Crónica primera
12.-
Aún no habían reparado la carretera. Me metí en la cama y me costó mucho trabajo dormirme y cuando lo conseguí lo hice bien y de un tirón, ya que nada turbó mi sueño, pero al despertar me asaltó una extraña inquietud. Miles de voces susurraban mi nombre y me indicaban que subiera de nuevo hasta el desaparecido poblado.
La ascensión me resultó más cómoda que la vez anterior; era como si una fuerza oculta me guiara. No tenía que concentrarme en la conducción, únicamente dejarme llevar. El lugar estaba igual que la tarde anterior, salvo una pequeña diferencia; en el cielo no descubrí ni una sola nube y el sol calentaba e iluminaba con fuerza el terreno, por lo que le daba un vigor nuevo a aquellas ruinas.
A mi alrededor la ciudad se erigía en todo su esplendor y sus pobladores caminaban de un lado a otro por sus calles; unos volvían del trabajo, otros salían de sus viviendas para dirigirse a sus ocupaciones; unos vendían en el mercado, otros compraban. Los niños asistían a la escuela y atendían las explicaciones del profesor, la solidaridad reinaba en la vieja ciudad y nadie vivía sometido a nadie. No existía ejército ni policía, cada cual se responsabilizaba de sus actos y se mostraba solidario con relación a la comunidad.
Al caer la tarde, mientras en las cocinas se preparaba la cena, los habitantes del pueblo se reunían en las plazas y en las calles con sus convecinos y charlaban de los temas que les preocupaban, del estado de las cosechas, de la educación de los hijos, de los esfuerzos cotidianos que realizaban por construir un mundo justo y de lo complicado que era alcanzar la dicha.
Después de la cena salían a los patios para disfrutar del fresco de la noche y contemplar la maravilla del firmamento poblado por miles de estrellas, que respondían de la armonía del universo y que encajaba de forma impecable con la concordia de aquellos seres. Ocurrió de repente, mientras la mayoría de los lugareños navegaba entre sueños y el resto se preparaba para iniciar el viaje hacia lo onírico y tomó a todos por sorpresa. Una torrencial lluvia de fuego cayó sobre la ciudad, como consecuencia perecieron la mayoría de sus moradores, los que sobrevivieron buscaron en los desvanes sus viejas armas -ya enmohecidas por la larga inactividad- y se aprestaron a la defensa, pero no les sirvió de mucho, porque desde todos los puntos cardinales entraron en la aldea cientos de dragones enfurecidos que destruyeron todo cuanto encontraron a su paso, se tratara de objetos, hombres o animales; los pocos que aún quedaban con vida, y que huían hacia a una colina cercana para desde allí reorganizar la resistencia, fueron perseguidos por miles de soldados que exterminaron a todos.
Los edificios fueron saqueados y después quemados, todo fue destruido y poco después parecía que nunca hubiera sucedido allí nada, pero yo era testigo y espectador de la única y auténtica verdad que encerraba aquel valle; todos los demás medios de comunicación se habían hecho eco de un episodio que no recogía lo importante, habían informado de la epidermis sin conseguir entrever siquiera lo trascendente. Tal vez ellos habían publicado antes que yo sus artículos, pero estaban huecos y vacíos de todo contenido.
Aturdido aún por la revelación de la que había sido testigo, bajé al pueblo, pagué la cuenta a mi hospedero y salí de allí sin decirle nada a nadie, ya que afortunadamente habían reparado la carretera. Lo único que deseaba era volver cuanto antes a la ciudad, escribir mi crónica y verla publicada para anunciar al mundo la noticia; la historia ya la tenía construida en mi mente. Por fin alcanzaría la gloria, tal vez no ganara el Pulitzer, pero sí estaba seguro de obtener el González Ruano, el Ortega y Gasset, o cualquier otro premio de periodismo nacional de importancia. Mis compañeros, mis jefes -incluyo a mi ex mujer- y el público en general tendrían que reconocer la calidad de mi trabajo; además de deportes también podía escribir sobre otros temas de importancia.
Al llegar a la redacción y presentar mi trabajo no quisieron creer nada de cuanto les contaba y se negaron a publicar el reportaje. El rechazo y la desconfianza me sumieron en una profunda depresión que me costó trabajo superar y de la que logré sobreponerme con esfuerzo y sin la ayuda de nadie dos meses después . Escribí un libro que presenté a varias editoriales, pero a ninguna pareció interesarle mi material. Ya empezaba a desesperarme y un editor con visión de futuro publicó mi trabajo y se convirtió inmediatamente en un éxito de ventas.
Aún no habían reparado la carretera. Me metí en la cama y me costó mucho trabajo dormirme y cuando lo conseguí lo hice bien y de un tirón, ya que nada turbó mi sueño, pero al despertar me asaltó una extraña inquietud. Miles de voces susurraban mi nombre y me indicaban que subiera de nuevo hasta el desaparecido poblado.
La ascensión me resultó más cómoda que la vez anterior; era como si una fuerza oculta me guiara. No tenía que concentrarme en la conducción, únicamente dejarme llevar. El lugar estaba igual que la tarde anterior, salvo una pequeña diferencia; en el cielo no descubrí ni una sola nube y el sol calentaba e iluminaba con fuerza el terreno, por lo que le daba un vigor nuevo a aquellas ruinas.
A mi alrededor la ciudad se erigía en todo su esplendor y sus pobladores caminaban de un lado a otro por sus calles; unos volvían del trabajo, otros salían de sus viviendas para dirigirse a sus ocupaciones; unos vendían en el mercado, otros compraban. Los niños asistían a la escuela y atendían las explicaciones del profesor, la solidaridad reinaba en la vieja ciudad y nadie vivía sometido a nadie. No existía ejército ni policía, cada cual se responsabilizaba de sus actos y se mostraba solidario con relación a la comunidad.
Al caer la tarde, mientras en las cocinas se preparaba la cena, los habitantes del pueblo se reunían en las plazas y en las calles con sus convecinos y charlaban de los temas que les preocupaban, del estado de las cosechas, de la educación de los hijos, de los esfuerzos cotidianos que realizaban por construir un mundo justo y de lo complicado que era alcanzar la dicha.
Después de la cena salían a los patios para disfrutar del fresco de la noche y contemplar la maravilla del firmamento poblado por miles de estrellas, que respondían de la armonía del universo y que encajaba de forma impecable con la concordia de aquellos seres. Ocurrió de repente, mientras la mayoría de los lugareños navegaba entre sueños y el resto se preparaba para iniciar el viaje hacia lo onírico y tomó a todos por sorpresa. Una torrencial lluvia de fuego cayó sobre la ciudad, como consecuencia perecieron la mayoría de sus moradores, los que sobrevivieron buscaron en los desvanes sus viejas armas -ya enmohecidas por la larga inactividad- y se aprestaron a la defensa, pero no les sirvió de mucho, porque desde todos los puntos cardinales entraron en la aldea cientos de dragones enfurecidos que destruyeron todo cuanto encontraron a su paso, se tratara de objetos, hombres o animales; los pocos que aún quedaban con vida, y que huían hacia a una colina cercana para desde allí reorganizar la resistencia, fueron perseguidos por miles de soldados que exterminaron a todos.
Los edificios fueron saqueados y después quemados, todo fue destruido y poco después parecía que nunca hubiera sucedido allí nada, pero yo era testigo y espectador de la única y auténtica verdad que encerraba aquel valle; todos los demás medios de comunicación se habían hecho eco de un episodio que no recogía lo importante, habían informado de la epidermis sin conseguir entrever siquiera lo trascendente. Tal vez ellos habían publicado antes que yo sus artículos, pero estaban huecos y vacíos de todo contenido.
Aturdido aún por la revelación de la que había sido testigo, bajé al pueblo, pagué la cuenta a mi hospedero y salí de allí sin decirle nada a nadie, ya que afortunadamente habían reparado la carretera. Lo único que deseaba era volver cuanto antes a la ciudad, escribir mi crónica y verla publicada para anunciar al mundo la noticia; la historia ya la tenía construida en mi mente. Por fin alcanzaría la gloria, tal vez no ganara el Pulitzer, pero sí estaba seguro de obtener el González Ruano, el Ortega y Gasset, o cualquier otro premio de periodismo nacional de importancia. Mis compañeros, mis jefes -incluyo a mi ex mujer- y el público en general tendrían que reconocer la calidad de mi trabajo; además de deportes también podía escribir sobre otros temas de importancia.
Al llegar a la redacción y presentar mi trabajo no quisieron creer nada de cuanto les contaba y se negaron a publicar el reportaje. El rechazo y la desconfianza me sumieron en una profunda depresión que me costó trabajo superar y de la que logré sobreponerme con esfuerzo y sin la ayuda de nadie dos meses después . Escribí un libro que presenté a varias editoriales, pero a ninguna pareció interesarle mi material. Ya empezaba a desesperarme y un editor con visión de futuro publicó mi trabajo y se convirtió inmediatamente en un éxito de ventas.
(Continuará)
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