Autor: Manel Martí
¿Por qué esa luna blanca,
puta y coja,
desposeída en soledad cruel
de la majestuosa perfección
de las estrellas,
discreta renqueando
en los betunes exaltados
de la noche,
osó de tal manera
inmiscuirse entre la roja
y negra perla y la esmeralda?
Su vómito de plata
traspasó las celosías,
las cristalinas copas,
rompiendo la pasión
en dos mitades,
dos puentes anegados
separados como escollos
enfrentados entre dos
hiervientes olas,
los besos que debieron
de haber sido.
Que esperen esos besos,
esos puentes, esas olas...
que la dormida dama
acalle el canto
incandescente
de sus hadas.
Que esparza nuevamente
desde el ojo puro y frío,
suspenso en el vacío
que la invoca,
sus lágrimas de sal
en extraplomo.
Y que nos deje en paz,
pues no hay astro más sabio,
a fin de cuentas,
que aquel que se mantiene
en aparente dormitar
desde la altura.
Abajo, en las ciudades,
en las cansadasa colinas,
en las campiñas sedosas,
las rosas se harán carne
estremecida,
los lirios se abrirán
como sedientas bocas.
Y se alzará, más puta
y más hermosa,
aun si cabe,
la bostezante aurora.
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