30 de abril de 2010

Crónicas de la nada (19)

Crónica segunda

6.-

Al llegar la fecha señalada para incorporarme a filas se me olvidó. Supongo que no fue ajeno a aquella falta de memoria el que conociera a una chica y me enamorara.

Una tarde de otoño, al regresar del campo por el camino del pueblo, me senté en la orilla encima de una piedra, encendí un cigarrillo y me puse a pensar sobre lo que me depararía el futuro; a veces me ponía filosófico, o melancólico, según se mire. Trataba de adivinar si viviría para siempre en aquellas tierras o si por el contrario conocería otros mundos y en ese instante el porvenir que tanto me preocupaba cruzaba ante mí por aquella senda.

La muchacha pasaba por allí cada tarde después de finalizar su trabajo en el chalet de unos ricos forasteros, donde se ocupaba de la limpieza y una vez cumplidas sus obligaciones volvía a su casa. ¿Cómo era posible que yo no la hubiera visto antes? A partir del primer día procuré volver a encontrarla, pero no lo conseguí hasta pasadas dos semanas; durante todo ese tiempo no me concentraba en nada, vivía en una continua angustia y mi padre ya empezaba a pensar que un aire me había dejado lelo.

El segundo día que la vi supe que aquella chica se convertiría en mi compañera. Tal vez ella tuviera otros planes respecto a su futuro, pero por muy claros que estos fueran, no supondrían nada que mi decisión no pudiera vencer.

La verdad es que no sé por qué me enamoré de ella, por que no tenía nada de particular. Era delgada, alta y un tanto desgarbada, morena de cutis y de cabello largo y de color castaño, pero yo me moría de ganas de acariciar su piel, de besarla en los labios, de perderme en la profundidad de sus ojos negros. La segunda vez que la vi, pasó a mi lado, me miró un instante y continuó su marcha tranquilamente; yo me quedé sentado sobre la misma piedra, incapaz de moverme.

Hasta que no transcurrió un mes desde la segunda vez que la había visto no me atreví a dirigirle la palabra; sólo le dije hola y ella contestó a mi saludo. Al día siguiente me levanté cuando llegó a mi altura y caminé junto a ella un tramo del camino en silencio. Así estuvimos una semana hasta que un día iniciamos una conversación -no recuerdo quién pronunció la primera palabra-, la acompañé hasta el pueblo y nos despedimos hasta el día siguiente.

Ya sabíamos que cada día, a la misma hora teníamos un compromiso, que nadie nos obligaba a cumplir, pero que nosotros observábamos con infalible exactitud. Recorríamos todo el trayecto cogidos de la mano y temíamos el momento en que deberíamos separarnos, pero ninguno de los dos se atrevía a romper el silencio tras el que nos protegíamos. Hasta que un día (tal vez porque había luna llena, o porque la pasión rebosaba sus respectivos receptáculos y amenazaba con ahogarnos si no la encauzábamos adecuadamente) nos detuvimos, nos miramos a los ojos y nos besamos un instante; después de eso nos parábamos cada dos o tres metros, nos abrazábamos con fuerza y permanecíamos siglos y siglos con los labios juntos. El siguiente paso también fue natural; una tarde nos desviamos por un sendero lateral que llevaba hasta una cabaña, que solamente se usaba en verano durante la época de la siega, nos desnudamos mutuamente y unimos nuestros cuerpos con una furia tal que parecía que no existía fuerza capaz de separarnos.


26 de abril de 2010

Crónicas de la nada (18)

Crónica segunda

5.-

En el segundo incidente que voy a referir sí que estaba presente, pero me encontraba tan borracho que me fue imposible participar del alboroto general y me dormí debajo de un cerezo. Pasamos toda la noche del sábado de juerga y el domingo por la mañana nos dirigíamos al río para tumbarnos sobre la hierba y darnos un baño si se presentaba la ocasión, pero nos encontramos con otra posibilidad mucho más sugestiva. Por la vereda caminaba, hacia al pueblo, la hija adolescente del arrendatario de una finca cercana, que se dirigía a la iglesia para oír la misa dominical; todos nos abalanzamos sobre la chica como si nunca hubiéramos visto una mujer en nuestra vida. Tropecé con una piedra y caí al suelo, rodé por un ribazo y ya no me pude levantar; busqué acomodo contra el tronco de un árbol y lo que sucedió después me lo contaron más tarde. La muchacha fue violada por todos y cada uno de los cuatro chicos que componían aquella cuadrilla; cuando todo había acabado pasó por allí una familia de campesinos que iban a la iglesia, recogieron a la chica y la trasladaron a la consulta del médico. Aquella misma tarde el padre de la muchacha buscó a los asaltantes de su hija con una escopeta entre las manos, mató a uno y a los otros tres apenas los hirió.

Mi universo era pequeño y comprendía unos pocos kilómetros, los que había entre el cruce y mi casa y entre ésta y el pueblo. No era mucho mundo, pero se trataba del mío, me encontraba a gusto allí y no tenía ganas de cambiarlo por ningún otro. Tan confiado estaba en mi paraíso particular que no se me ocurrió pensar que, llegado el momento, me llamarían a filas y al suceder esto no pensé -ya que me faltaba información- que pudiera alegar objeción de conciencia y así librarme de aquel engorro.

Recibí una carta del ayuntamiento en la que me comunicaban que pasara por sus dependencias tal día a tal hora para que pudieran tallarme. ¡Vaya tontería y ganas de gastar dinero en mandarme un sobre con un sello! Me lo podrían haber dicho personalmente de palabra; eso era lo único que me veía a la mente. El día fijado me presenté en la Casa Consistorial, igual que el resto de los mozos de mi quinta, y cumplimos con aquel requisito.


22 de abril de 2010

Crónicas de la nada (17)

Crónica segunda

4-

Los sábados por la tarde iba al pueblo. No tenía lo que se entiende por amigos, pero me reunía con antiguos compañeros de la escuela. A pesar de ser un pueblo pequeño había una cantidad suficiente de bares como para que estuviéramos entretenidos hasta altas horas de la madrugada; además también había un pub y una discoteca.

Nuestra idea de la diversión era simple. Primero tomábamos café en cualquier bar, jugábamos unas partidas a las cartas, o al dominó, y después cambiábamos de local y empezábamos a beber hasta que caíamos al suelo borrachos como cubas.

No era frecuente que se produjeran conflictos, lo que no quiere decir que a veces nos peleáramos por algo que -si nos hubiéramos detenido a analizar- no habría merecido siquiera una palabra más alta que otra, pero era vital tener la razón y la única forma de demostrarlo pasaba por imponer nuestra opinión al precio que fuera.

Escarmentado como estaba por los golpes que recibía de mi padre cuando era niño por no querer ir a la escuela y los posteriores altercados con mis compañeros de clase, yo no acostumbraba a pelearme y procuraba mantenerme al margen de aquellas disputas, pero a veces me veía en la necesidad de mantener mis convicciones a golpes.

En algunas ocasiones aquella particular forma de pasar el rato ocasionó trágicas consecuencias. El primer hecho que viene a mi memoria -mi edad no me permitía participar aún de aquellas francachelas, por lo que es ajeno a mí- fue la muerte, por mozos del pueblo, de un muchacho de una aldea vecina que rondaba a una chica de la que uno de sus asesinos se creía propietario. No le dieron opción a defenderse; tal y como lo vieron pasar por la calle desde un bar, salieron tras él con las navajas en la mano y lo acuchillaron. Una vez que se les pasó el efecto de la borrachera reconocieron lo que habían hecho, pero ya era tarde. Tuvieron suerte -homicidio involuntario- y salieron de la prisión antes de lo esperado por buena conducta. La madre del chico asesinado aún lleva flores a la tumba de su hijo cada año.

16 de abril de 2010

Crónicas de la nada (16)

Crónica segunda.

3.-

Ya reconciliado con el mundo (el maestro, mi padre y mis compañeros) me levantaba cada mañana al amanecer, me abrigaba como si me dispusiera a viajar al polo norte y emprendía el camino hacia el pueblo. Se trataba de una población de poco más de mil habitantes, pero era lo único que yo conocía y para mí suponía mucho más que si fuera una de las ciudades más grandes que hubiera sobre la tierra (sitios que desconocía y por lo tanto para mí no existían). No me relacionaba con nadie, seguía con atención las explicaciones del maestro y prestaba oídos sordos a los insultos que me lanzaban mis compañeros. Amigos propiamente no hice, tampoco tuve la posibilidad de intimar con nadie, porque al cumplir los doce años mi padre consideró que ya había aprendido lo suficiente y dio por concluida mi escolarización.

Mi salida del colegio coincidió con la boda de mi hermana. Se fue a vivir a la capital de la provincia y a partir de entonces únicamente la veíamos un par de semanas durante el verano, cuando venía a visitarnos con sus hijos.

Poco después del casamiento de mi hermana se produjo otro hecho que no fue nada favorable a mis intereses. Llamaron a filas a mi hermano y quedé yo solo para realizar todas las labores del campo. Se marchó con la promesa de volver cuando lo licenciaran, pero ya no volvimos a verlo nunca más. Al principio enviaba una carta al mes, luego una postal cada tres o cuatro meses y después se produjo el silencio, pero yo sabía que aparecería en el momento oportuno para reclamar su parte de la herencia.


6 de abril de 2010

Crónicas de la nada (15)

Crónica segunda

2.-
Vivir de la tierra es duro, pero hay que dedicarse a algo y si has hecho toda la vida lo mismo, no piensas que lo que haces sea peor que cualquier otro trabajo. De todas formas, los que trabajamos el campo, siempre hemos tenido la sensación de que Dios nos ha dejado de su mano y los gobernantes, para no enmendarle la plana y no ser más que Él, hacen lo mismo.
Los problemas que el sector arrastra desde siempre continúan sin solucionarse. Todos y cada uno de los ministros de agricultura que han ejercido el cargo, desde que tengo uso de razón -y antes de eso podría hablar mi padre y aún antes que él mi abuelo- han dicho una y otra vez que se comprometían a remediar nuestros problemas, pero sólo aplicaban remiendos que únicamente solucionaban una parte mínima de nuestras dificultades.
Nací en un cortijo porque no había posibilidad de trasladar a mi madre a ningún hospital, ya que el más cercano se encontraba a cinco horas de viaje. Por otra parte daba igual, porque allí habían nacido mis hermanos, mis padres, mis tíos y mis abuelos y nadie pensaba que los miembros de la familia pudieran nacer en otro sitio. A los dos o tres días de mi nacimiento mi madre ya me llevaba consigo al campo, porque no podía dejarme al cuidado de nadie. Crecí entre cosechas y sembrados de todo tipo, entre árboles, matas, jaras y rastrojos, entre frutas y hortalizas recién recogidas, entre los animales de la granja y los salvajes del monte.
La primera vez que vi más de dos casas juntas fue a los seis años de edad, cuando mi padre me cogió de una oreja para conducirme al pueblo y llevarme hasta la escuela. Yo no quería ir porque me aterraba lo desconocido y eso que ni siquiera sabía aún lo duro que sería convivir día a día con otros niños. Al principio me situaba en un rincón y no hablaba con nadie ni miraba nada más que no fuera el suelo más inmediato que me rodeaba.
Los dos primeros meses me despertaba antes que el resto de la familia y me escondía de mi padre, que siempre acababa por encontrarme, hasta que comprendí que sería mucho más cómodo recorrer cada día el camino hasta el pueblo sin protestar y sin que mi progenitor me arrastrara de mi apéndice auditivo. También aprendí a defenderme de mis condiscípulos lanzándome con los puños cerrados contra el primero que se metiera conmigo. Algunas veces ganaba la batalla, pero la mayoría de las veces recibía una buena somanta por intentar pelear con chicos más grandes. Yo siempre cobraba, ya que a parte de lo que recibía en la escuela -propinado por mis compañero- tenía que sumar la diaria ración que me suministraban el maestro y mi padre, porque no recibía nada más que quejas del profesor, hasta que decidí cambiar de táctica.