6.-
Al llegar la fecha señalada para incorporarme a filas se me olvidó. Supongo que no fue ajeno a aquella falta de memoria el que conociera a una chica y me enamorara.
Una tarde de otoño, al regresar del campo por el camino del pueblo, me senté en la orilla encima de una piedra, encendí un cigarrillo y me puse a pensar sobre lo que me depararía el futuro; a veces me ponía filosófico, o melancólico, según se mire. Trataba de adivinar si viviría para siempre en aquellas tierras o si por el contrario conocería otros mundos y en ese instante el porvenir que tanto me preocupaba cruzaba ante mí por aquella senda.
La muchacha pasaba por allí cada tarde después de finalizar su trabajo en el chalet de unos ricos forasteros, donde se ocupaba de la limpieza y una vez cumplidas sus obligaciones volvía a su casa. ¿Cómo era posible que yo no la hubiera visto antes? A partir del primer día procuré volver a encontrarla, pero no lo conseguí hasta pasadas dos semanas; durante todo ese tiempo no me concentraba en nada, vivía en una continua angustia y mi padre ya empezaba a pensar que un aire me había dejado lelo.
El segundo día que la vi supe que aquella chica se convertiría en mi compañera. Tal vez ella tuviera otros planes respecto a su futuro, pero por muy claros que estos fueran, no supondrían nada que mi decisión no pudiera vencer.
La verdad es que no sé por qué me enamoré de ella, por que no tenía nada de particular. Era delgada, alta y un tanto desgarbada, morena de cutis y de cabello largo y de color castaño, pero yo me moría de ganas de acariciar su piel, de besarla en los labios, de perderme en la profundidad de sus ojos negros. La segunda vez que la vi, pasó a mi lado, me miró un instante y continuó su marcha tranquilamente; yo me quedé sentado sobre la misma piedra, incapaz de moverme.
Hasta que no transcurrió un mes desde la segunda vez que la había visto no me atreví a dirigirle la palabra; sólo le dije hola y ella contestó a mi saludo. Al día siguiente me levanté cuando llegó a mi altura y caminé junto a ella un tramo del camino en silencio. Así estuvimos una semana hasta que un día iniciamos una conversación -no recuerdo quién pronunció la primera palabra-, la acompañé hasta el pueblo y nos despedimos hasta el día siguiente.
Ya sabíamos que cada día, a la misma hora teníamos un compromiso, que nadie nos obligaba a cumplir, pero que nosotros observábamos con infalible exactitud. Recorríamos todo el trayecto cogidos de la mano y temíamos el momento en que deberíamos separarnos, pero ninguno de los dos se atrevía a romper el silencio tras el que nos protegíamos. Hasta que un día (tal vez porque había luna llena, o porque la pasión rebosaba sus respectivos receptáculos y amenazaba con ahogarnos si no la encauzábamos adecuadamente) nos detuvimos, nos miramos a los ojos y nos besamos un instante; después de eso nos parábamos cada dos o tres metros, nos abrazábamos con fuerza y permanecíamos siglos y siglos con los labios juntos. El siguiente paso también fue natural; una tarde nos desviamos por un sendero lateral que llevaba hasta una cabaña, que solamente se usaba en verano durante la época de la siega, nos desnudamos mutuamente y unimos nuestros cuerpos con una furia tal que parecía que no existía fuerza capaz de separarnos.
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