8.-
Aquella mañana estaba muy ocupada, así que –fueron sus palabras- preparaba el equipaje y me marchaba a realizar el trabajo que me encomendaba, o me despedía. La miré fijamente y en ese instante en un soplo de inspiración me iluminó y acabé por intuir la verdad. Lo que ella pretendía era deshacerse de mí de forma definitiva, puesto que yo le traía recuerdos, precisamente ese tipo de recuerdos que siempre queremos olvidar si notamos que no somos como soñábamos y que nunca conseguiremos serlo.
Ella estaba convencida de que no sería capaz de realizar el trabajo con eficacia, pero ahí era donde se equivocaba, porque estaba dispuesto a recoger el guante que me lanzaba, aceptar su reto y demostrarle que ya había dejado de ser el bruto que ella había conocido hacía toda una eternidad y que sería capaz de escribir sobre cualquier materia tan bien como lo hacía sobre deportes.
Mientras pensaba en todo lo anterior cogí el diario y me entretuve en releer la noticia motivo de aquella controversia; al fin me levanté y le dije: “Está bien, no te preocupes, yo me encargaré de este asunto”. Y en aquél instante sucedió. Una descarga sacudió mi cabeza y me hizo ver cuerpos de inocentes tirados en el suelo retorciéndose por el dolor; voces secretas me llamaban con insistencia y era tan poderosa la fuerza que me atraía hacia aquel lejano y desconocido lugar que me levanté dispuesto a cumplir la misión que se me encomendaba.
Si me daba prisa aún estaría de regreso el miércoles por la noche para ver el partido de la Liga de Campeones. Llegué a casa y lo primero que pensé fue que tenía que ubicar la población que tenía que visitar, pero antes debía encontrar un mapa. Recordé que poco antes de mi boda compré un plano de carreteras para planear el viaje de novios, así que estaría en alguna parte.
Revisé una y otra vez los sitios donde se suelen guardar ese tipo de objetos y no di con su paradero, por lo que tendría que salir a la calle y comprar uno nuevo. Por la hora que era estaban a punto de cerrar las tiendas, así que tenía que correr si quería encontrar abierta alguna, pero al bajar corriendo las escaleras me caí; no me hice mucho daño, aunque la rodilla derecha tomó una proporción del doble de lo normal, el codo izquierdo estaba en carne viva y de la nariz me salía abundante sangre que me manchó una camisa comprada el día anterior en una de las tiendas más caras y exclusivas de la ciudad.
En la primera papelería en la que entré no me conocían y pensaron que pretendía atracarlos y tal como entré volví a salir; lo último que oí fueron voces que llamaban a la policía. Entré en la librería de la que soy cliente; allí se empeñaron en llevarme a urgencias y tuve que acceder, no sin antes insistir en que me dieran el mapa de carreteras más completo que tuvieran. Aparte del insoportable dolor que sentía en la cabeza y en la rodilla, el médico me dijo que no era grave lo que tenía y que podía continuar con mi actividad habitual sin preocuparme de nada.
(Continuará)
Aquella mañana estaba muy ocupada, así que –fueron sus palabras- preparaba el equipaje y me marchaba a realizar el trabajo que me encomendaba, o me despedía. La miré fijamente y en ese instante en un soplo de inspiración me iluminó y acabé por intuir la verdad. Lo que ella pretendía era deshacerse de mí de forma definitiva, puesto que yo le traía recuerdos, precisamente ese tipo de recuerdos que siempre queremos olvidar si notamos que no somos como soñábamos y que nunca conseguiremos serlo.
Ella estaba convencida de que no sería capaz de realizar el trabajo con eficacia, pero ahí era donde se equivocaba, porque estaba dispuesto a recoger el guante que me lanzaba, aceptar su reto y demostrarle que ya había dejado de ser el bruto que ella había conocido hacía toda una eternidad y que sería capaz de escribir sobre cualquier materia tan bien como lo hacía sobre deportes.
Mientras pensaba en todo lo anterior cogí el diario y me entretuve en releer la noticia motivo de aquella controversia; al fin me levanté y le dije: “Está bien, no te preocupes, yo me encargaré de este asunto”. Y en aquél instante sucedió. Una descarga sacudió mi cabeza y me hizo ver cuerpos de inocentes tirados en el suelo retorciéndose por el dolor; voces secretas me llamaban con insistencia y era tan poderosa la fuerza que me atraía hacia aquel lejano y desconocido lugar que me levanté dispuesto a cumplir la misión que se me encomendaba.
Si me daba prisa aún estaría de regreso el miércoles por la noche para ver el partido de la Liga de Campeones. Llegué a casa y lo primero que pensé fue que tenía que ubicar la población que tenía que visitar, pero antes debía encontrar un mapa. Recordé que poco antes de mi boda compré un plano de carreteras para planear el viaje de novios, así que estaría en alguna parte.
Revisé una y otra vez los sitios donde se suelen guardar ese tipo de objetos y no di con su paradero, por lo que tendría que salir a la calle y comprar uno nuevo. Por la hora que era estaban a punto de cerrar las tiendas, así que tenía que correr si quería encontrar abierta alguna, pero al bajar corriendo las escaleras me caí; no me hice mucho daño, aunque la rodilla derecha tomó una proporción del doble de lo normal, el codo izquierdo estaba en carne viva y de la nariz me salía abundante sangre que me manchó una camisa comprada el día anterior en una de las tiendas más caras y exclusivas de la ciudad.
En la primera papelería en la que entré no me conocían y pensaron que pretendía atracarlos y tal como entré volví a salir; lo último que oí fueron voces que llamaban a la policía. Entré en la librería de la que soy cliente; allí se empeñaron en llevarme a urgencias y tuve que acceder, no sin antes insistir en que me dieran el mapa de carreteras más completo que tuvieran. Aparte del insoportable dolor que sentía en la cabeza y en la rodilla, el médico me dijo que no era grave lo que tenía y que podía continuar con mi actividad habitual sin preocuparme de nada.
(Continuará)
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