2 de abril de 2009

Crónicas de la nada (5)

Crónica primera
5.-
Durante mi larga convalecencia me dediqué a leer con más atención de la habitual las crónicas que hacían referencia a los partidos de fútbol. Descubrí que, se tratara del diario que fuera, todas tenían exactamente la misma estructura y utilizaban idénticas palabras, sólo cambiaba el nombre de los jugadores y de los lances concretos que se producían dentro del terreno de juego. No me pareció difícil hacer lo mismo que ellos, y, en cualquier caso, siempre estaría mi mujer cerca de mí para ayudarme; al final acepté la propuesta.
Éramos muy felices y formábamos una pareja ideal; tal vez ese fue mi principal fallo y no sé cómo no recordé lo que siempre me decía mi difunto padre: “Desconfía de quien te diga que te quiere (o que nunca antes ha sido tan feliz como es ahora contigo) más de tres veces al día, durante dos semanas seguidas, porque no tardará en traicionarte, si no lo ha hecho ya”.
Mi suegro murió de un infarto en su despacho. Lo curioso es que a nadie le llamó la atención que el hombre tuviera los pantalones bajados y su secretaria se encontrara desnuda. Supongo que fue una simple casualidad, pero con la desaparición del prohombre empezaron los problemas conyugales. Mi esposa pasó a ocupar el cargo de redactora jefa, y no la nombraron directora porque su hermano, cinco años mayor que ella, llevaba más tiempo como empleado en el periódico.
Siempre estaba ocupada y apenas nos veíamos en casa. En la redacción permanecíamos juntos todo el día, pero ella era la jefa y yo un simple empleado, por lo que debíamos guardar las formas. Mi jornada laboral era corta, salvo los días en que se jugaba algún partido; si este era el caso me desplazaba, acompañado por un fotógrafo, hasta el campo de fútbol correspondiente y cubría la información de manera impecable. Por regla general volvía temprano a casa y esperaba a mi esposa con la mesa puesta y la cena fría, que siempre acababa por tirar al cubo de la basura. Que fuera comida congelada que preparaba en el microondas, o que pedía por teléfono, no restaba mérito a mis intenciones. ¿Y a qué se debía su tardanza? Siempre había una excusa. Un día se trataba de una reunión del consejo de administración, otro de una entrevista a un personaje inesperado, al día siguiente un retraso en el cierre de edición…
(Continuará)

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