4.-
Convertirnos en amantes fue lo lógico dadas las circunstancias; mi magnetismo personal fue determinante para que ella se me entregara, mi apostura y mi natural simpatía hicieron el resto, aunque varias botellas de un vino excelente ayudaron a que, la primera noche que la invité a cenar en mi casa, acabáramos desnudos encima de la alfombra. Un año después nos casamos aunque a mí el matrimonio nunca me parecía un estado deseable, pero ella quedó embarazada. Ser padre soltero no me importaba, pero ella decía que, por su posición social y por su familia, no podía dar ningún escándalo.
Lo siguiente que recuerdo es verme vestido de rigurosa gala al pie del altar mayor de la catedral ante el señor Arzobispo. El templo estaba abarrotado de invitados, de los que me correspondían diez o doce -tal vez algunos más- y el resto (tres o cuatro mil), familiares, amigos y conocidos de mi futura esposa.
El embarazo no tuvo un final feliz. A las tres semanas de casados mi mujer regresó un día a casa diciéndome que había perdido al niño; a mí me extrañó aquel desenlace, porque la semana anterior el ginecólogo nos había informado de que no existía ninguna complicación y que todo se desarrollaba de forma satisfactoria. Por casualidad encontré dentro de su bolso una nota con la dirección de un sanatorio; intrigado por lo que pudiera significar aquello, llamé al número telefónico que figuraba en el papel y al instante lo entendí todo, ya que se trataba de una clínica de interrupción voluntaria del embarazo.
Lo que ocurrió después, quien no lo recuerde, puede consultarlo en cualquier periódico o revista de hace dos años. Me disponía a rematar una falta en un partido, cuando uno de los defensas del equipo contrario confundió mi rodilla con el balón y me propinó tal patada que -para recomponerla- tuvieron que operarme tres veces. Un año después volví a caminar sin dificultad, pero me quedó una ligera y seductora cojera y ya no pude volver a jugar al fútbol.
Mi suegro me ofreció un puesto de trabajo como coordinador de la sección deportiva en su periódico. La propuesta me pareció descabellada, porque yo era un buen jugador de fútbol, conocía a la perfección todo lo referente al balompié, pero de ahí a escribir sobre deportes había una distancia que a mí me sería muy difícil de salvar. Nunca había destacado por mi capacidad intelectual, y, en cuanto a escritura, lo más que llegaba era a transcribir correctamente mi nombre y poco más.
Convertirnos en amantes fue lo lógico dadas las circunstancias; mi magnetismo personal fue determinante para que ella se me entregara, mi apostura y mi natural simpatía hicieron el resto, aunque varias botellas de un vino excelente ayudaron a que, la primera noche que la invité a cenar en mi casa, acabáramos desnudos encima de la alfombra. Un año después nos casamos aunque a mí el matrimonio nunca me parecía un estado deseable, pero ella quedó embarazada. Ser padre soltero no me importaba, pero ella decía que, por su posición social y por su familia, no podía dar ningún escándalo.
Lo siguiente que recuerdo es verme vestido de rigurosa gala al pie del altar mayor de la catedral ante el señor Arzobispo. El templo estaba abarrotado de invitados, de los que me correspondían diez o doce -tal vez algunos más- y el resto (tres o cuatro mil), familiares, amigos y conocidos de mi futura esposa.
El embarazo no tuvo un final feliz. A las tres semanas de casados mi mujer regresó un día a casa diciéndome que había perdido al niño; a mí me extrañó aquel desenlace, porque la semana anterior el ginecólogo nos había informado de que no existía ninguna complicación y que todo se desarrollaba de forma satisfactoria. Por casualidad encontré dentro de su bolso una nota con la dirección de un sanatorio; intrigado por lo que pudiera significar aquello, llamé al número telefónico que figuraba en el papel y al instante lo entendí todo, ya que se trataba de una clínica de interrupción voluntaria del embarazo.
Lo que ocurrió después, quien no lo recuerde, puede consultarlo en cualquier periódico o revista de hace dos años. Me disponía a rematar una falta en un partido, cuando uno de los defensas del equipo contrario confundió mi rodilla con el balón y me propinó tal patada que -para recomponerla- tuvieron que operarme tres veces. Un año después volví a caminar sin dificultad, pero me quedó una ligera y seductora cojera y ya no pude volver a jugar al fútbol.
Mi suegro me ofreció un puesto de trabajo como coordinador de la sección deportiva en su periódico. La propuesta me pareció descabellada, porque yo era un buen jugador de fútbol, conocía a la perfección todo lo referente al balompié, pero de ahí a escribir sobre deportes había una distancia que a mí me sería muy difícil de salvar. Nunca había destacado por mi capacidad intelectual, y, en cuanto a escritura, lo más que llegaba era a transcribir correctamente mi nombre y poco más.
(Continuará)
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