Crónica primera
6.-
Es curioso de qué forma descubrimos la verdad; el más interesado es siempre el último en enterarse y casi siempre de manera accidental. Una tarde se celebraba un partido de polo y, aunque siempre me ha parecido un deporte ridículo donde quien en realidad se ejercita es el caballo, debía cumplir con mi obligación y mantener informados a los amantes de dicho deporte. El encuentro se tuvo que suspender porque un equipo solamente llevaba caballos y el otro yeguas y se organizó tal zarabanda que aquello estuvo a punto de terminar en orgía equina. Regresé a la oficina para redactar mi artículo sobre el bochornoso espectáculo que acababa de presenciar y el que tuve ocasión de contemplar no fue menos vergonzante. Mi mujer copulaba en su despacho con un becario. No dije nada, no monté ningún escándalo ni intenté matarlos para vengar mi honor; di media vuelta y, sin hacer ruido salí de allí y me marché sin que me vieran.
No fue la última vez que presencié tal espectáculo, pero no para espiarlos, sino para comprobar si se trataba de una casualidad o de una actividad habitual. Llegaba a la oficina y tal como entraba salía, sin hacer ningún ruido, hasta que sucedió lo inevitable. Yo hubiera preferido que todo siguiera como hasta entonces, pero he de añadir en mi descargo que si sucedió lo irremediable fue porque se originó un cambio de ubicación en sus encuentros eróticos, ya que un día los encontré encima de mi propio sofá. Intenté regresar a la calle, pero al dar media vuelta para ganar la puerta, me enredé entre la ropa interior de mi mujer, perdí el equilibrio, caí sobre una mesita y sólo pude agarrarme a un jarrón chino de la dinastía min, chin, chan (o lo que fuera), que nos había regalado una tía suya. El ruido y el estropicio fueron apoteósicos; el trozo más grande del cacharro no mediría más de un centímetro cuadrado y ya me parece mucho, una de mis muñecas sangraba y yo permanecía tumbado en el suelo medio inconsciente.
Es curioso de qué forma descubrimos la verdad; el más interesado es siempre el último en enterarse y casi siempre de manera accidental. Una tarde se celebraba un partido de polo y, aunque siempre me ha parecido un deporte ridículo donde quien en realidad se ejercita es el caballo, debía cumplir con mi obligación y mantener informados a los amantes de dicho deporte. El encuentro se tuvo que suspender porque un equipo solamente llevaba caballos y el otro yeguas y se organizó tal zarabanda que aquello estuvo a punto de terminar en orgía equina. Regresé a la oficina para redactar mi artículo sobre el bochornoso espectáculo que acababa de presenciar y el que tuve ocasión de contemplar no fue menos vergonzante. Mi mujer copulaba en su despacho con un becario. No dije nada, no monté ningún escándalo ni intenté matarlos para vengar mi honor; di media vuelta y, sin hacer ruido salí de allí y me marché sin que me vieran.
No fue la última vez que presencié tal espectáculo, pero no para espiarlos, sino para comprobar si se trataba de una casualidad o de una actividad habitual. Llegaba a la oficina y tal como entraba salía, sin hacer ningún ruido, hasta que sucedió lo inevitable. Yo hubiera preferido que todo siguiera como hasta entonces, pero he de añadir en mi descargo que si sucedió lo irremediable fue porque se originó un cambio de ubicación en sus encuentros eróticos, ya que un día los encontré encima de mi propio sofá. Intenté regresar a la calle, pero al dar media vuelta para ganar la puerta, me enredé entre la ropa interior de mi mujer, perdí el equilibrio, caí sobre una mesita y sólo pude agarrarme a un jarrón chino de la dinastía min, chin, chan (o lo que fuera), que nos había regalado una tía suya. El ruido y el estropicio fueron apoteósicos; el trozo más grande del cacharro no mediría más de un centímetro cuadrado y ya me parece mucho, una de mis muñecas sangraba y yo permanecía tumbado en el suelo medio inconsciente.
(Continuará)