9.-
Al salir del hospital me apliqué a la tarea de localizar el pueblo. Miré y remiré el mapa y no aparecía por ninguna parte. Tras varias horas de minuciosa búsqueda lo encontré al fin. Se trataba de un pequeñísimo punto a muchos kilómetros de distancia.
La conducción nunca ha tenido secretos para mí y eso que hacía mucho tiempo desde la última vez que había conducido un automóvil, pero mi pericia y mi capacidad de reflejos se mantenían intactas. Me limitaba a mantenerme lo más pegado posible al lado derecho de la calzada; evitaba realizar una maniobra o un adelantamiento inadecuados, no rebasaba el límite autorizado de velocidad, e incluso procuraba que el indicador del cuentakilómetros marcara siempre menos de lo permitido.
Se producían una serie de hechos curiosos. Todos los vehículos que circulaban en el mismo sentido de la marcha que yo hacían sonar sus bocinas con insistencia al adelantarme y una vez que rebasaban mi coche me brindaban un extraño saludo consistente en mostrar el dedo corazón de la mano derecha a la vez que vociferaban ininteligibles, pero vehementes, palabras. Continué impasible mi camino hasta que llegó el crepúsculo. Nunca antes había visto uno, en el cine sí, pero en directo era la primera vez que lo veía. No le encontré ninguna gracia y me resultó muy molesto, ya que no veía nada a causa del sol que me daba de lleno en los ojos. Tal vez el extravagante sea yo, pero ya me explicará alguien qué tiene de extraordinario contemplar algo tan molesto como es el paso del día a la noche y el cielo lleno de colores en tonos pastel; nada más de pensarlo me dan escalofríos.
Había perdido la cuenta del tiempo que llevaba al volante y no sabía cuánto me faltaba aún para llegar a mi destino. Consulté el mapa y según el plano ya estaba cerca, aunque no encontraba el acceso correspondiente por ninguna parte. Me habían graduado las gafas apenas hacía un mes, así que el problema no era la falta de vista. Examiné de nuevo el mapa y al levantar la cabeza descubrí, a dos metros de donde yo estaba, una señal que indicaba que a seis kilómetros de allí se encontraba Torre del Carpio, mi destino.
El firme se encontraba en perfecto estado, pero la carretera era estrecha y daba tantas vueltas y revueltas que tardé más de treinta minutos en recorrer los seis kilómetros que me separaban del pueblo. Según me acercaba, mi desconcierto se acrecentaba, pues la población no aparecía por ninguna parte, aunque en seguida comprendí por qué. La villa se encontraba en la hondonada de un valle y entré en ella de súbito al tomar una curva a la izquierda. En lo que parecía el centro -al menos donde se desarrollaba la actividad social del pueblo-, ya que la plaza mayor con la iglesia y el ayuntamiento se encontraban en otro sitio, había cuatro bares, uno de ellos también fonda, me dirigí a la recepción y pedí una habitación.
El pueblo estaba lleno de periodistas, cámaras y técnicos de televisión, pero al llegar yo todos recogían sus equipajes dispuestos a abandonar el lugar, pero aunque la noticia se hubiera trasladado a otro sitio, yo había sido enviado allí para hacer un trabajo y no me marcharía hasta que estuviera concluido.
Al salir del hospital me apliqué a la tarea de localizar el pueblo. Miré y remiré el mapa y no aparecía por ninguna parte. Tras varias horas de minuciosa búsqueda lo encontré al fin. Se trataba de un pequeñísimo punto a muchos kilómetros de distancia.
La conducción nunca ha tenido secretos para mí y eso que hacía mucho tiempo desde la última vez que había conducido un automóvil, pero mi pericia y mi capacidad de reflejos se mantenían intactas. Me limitaba a mantenerme lo más pegado posible al lado derecho de la calzada; evitaba realizar una maniobra o un adelantamiento inadecuados, no rebasaba el límite autorizado de velocidad, e incluso procuraba que el indicador del cuentakilómetros marcara siempre menos de lo permitido.
Se producían una serie de hechos curiosos. Todos los vehículos que circulaban en el mismo sentido de la marcha que yo hacían sonar sus bocinas con insistencia al adelantarme y una vez que rebasaban mi coche me brindaban un extraño saludo consistente en mostrar el dedo corazón de la mano derecha a la vez que vociferaban ininteligibles, pero vehementes, palabras. Continué impasible mi camino hasta que llegó el crepúsculo. Nunca antes había visto uno, en el cine sí, pero en directo era la primera vez que lo veía. No le encontré ninguna gracia y me resultó muy molesto, ya que no veía nada a causa del sol que me daba de lleno en los ojos. Tal vez el extravagante sea yo, pero ya me explicará alguien qué tiene de extraordinario contemplar algo tan molesto como es el paso del día a la noche y el cielo lleno de colores en tonos pastel; nada más de pensarlo me dan escalofríos.
Había perdido la cuenta del tiempo que llevaba al volante y no sabía cuánto me faltaba aún para llegar a mi destino. Consulté el mapa y según el plano ya estaba cerca, aunque no encontraba el acceso correspondiente por ninguna parte. Me habían graduado las gafas apenas hacía un mes, así que el problema no era la falta de vista. Examiné de nuevo el mapa y al levantar la cabeza descubrí, a dos metros de donde yo estaba, una señal que indicaba que a seis kilómetros de allí se encontraba Torre del Carpio, mi destino.
El firme se encontraba en perfecto estado, pero la carretera era estrecha y daba tantas vueltas y revueltas que tardé más de treinta minutos en recorrer los seis kilómetros que me separaban del pueblo. Según me acercaba, mi desconcierto se acrecentaba, pues la población no aparecía por ninguna parte, aunque en seguida comprendí por qué. La villa se encontraba en la hondonada de un valle y entré en ella de súbito al tomar una curva a la izquierda. En lo que parecía el centro -al menos donde se desarrollaba la actividad social del pueblo-, ya que la plaza mayor con la iglesia y el ayuntamiento se encontraban en otro sitio, había cuatro bares, uno de ellos también fonda, me dirigí a la recepción y pedí una habitación.
El pueblo estaba lleno de periodistas, cámaras y técnicos de televisión, pero al llegar yo todos recogían sus equipajes dispuestos a abandonar el lugar, pero aunque la noticia se hubiera trasladado a otro sitio, yo había sido enviado allí para hacer un trabajo y no me marcharía hasta que estuviera concluido.
(Continuará)
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