14 de julio de 2009

Crónicas de la nada (10)

Crónica primera.
10.-
Había comido tarde y no tenía apetito, por lo que decidí prescindir de la cena y tomarme unas copas. Aquella noche acabé mal y subí las escaleras del hotel hasta mi habitación a gatas. Los locales eran agradables y sencillos y los parroquianos no se mostraron hostiles ni hoscos conmigo, contestaron al saludo de buenas noches y algunos fueron capaces de entablar una conversación con un forastero que acababa de llegar al pueblo sobre la meteorología, la última cosecha de cereales o de aceituna, la próxima jornada de liga o cualquier otro tema de actualidad.
Cuando desperté, a la mañana siguiente, estaba tan enfermo que nunca antes me había encontrado tan mal y eso que me enorgullezco de ostentar varios records locales, nacionales, europeos y mundiales de trasegadas alcohólicas. El desayuno no contribuyó a que me sintiera mejor y el paseo campestre que di, ya que pensé que el aire limpio y puro de la sierra me despejaría la cabeza (y oxigenaría mis pulmones y mis ideas) tampoco sirvió de mucho; si además de a mi estado sumaba el polvo de los caminos, las moscas, los mosquitos, las hierbas, los cardos que se enredaban en mis zapatos y en mis tobillos, las ortigas que cogía por equivocación y tanta naturaleza que amenazaba con engullirme, mejor me hubiera quedado en la ciudad. Tuve que volver a la fonda y meterme en la cama. Me levanté poco antes del mediodía y después de la comida ya comencé a sentirme un poco mejor.
Cuando comenzaba a oscurecer las calles se llenaron de gente de toda condición y edad que paseaban y llenaban los bares; era el momento de iniciar el trabajo. Nadie supo explicarme nada; lo poco que sabían lo habían visto en los noticiarios de la televisión, pero no conocían a ninguna de las víctimas, porque no venían nunca a la villa a comprar en las tiendas, a consumir en los bares, ni a relacionarse con ellos.
No saqué nada en claro, salvo otra respetable borrachera, porque todos me invitaban a beber. Poco después de las diez la gente comenzó a retirarse a sus casas, yo también me disponía a regresar a mi hospedaje, pero en ese momento empezó el principio del fin del mundo. Comenzó a llover; al principio parecía que caerían nada más que tres o cuatro gotas; después, según transcurría la noche, aumentó la intensidad del agua. Transcurrieron dos horas y parecía que asistiéramos en directo al segundo diluvio universal; nunca antes había visto tanta agua junta.
La distancia a recorrer desde el bar en el que me encontraba hasta mi alojamiento era muy corta, apenas quince metros, pero antes de decidirme a cruzar la calzada me tomé unas copas más, por si escampaba. La tormenta no tenía intenciones de amainar -ni mucho menos de parar-, así que resignado abrí la puerta del establecimiento y me dispuse a establecer una nueva plusmarca mundial de los quince metros lluvia; por desgracia no pude conseguir tal proeza, pero logré otra casi tan importante como aquella: la de cantidad de litros de agua caídos sobre centímetro cuadrado de ser humano. Nada más salir a la calle se produjo un apagón, todo quedó a oscuras y el agua me impedía ver nada a más de medio metro. No se qué giro o qué mal paso di, pero no conseguía encontrar la puerta de la fonda, ni la de cualquier otro sitio, aunque los mismos elementos que de tal forma me eran hostiles me ayudaron en la figura de un descomunal relámpago que, además de dejarme casi petrificado y al borde del infarto, me señaló el camino y pude refugiarme en el vestíbulo de mi alojamiento. No pillé una pulmonía, ni siquiera un elemental resfriado, por la misma razón que algunos ancianos no mueren atropellados en plena vía pública por la forma tan temeraria que tienen de cruzarlas, es decir: de puro milagro. Me quité la ropa, me sequé y me metí en la cama; desde allí me llegaba el ruido de la lluvia, veía el resplandor de los rayos y sentía la violencia de los truenos. Arrullado por tan dulce melodía me dormí.
(Continuará)

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