mi apéndice auditivo. También aprendí a defenderme de mis condiscípulos lanzándome con los puños cerrados contra el primero que se metiera conmigo. Algunas veces ganaba la batalla, pero la mayoría de las veces recibía una buena somanta por intentar pelear con chicos más grandes. Yo siempre cobraba, ya que a parte de lo que recibía en la escuela -propinado por mis compañero- tenía que sumar la diaria ración que me suministraban el maestro y mi padre, porque no recibía nada más que quejas del profesor, hasta que decidí cambiar de táctica.
Los problemas que el sector arrastra desde siempre continúan sin solucionarse. Todos y cada uno de los ministros de agricultura que han ejercido el cargo, desde que tengo uso de razón -y antes de eso podría hablar mi padre y aún antes que él mi abuelo- han dicho una y otra vez que se comprometían a remediar nuestros problemas, pero sólo aplicaban remiendos que únicamente solucionaban una parte mínima de nuestras dificultades.
Nací en un cortijo porque no había posibilidad de trasladar a mi madre a ningún hospital, ya que el más cercano se encontraba a cinco horas de viaje. Por otra parte daba igual, porque allí habían nacido mis hermanos, mis padres, mis tíos y mis abuelos y nadie pensaba que los miembros de la familia pudieran nacer en otro sitio. A los dos o tres días de mi nacimiento mi madre ya me llevaba consigo al campo, porque no podía dejarme al cuidado de nadie. Crecí entre cosechas y sembrados de todo tipo, entre árboles, matas, jaras y rastrojos, entre frutas y hortalizas recién recogidas, entre los animales de la granja y los salvajes del monte.
La primera vez que vi más de dos casas juntas fue a los seis años de edad, cuando mi padre me cogió de una oreja para conducirme al pueblo y llevarme hasta la escuela. Yo no quería ir porque me aterraba lo desconocido y eso que ni siquiera sabía aún lo duro que sería convivir día a día con otros niños. Al principio me situaba en un rincón y no hablaba con nadie ni miraba nada más que no fuera el suelo más inmediato que me rodeaba.
Los dos primeros meses me despertaba antes que el resto de la familia y me escondía de mi padre, que siempre acababa por encontrarme, hasta que comprendí que sería mucho más cómodo recorrer cada día el camino hasta el pueblo sin protestar y sin que mi progenitor me arrastrara de mi apéndice auditivo. También aprendí a defenderme de mis condiscípulos lanzándome con los puños cerrados contra el primero que se metiera conmigo. Algunas veces ganaba la batalla, pero la mayoría de las veces recibía una buena somanta por intentar pelear con chicos más grandes. Yo siempre cobraba, ya que a parte de lo que recibía en la escuela -propinado por mis compañero- tenía que sumar la diaria ración que me suministraban el maestro y mi padre, porque no recibía nada más que quejas del profesor, hasta que decidí cambiar de táctica.
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