Crónica segunda
4-
Los sábados por la tarde iba al pueblo. No tenía lo que se entiende por amigos, pero me reunía con antiguos compañeros de la escuela. A pesar de ser un pueblo pequeño había una cantidad suficiente de bares como para que estuviéramos entretenidos hasta altas horas de la madrugada; además también había un pub y una discoteca.
Nuestra idea de la diversión era simple. Primero tomábamos café en cualquier bar, jugábamos unas partidas a las cartas, o al dominó, y después cambiábamos de local y empezábamos a beber hasta que caíamos al suelo borrachos como cubas.
No era frecuente que se produjeran conflictos, lo que no quiere decir que a veces nos peleáramos por algo que -si nos hubiéramos detenido a analizar- no habría merecido siquiera una palabra más alta que otra, pero era vital tener la razón y la única forma de demostrarlo pasaba por imponer nuestra opinión al precio que fuera.
Escarmentado como estaba por los golpes que recibía de mi padre cuando era niño por no querer ir a la escuela y los posteriores altercados con mis compañeros de clase, yo no acostumbraba a pelearme y procuraba mantenerme al margen de aquellas disputas, pero a veces me veía en la necesidad de mantener mis convicciones a golpes.
En algunas ocasiones aquella particular forma de pasar el rato ocasionó trágicas consecuencias. El primer hecho que viene a mi memoria -mi edad no me permitía participar aún de aquellas francachelas, por lo que es ajeno a mí- fue la muerte, por mozos del pueblo, de un muchacho de una aldea vecina que rondaba a una chica de la que uno de sus asesinos se creía propietario. No le dieron opción a defenderse; tal y como lo vieron pasar por la calle desde un bar, salieron tras él con las navajas en la mano y lo acuchillaron. Una vez que se les pasó el efecto de la borrachera reconocieron lo que habían hecho, pero ya era tarde. Tuvieron suerte -homicidio involuntario- y salieron de la prisión antes de lo esperado por buena conducta. La madre del chico asesinado aún lleva flores a la tumba de su hijo cada año.
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