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Los lunes me sentaba en una mesa de la cafetería de la que era cliente asiduo y, mientras saboreaba una taza de café, desplegaba el periódico e iniciaba su lectura por mi maravilloso artículo; después continuaba con el resto de la información deportiva. A las otras secciones del diario sólo les dedicaba una rápida ojeada, ya que un día tras otro publicaban lo mismo y con ver cualquier noticiario en televisión ya me consideraba bien informado sobre la actualidad.
Una vez disfrutado de aquel instante tan singular me dirigía hacia mi antiguo barrio y en el bar de siempre encontraba a los camaradas de antaño ociosos como cada día, saludaba a los conocidos y con aquella buena compañía consumía alimentos y bebidas con moderación, aunque al volver a casa por la noche la cabeza me daba vueltas y en el estómago tenía instalada una desagradable náusea.
Aquél día nada se desarrolló como debiera. Si algo me molesta es perder las buenas costumbres, cambiar los más arraigados hábitos, pero la casualidad nos juega a veces desagradables sorpresas. Después de abonar mi consumición con el dinero que llevaba suelto constaté que me había olvidado la cartera. Regresé a mi piso y, en ese instante, sonó el teléfono. Mi primera reacción fue desentenderme y hacer como que no lo oía, pero su insistencia me martilleaba en la cabeza con una tenacidad irritante. Con infinita aprensión descolgué el auricular y ahí comenzó el principio del resto de mi vida.
Pensé que se trataba de mi ex mujer, pero resultó ser mi jefa. No es que sus voces se parecieran y por eso las confundiera, es mucho más sencillo, ya que ambas personas son la misma mujer. Me había librado de su molesta presencia en el hogar, pero la tenía que soportar cada día laborable en la oficina.
Era mi jefa la que estaba al otro lado de la línea y me rogaba que fuera a la redacción porque debía hablar conmigo de una cuestión importante. No me extrañaba que necesitaran mi valiosa colaboración, porque ¿quién si no sería capaz de cubrir una importante noticia que sin duda se habría producido? Se trataría del traspaso millonario de algún jugador, del cese de un entrenador, o de la dimisión del presidente de un club.
Llegué a la redacción lo antes que pude, aunque a ella no le pareció suficiente por la mirada asesina que me dirigió. Me explicó rápidamente qué era lo que quería de mí, pero no entendí nada de lo que me decía. Parecía como si quisiera examinarme sobre los contenidos del periódico de toda la semana anterior, o como si pretendiera averiguar si leía el nuestro o los de la competencia. Me apresuré a tranquilizarla en ese punto, ya que sólo leía el nuestro.
-Puesto que has leído el diario -me dijo ella- ya estarás al corriente del importante acto que tendrá lugar dentro de unos pocos días.
Su sentido del humor era el mismo de siempre, ¿cómo no iba a estar al tanto, si ese era precisamente mi trabajo? Dentro de dos días se jugaría un trascendental partido de la Liga de Campeones entre el Barcelona y el Milán y yo, como era natural, tendría que cubrir la información.
(Continuará)