1 de febrero de 2009

Crónicas de la nada (1)

Crónica primera

1.-

La Voz del Tópico
Diario independiente de la mañana


Campeonato nacional de liga.
Real Madrid: 5
Barcelona: 0

Ramón García. Cinco tiros a puerta, cinco goles. Pese a que en el terreno de juego sólo se vio un equipo, los resultados no hicieron honor al desarrollo del partido. El Real Madrid bombeaba pelota tras pelota desde la banda derecha que siempre se estrellaban contra la férrea defensa barcelonista.
Nada más iniciarse el partido el colegiado señaló un penalti inexistente que supuso el primer gol de los locales, lo que propició que el equipo visitante se colocara más a la defensiva.
El árbitro contribuyó notablemente a que el resultado final no tuviera nada que ver con la calidad de los equipos en liza, pues cuando los visitantes iniciaban algún ataque señalaba faltas de dudosa justicia y en el minuto veintidós de la primera parte expulsó a dos jugadores del Barcelona…
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Me confortaba leer, como cada lunes por la mañana, el artículo que había escrito sobre el partido de fútbol, disputado el día anterior, por el equipo de mi ciudad. Lo que más me fascinaba era mi capacidad de síntesis, mi estilo, que sin falsa modestia podríamos llamar literario, y la objetividad que demostraba. Un buen periodista no debe realizar su trabajo desde el corazón, sino desde la razón, contándole al lector lo que de verdad sucedió en el terreno de juego.
Los lunes me levantaba más tarde que el resto de la semana y compraba el diario en el quiosco de la esquina (a pesar de que en la redacción, como es natural, estaba gratis a mi disposición); no me suponía un gasto excesivo y si no debía ir a trabajar, no veía por qué habría de desplazarme hasta la oficina para ahorrarme un dinero, que por otra parte me hubiera gastado en transporte.
Llevaba más de un año divorciado, pero no me acostumbraba a vivir solo, a pesar de que tenía sus ventajas, como disponer del lecho para mí solo, leer hasta bien entrada la madrugada, fumar en la cama o realizar cualquier otra actividad que me apeteciera sin que ella dijera: “¡Apaga la luz que ya es tarde!”.
Lo más duro no era esto, sino entrar en la cocina y no encontrar el desayuno dispuesto; podría prepararlo yo, pero aparte de que la nevera de mi cocina parecía la cámara frigorífica de un bar, ya que únicamente contenía cervezas, mis artes culinarias no hubieran merecido ningún premio gastronómico, por lo que siempre desayunaba fuera de casa.
Los lunes me sentaba en una mesa de la cafetería de la que era cliente asiduo, desplegaba el periódico e iniciaba su lectura por mi artículo; después continuaba con el resto de la información deportiva. A las otras secciones del diario sólo les dedicaba una rápida ojeada.
Una vez disfrutado de aquel instante tan singular me dirigía hacia mi antiguo barrio y en el bar de siempre encontraba a los amigos de infancia y de juventud y pasaba el día con ellos.
Aquél día nada se desarrolló como debiera. Si algo me molesta es perder las buenas costumbres, pero la casualidad nos juega a veces desagradables sorpresas. Después de abonar mi consumición con el dinero que llevaba suelto constaté que me había olvidado la cartera. Regresé a mi piso y, en ese instante, sonó el teléfono. Mi primera reacción fue desentenderme y hacer como que no lo oía, pero su insistencia me martilleaba en la cabeza con una tenacidad irritante. Con infinita aprensión descolgué el auricular y ahí comenzó el principio del resto de mi vida.
Pensé que se trataba de mi ex mujer, pero resultó ser mi jefa. No es que sus voces se parecieran y por eso las confundiera, es mucho más sencillo, ya que ambas personas son la misma mujer.
(Continuará)

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