11.-
Al despertar, la tormenta había desaparecido y el día era agradable y luminoso. Después de desayunar intenté contactar con la redacción para informar del fracaso del viaje y de mi pronto retorno. No pude comunicar con el exterior, porque la tempestad había cortado las líneas telefónicas y, como no obtendría allí ninguna información más que fuera interesante, pedí la cuenta a mi hospedero para volver cuanto antes a la comodidad de mi casa. No fue posible, ya que el temporal había arrasado la única vía de acceso y no se podía abandonar el pueblo.
Para que mi jefa no pudiera acusarme de negligente decidí, antes de volver y mientras reparaban la carretera, visitar el lugar donde se había producido la tragedia. Era un emplazamiento a diez kilómetros del municipio, donde antiguamente había existido un floreciente poblado.
Fue sencillo encontrar el paraje. Lo primero que me llamó la atención fue lo intrincado del bosque y la maleza que rodeaba una extensa nava donde -tal vez en la noche de los tiempos- unos hombres, de los que no sabíamos nada, construyeron sus casas, se amaron, criaron a sus hijos y desaparecieron sin dejar ningún rastro, salvo toda aquella desolación.
Era difícil creer que allí hubo vida alguna vez; parecía que la tierra hubiera dejado de girar y que cualquier vestigio vital se hubiera quedado suspendido dentro de la espesa niebla que envolvía el espacio, ya que no cantaba ningún pájaro ni encontré rastro de ningún otro animal. Con un poco de imaginación se podían adivinar los restos de los edificios destruidos y la configuración de las calles, pero nada más, eso era todo. Después de mirar con detalle no encontré ningún rastro que se relacionara con la tragedia que se había producido hacía unos pocos días allí. Nada más obtendría del lugar y me dispuse a volver al pueblo, pero antes miré por última vez la explanada. Una sensación extraña me atenazó la garganta; me pareció que todo se volvía mucho más oscuro y desde el estómago me subió un absurdo miedo hasta el centro de mi adormecida mente. La poca conciencia que me quedaba me indicaba que corriera, pero mis piernas se negaban a obedecer. Miré al cielo y, a través de una nube deshilachada, vi un instante el sol que me dio la fuerza necesaria para sobreponerme y para alejarme de allí. No me detuve hasta llegar al pueblo, después unas cuantas copas me ayudaron a recuperar el sosiego, pero no el cansancio. Parecía que hubiera realizado un largo viaje a través del espacio y del tiempo.
Al despertar, la tormenta había desaparecido y el día era agradable y luminoso. Después de desayunar intenté contactar con la redacción para informar del fracaso del viaje y de mi pronto retorno. No pude comunicar con el exterior, porque la tempestad había cortado las líneas telefónicas y, como no obtendría allí ninguna información más que fuera interesante, pedí la cuenta a mi hospedero para volver cuanto antes a la comodidad de mi casa. No fue posible, ya que el temporal había arrasado la única vía de acceso y no se podía abandonar el pueblo.
Para que mi jefa no pudiera acusarme de negligente decidí, antes de volver y mientras reparaban la carretera, visitar el lugar donde se había producido la tragedia. Era un emplazamiento a diez kilómetros del municipio, donde antiguamente había existido un floreciente poblado.
Fue sencillo encontrar el paraje. Lo primero que me llamó la atención fue lo intrincado del bosque y la maleza que rodeaba una extensa nava donde -tal vez en la noche de los tiempos- unos hombres, de los que no sabíamos nada, construyeron sus casas, se amaron, criaron a sus hijos y desaparecieron sin dejar ningún rastro, salvo toda aquella desolación.
Era difícil creer que allí hubo vida alguna vez; parecía que la tierra hubiera dejado de girar y que cualquier vestigio vital se hubiera quedado suspendido dentro de la espesa niebla que envolvía el espacio, ya que no cantaba ningún pájaro ni encontré rastro de ningún otro animal. Con un poco de imaginación se podían adivinar los restos de los edificios destruidos y la configuración de las calles, pero nada más, eso era todo. Después de mirar con detalle no encontré ningún rastro que se relacionara con la tragedia que se había producido hacía unos pocos días allí. Nada más obtendría del lugar y me dispuse a volver al pueblo, pero antes miré por última vez la explanada. Una sensación extraña me atenazó la garganta; me pareció que todo se volvía mucho más oscuro y desde el estómago me subió un absurdo miedo hasta el centro de mi adormecida mente. La poca conciencia que me quedaba me indicaba que corriera, pero mis piernas se negaban a obedecer. Miré al cielo y, a través de una nube deshilachada, vi un instante el sol que me dio la fuerza necesaria para sobreponerme y para alejarme de allí. No me detuve hasta llegar al pueblo, después unas cuantas copas me ayudaron a recuperar el sosiego, pero no el cansancio. Parecía que hubiera realizado un largo viaje a través del espacio y del tiempo.
(Continuará)
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