23 de junio de 2009

Crónicas de la nada (9)

Crónica primera

9.-
Al salir del hospital me apliqué a la tarea de localizar el pueblo. Miré y remiré el mapa y no aparecía por ninguna parte. Tras varias horas de minuciosa búsqueda lo encontré al fin. Se trataba de un pequeñísimo punto a muchos kilómetros de distancia.
La conducción nunca ha tenido secretos para mí y eso que hacía mucho tiempo desde la última vez que había conducido un automóvil, pero mi pericia y mi capacidad de reflejos se mantenían intactas. Me limitaba a mantenerme lo más pegado posible al lado derecho de la calzada; evitaba realizar una maniobra o un adelantamiento inadecuados, no rebasaba el límite autorizado de velocidad, e incluso procuraba que el indicador del cuentakilómetros marcara siempre menos de lo permitido.
Se producían una serie de hechos curiosos. Todos los vehículos que circulaban en el mismo sentido de la marcha que yo hacían sonar sus bocinas con insistencia al adelantarme y una vez que rebasaban mi coche me brindaban un extraño saludo consistente en mostrar el dedo corazón de la mano derecha a la vez que vociferaban ininteligibles, pero vehementes, palabras. Continué impasible mi camino hasta que llegó el crepúsculo. Nunca antes había visto uno, en el cine sí, pero en directo era la primera vez que lo veía. No le encontré ninguna gracia y me resultó muy molesto, ya que no veía nada a causa del sol que me daba de lleno en los ojos. Tal vez el extravagante sea yo, pero ya me explicará alguien qué tiene de extraordinario contemplar algo tan molesto como es el paso del día a la noche y el cielo lleno de colores en tonos pastel; nada más de pensarlo me dan escalofríos.
Había perdido la cuenta del tiempo que llevaba al volante y no sabía cuánto me faltaba aún para llegar a mi destino. Consulté el mapa y según el plano ya estaba cerca, aunque no encontraba el acceso correspondiente por ninguna parte. Me habían graduado las gafas apenas hacía un mes, así que el problema no era la falta de vista. Examiné de nuevo el mapa y al levantar la cabeza descubrí, a dos metros de donde yo estaba, una señal que indicaba que a seis kilómetros de allí se encontraba Torre del Carpio, mi destino.
El firme se encontraba en perfecto estado, pero la carretera era estrecha y daba tantas vueltas y revueltas que tardé más de treinta minutos en recorrer los seis kilómetros que me separaban del pueblo. Según me acercaba, mi desconcierto se acrecentaba, pues la población no aparecía por ninguna parte, aunque en seguida comprendí por qué. La villa se encontraba en la hondonada de un valle y entré en ella de súbito al tomar una curva a la izquierda. En lo que parecía el centro -al menos donde se desarrollaba la actividad social del pueblo-, ya que la plaza mayor con la iglesia y el ayuntamiento se encontraban en otro sitio, había cuatro bares, uno de ellos también fonda, me dirigí a la recepción y pedí una habitación.
El pueblo estaba lleno de periodistas, cámaras y técnicos de televisión, pero al llegar yo todos recogían sus equipajes dispuestos a abandonar el lugar, pero aunque la noticia se hubiera trasladado a otro sitio, yo había sido enviado allí para hacer un trabajo y no me marcharía hasta que estuviera concluido.
(Continuará)

4 de junio de 2009

Crónicas de la nada (8)

8.-
Aquella mañana estaba muy ocupada, así que –fueron sus palabras- preparaba el equipaje y me marchaba a realizar el trabajo que me encomendaba, o me despedía. La miré fijamente y en ese instante en un soplo de inspiración me iluminó y acabé por intuir la verdad. Lo que ella pretendía era deshacerse de mí de forma definitiva, puesto que yo le traía recuerdos, precisamente ese tipo de recuerdos que siempre queremos olvidar si notamos que no somos como soñábamos y que nunca conseguiremos serlo.
Ella estaba convencida de que no sería capaz de realizar el trabajo con eficacia, pero ahí era donde se equivocaba, porque estaba dispuesto a recoger el guante que me lanzaba, aceptar su reto y demostrarle que ya había dejado de ser el bruto que ella había conocido hacía toda una eternidad y que sería capaz de escribir sobre cualquier materia tan bien como lo hacía sobre deportes.
Mientras pensaba en todo lo anterior cogí el diario y me entretuve en releer la noticia motivo de aquella controversia; al fin me levanté y le dije: “Está bien, no te preocupes, yo me encargaré de este asunto”. Y en aquél instante sucedió. Una descarga sacudió mi cabeza y me hizo ver cuerpos de inocentes tirados en el suelo retorciéndose por el dolor; voces secretas me llamaban con insistencia y era tan poderosa la fuerza que me atraía hacia aquel lejano y desconocido lugar que me levanté dispuesto a cumplir la misión que se me encomendaba.
Si me daba prisa aún estaría de regreso el miércoles por la noche para ver el partido de la Liga de Campeones. Llegué a casa y lo primero que pensé fue que tenía que ubicar la población que tenía que visitar, pero antes debía encontrar un mapa. Recordé que poco antes de mi boda compré un plano de carreteras para planear el viaje de novios, así que estaría en alguna parte.
Revisé una y otra vez los sitios donde se suelen guardar ese tipo de objetos y no di con su paradero, por lo que tendría que salir a la calle y comprar uno nuevo. Por la hora que era estaban a punto de cerrar las tiendas, así que tenía que correr si quería encontrar abierta alguna, pero al bajar corriendo las escaleras me caí; no me hice mucho daño, aunque la rodilla derecha tomó una proporción del doble de lo normal, el codo izquierdo estaba en carne viva y de la nariz me salía abundante sangre que me manchó una camisa comprada el día anterior en una de las tiendas más caras y exclusivas de la ciudad.
En la primera papelería en la que entré no me conocían y pensaron que pretendía atracarlos y tal como entré volví a salir; lo último que oí fueron voces que llamaban a la policía. Entré en la librería de la que soy cliente; allí se empeñaron en llevarme a urgencias y tuve que acceder, no sin antes insistir en que me dieran el mapa de carreteras más completo que tuvieran. Aparte del insoportable dolor que sentía en la cabeza y en la rodilla, el médico me dijo que no era grave lo que tenía y que podía continuar con mi actividad habitual sin preocuparme de nada.
(Continuará)