14 de abril de 2009

Crónicas de la nada (6)

Crónica primera
6.-
Es curioso de qué forma descubrimos la verdad; el más interesado es siempre el último en enterarse y casi siempre de manera accidental. Una tarde se celebraba un partido de polo y, aunque siempre me ha parecido un deporte ridículo donde quien en realidad se ejercita es el caballo, debía cumplir con mi obligación y mantener informados a los amantes de dicho deporte. El encuentro se tuvo que suspender porque un equipo solamente llevaba caballos y el otro yeguas y se organizó tal zarabanda que aquello estuvo a punto de terminar en orgía equina. Regresé a la oficina para redactar mi artículo sobre el bochornoso espectáculo que acababa de presenciar y el que tuve ocasión de contemplar no fue menos vergonzante. Mi mujer copulaba en su despacho con un becario. No dije nada, no monté ningún escándalo ni intenté matarlos para vengar mi honor; di media vuelta y, sin hacer ruido salí de allí y me marché sin que me vieran.
No fue la última vez que presencié tal espectáculo, pero no para espiarlos, sino para comprobar si se trataba de una casualidad o de una actividad habitual. Llegaba a la oficina y tal como entraba salía, sin hacer ningún ruido, hasta que sucedió lo inevitable. Yo hubiera preferido que todo siguiera como hasta entonces, pero he de añadir en mi descargo que si sucedió lo irremediable fue porque se originó un cambio de ubicación en sus encuentros eróticos, ya que un día los encontré encima de mi propio sofá. Intenté regresar a la calle, pero al dar media vuelta para ganar la puerta, me enredé entre la ropa interior de mi mujer, perdí el equilibrio, caí sobre una mesita y sólo pude agarrarme a un jarrón chino de la dinastía min, chin, chan (o lo que fuera), que nos había regalado una tía suya. El ruido y el estropicio fueron apoteósicos; el trozo más grande del cacharro no mediría más de un centímetro cuadrado y ya me parece mucho, una de mis muñecas sangraba y yo permanecía tumbado en el suelo medio inconsciente.
(Continuará)

2 de abril de 2009

Crónicas de la nada (5)

Crónica primera
5.-
Durante mi larga convalecencia me dediqué a leer con más atención de la habitual las crónicas que hacían referencia a los partidos de fútbol. Descubrí que, se tratara del diario que fuera, todas tenían exactamente la misma estructura y utilizaban idénticas palabras, sólo cambiaba el nombre de los jugadores y de los lances concretos que se producían dentro del terreno de juego. No me pareció difícil hacer lo mismo que ellos, y, en cualquier caso, siempre estaría mi mujer cerca de mí para ayudarme; al final acepté la propuesta.
Éramos muy felices y formábamos una pareja ideal; tal vez ese fue mi principal fallo y no sé cómo no recordé lo que siempre me decía mi difunto padre: “Desconfía de quien te diga que te quiere (o que nunca antes ha sido tan feliz como es ahora contigo) más de tres veces al día, durante dos semanas seguidas, porque no tardará en traicionarte, si no lo ha hecho ya”.
Mi suegro murió de un infarto en su despacho. Lo curioso es que a nadie le llamó la atención que el hombre tuviera los pantalones bajados y su secretaria se encontrara desnuda. Supongo que fue una simple casualidad, pero con la desaparición del prohombre empezaron los problemas conyugales. Mi esposa pasó a ocupar el cargo de redactora jefa, y no la nombraron directora porque su hermano, cinco años mayor que ella, llevaba más tiempo como empleado en el periódico.
Siempre estaba ocupada y apenas nos veíamos en casa. En la redacción permanecíamos juntos todo el día, pero ella era la jefa y yo un simple empleado, por lo que debíamos guardar las formas. Mi jornada laboral era corta, salvo los días en que se jugaba algún partido; si este era el caso me desplazaba, acompañado por un fotógrafo, hasta el campo de fútbol correspondiente y cubría la información de manera impecable. Por regla general volvía temprano a casa y esperaba a mi esposa con la mesa puesta y la cena fría, que siempre acababa por tirar al cubo de la basura. Que fuera comida congelada que preparaba en el microondas, o que pedía por teléfono, no restaba mérito a mis intenciones. ¿Y a qué se debía su tardanza? Siempre había una excusa. Un día se trataba de una reunión del consejo de administración, otro de una entrevista a un personaje inesperado, al día siguiente un retraso en el cierre de edición…
(Continuará)