26 de abril de 2010

Crónicas de la nada (18)

Crónica segunda

5.-

En el segundo incidente que voy a referir sí que estaba presente, pero me encontraba tan borracho que me fue imposible participar del alboroto general y me dormí debajo de un cerezo. Pasamos toda la noche del sábado de juerga y el domingo por la mañana nos dirigíamos al río para tumbarnos sobre la hierba y darnos un baño si se presentaba la ocasión, pero nos encontramos con otra posibilidad mucho más sugestiva. Por la vereda caminaba, hacia al pueblo, la hija adolescente del arrendatario de una finca cercana, que se dirigía a la iglesia para oír la misa dominical; todos nos abalanzamos sobre la chica como si nunca hubiéramos visto una mujer en nuestra vida. Tropecé con una piedra y caí al suelo, rodé por un ribazo y ya no me pude levantar; busqué acomodo contra el tronco de un árbol y lo que sucedió después me lo contaron más tarde. La muchacha fue violada por todos y cada uno de los cuatro chicos que componían aquella cuadrilla; cuando todo había acabado pasó por allí una familia de campesinos que iban a la iglesia, recogieron a la chica y la trasladaron a la consulta del médico. Aquella misma tarde el padre de la muchacha buscó a los asaltantes de su hija con una escopeta entre las manos, mató a uno y a los otros tres apenas los hirió.

Mi universo era pequeño y comprendía unos pocos kilómetros, los que había entre el cruce y mi casa y entre ésta y el pueblo. No era mucho mundo, pero se trataba del mío, me encontraba a gusto allí y no tenía ganas de cambiarlo por ningún otro. Tan confiado estaba en mi paraíso particular que no se me ocurrió pensar que, llegado el momento, me llamarían a filas y al suceder esto no pensé -ya que me faltaba información- que pudiera alegar objeción de conciencia y así librarme de aquel engorro.

Recibí una carta del ayuntamiento en la que me comunicaban que pasara por sus dependencias tal día a tal hora para que pudieran tallarme. ¡Vaya tontería y ganas de gastar dinero en mandarme un sobre con un sello! Me lo podrían haber dicho personalmente de palabra; eso era lo único que me veía a la mente. El día fijado me presenté en la Casa Consistorial, igual que el resto de los mozos de mi quinta, y cumplimos con aquel requisito.


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