Autor: Antonio Alcalde
Tengo veintidós años.
Me enciendo un cigarrillo,
me enclaustro en mi jersey roto
y me recuesto en el recuerdo.
Aunque vivo de cualquier manera
y todavía duermo en el suelo,
aún mantengo intacto mi orgullo.
Mi casa se parece, en estos momentos,
a un tugurio en el que se hacinan
cuatro o cinco inmigrantes ilegales
que subsistieran del tráfico de tabaco.
Y resulta que vivo solo
y que tengo trabajo.
No es que esté triste,
simplemente se me hace
que no debería estar aquí.
Sé que volveré a repetir los juegos
que suelo realizar los sábados,
y volveré a bajar al barrio más canalla,
a algún lugar de moda a beber,
a perderme entre la gente más chic
y diré con falso pudor –sí, soy actor
y ahora estoy montando y bla bla bla y etc...-
y la que me escuche me mirará
con cara de importarle un pijo todo eso.
Porque en el fondo le importa un pijo,
porque en el fondo, todos y cada uno
vamos al lugar de moda
del barrio más canalla a figurar.
Y no me sentiré triste,
Simplemente se me hará
Que no debería estar allí.
Otra posibilidad es refugiarme en mis libros.
En esta noche elegiría, indudablemente,
el apartado de malditos: Cortázar, Bukowsky,
Baudelaire, Rimbaud, o Benedetti
-que no es maldito pero me gusta mucho-.
Y me consolaría pensando que soy un perseguidor,
que cómo ellos estoy del otro lado,
y malgastaría mi apenas pasable inteligencia
levantando espirales de lodo sobre
la condición humana y mi propia conciencia
y fumando y fumando perdido en mi limbo.
Y está bien, porque apenas tengo veintidós años
y aún estoy buscando algo a lo que aferrarme.
Y no me sentiré triste,
simplemente se me hará
que debería estar amándote.
Amándote,
en la calle,
contigo,
amándote,
instalados en el milagro
que a veces creamos,
contigo,
simplemente amándote,
bajo el sol
o la lluvia,
poco importa.
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