16 de abril de 2010

Crónicas de la nada (16)

Crónica segunda.

3.-

Ya reconciliado con el mundo (el maestro, mi padre y mis compañeros) me levantaba cada mañana al amanecer, me abrigaba como si me dispusiera a viajar al polo norte y emprendía el camino hacia el pueblo. Se trataba de una población de poco más de mil habitantes, pero era lo único que yo conocía y para mí suponía mucho más que si fuera una de las ciudades más grandes que hubiera sobre la tierra (sitios que desconocía y por lo tanto para mí no existían). No me relacionaba con nadie, seguía con atención las explicaciones del maestro y prestaba oídos sordos a los insultos que me lanzaban mis compañeros. Amigos propiamente no hice, tampoco tuve la posibilidad de intimar con nadie, porque al cumplir los doce años mi padre consideró que ya había aprendido lo suficiente y dio por concluida mi escolarización.

Mi salida del colegio coincidió con la boda de mi hermana. Se fue a vivir a la capital de la provincia y a partir de entonces únicamente la veíamos un par de semanas durante el verano, cuando venía a visitarnos con sus hijos.

Poco después del casamiento de mi hermana se produjo otro hecho que no fue nada favorable a mis intereses. Llamaron a filas a mi hermano y quedé yo solo para realizar todas las labores del campo. Se marchó con la promesa de volver cuando lo licenciaran, pero ya no volvimos a verlo nunca más. Al principio enviaba una carta al mes, luego una postal cada tres o cuatro meses y después se produjo el silencio, pero yo sabía que aparecería en el momento oportuno para reclamar su parte de la herencia.


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