21 de febrero de 2009

Crónicas de la nada (2)

Crónica primera

2.-

Los lunes me sentaba en una mesa de la cafetería de la que era cliente asiduo y, mientras saboreaba una taza de café, desplegaba el periódico e iniciaba su lectura por mi maravilloso artículo; después continuaba con el resto de la información deportiva. A las otras secciones del diario sólo les dedicaba una rápida ojeada, ya que un día tras otro publicaban lo mismo y con ver cualquier noticiario en televisión ya me consideraba bien informado sobre la actualidad.
Una vez disfrutado de aquel instante tan singular me dirigía hacia mi antiguo barrio y en el bar de siempre encontraba a los camaradas de antaño ociosos como cada día, saludaba a los conocidos y con aquella buena compañía consumía alimentos y bebidas con moderación, aunque al volver a casa por la noche la cabeza me daba vueltas y en el estómago tenía instalada una desagradable náusea.
Aquél día nada se desarrolló como debiera. Si algo me molesta es perder las buenas costumbres, cambiar los más arraigados hábitos, pero la casualidad nos juega a veces desagradables sorpresas. Después de abonar mi consumición con el dinero que llevaba suelto constaté que me había olvidado la cartera. Regresé a mi piso y, en ese instante, sonó el teléfono. Mi primera reacción fue desentenderme y hacer como que no lo oía, pero su insistencia me martilleaba en la cabeza con una tenacidad irritante. Con infinita aprensión descolgué el auricular y ahí comenzó el principio del resto de mi vida.
Pensé que se trataba de mi ex mujer, pero resultó ser mi jefa. No es que sus voces se parecieran y por eso las confundiera, es mucho más sencillo, ya que ambas personas son la misma mujer. Me había librado de su molesta presencia en el hogar, pero la tenía que soportar cada día laborable en la oficina.
Era mi jefa la que estaba al otro lado de la línea y me rogaba que fuera a la redacción porque debía hablar conmigo de una cuestión importante. No me extrañaba que necesitaran mi valiosa colaboración, porque ¿quién si no sería capaz de cubrir una importante noticia que sin duda se habría producido? Se trataría del traspaso millonario de algún jugador, del cese de un entrenador, o de la dimisión del presidente de un club.
Llegué a la redacción lo antes que pude, aunque a ella no le pareció suficiente por la mirada asesina que me dirigió. Me explicó rápidamente qué era lo que quería de mí, pero no entendí nada de lo que me decía. Parecía como si quisiera examinarme sobre los contenidos del periódico de toda la semana anterior, o como si pretendiera averiguar si leía el nuestro o los de la competencia. Me apresuré a tranquilizarla en ese punto, ya que sólo leía el nuestro.
-Puesto que has leído el diario -me dijo ella- ya estarás al corriente del importante acto que tendrá lugar dentro de unos pocos días.
Su sentido del humor era el mismo de siempre, ¿cómo no iba a estar al tanto, si ese era precisamente mi trabajo? Dentro de dos días se jugaría un trascendental partido de la Liga de Campeones entre el Barcelona y el Milán y yo, como era natural, tendría que cubrir la información.
(Continuará)

1 de febrero de 2009

Crónicas de la nada (1)

Crónica primera

1.-

La Voz del Tópico
Diario independiente de la mañana


Campeonato nacional de liga.
Real Madrid: 5
Barcelona: 0

Ramón García. Cinco tiros a puerta, cinco goles. Pese a que en el terreno de juego sólo se vio un equipo, los resultados no hicieron honor al desarrollo del partido. El Real Madrid bombeaba pelota tras pelota desde la banda derecha que siempre se estrellaban contra la férrea defensa barcelonista.
Nada más iniciarse el partido el colegiado señaló un penalti inexistente que supuso el primer gol de los locales, lo que propició que el equipo visitante se colocara más a la defensiva.
El árbitro contribuyó notablemente a que el resultado final no tuviera nada que ver con la calidad de los equipos en liza, pues cuando los visitantes iniciaban algún ataque señalaba faltas de dudosa justicia y en el minuto veintidós de la primera parte expulsó a dos jugadores del Barcelona…
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Me confortaba leer, como cada lunes por la mañana, el artículo que había escrito sobre el partido de fútbol, disputado el día anterior, por el equipo de mi ciudad. Lo que más me fascinaba era mi capacidad de síntesis, mi estilo, que sin falsa modestia podríamos llamar literario, y la objetividad que demostraba. Un buen periodista no debe realizar su trabajo desde el corazón, sino desde la razón, contándole al lector lo que de verdad sucedió en el terreno de juego.
Los lunes me levantaba más tarde que el resto de la semana y compraba el diario en el quiosco de la esquina (a pesar de que en la redacción, como es natural, estaba gratis a mi disposición); no me suponía un gasto excesivo y si no debía ir a trabajar, no veía por qué habría de desplazarme hasta la oficina para ahorrarme un dinero, que por otra parte me hubiera gastado en transporte.
Llevaba más de un año divorciado, pero no me acostumbraba a vivir solo, a pesar de que tenía sus ventajas, como disponer del lecho para mí solo, leer hasta bien entrada la madrugada, fumar en la cama o realizar cualquier otra actividad que me apeteciera sin que ella dijera: “¡Apaga la luz que ya es tarde!”.
Lo más duro no era esto, sino entrar en la cocina y no encontrar el desayuno dispuesto; podría prepararlo yo, pero aparte de que la nevera de mi cocina parecía la cámara frigorífica de un bar, ya que únicamente contenía cervezas, mis artes culinarias no hubieran merecido ningún premio gastronómico, por lo que siempre desayunaba fuera de casa.
Los lunes me sentaba en una mesa de la cafetería de la que era cliente asiduo, desplegaba el periódico e iniciaba su lectura por mi artículo; después continuaba con el resto de la información deportiva. A las otras secciones del diario sólo les dedicaba una rápida ojeada.
Una vez disfrutado de aquel instante tan singular me dirigía hacia mi antiguo barrio y en el bar de siempre encontraba a los amigos de infancia y de juventud y pasaba el día con ellos.
Aquél día nada se desarrolló como debiera. Si algo me molesta es perder las buenas costumbres, pero la casualidad nos juega a veces desagradables sorpresas. Después de abonar mi consumición con el dinero que llevaba suelto constaté que me había olvidado la cartera. Regresé a mi piso y, en ese instante, sonó el teléfono. Mi primera reacción fue desentenderme y hacer como que no lo oía, pero su insistencia me martilleaba en la cabeza con una tenacidad irritante. Con infinita aprensión descolgué el auricular y ahí comenzó el principio del resto de mi vida.
Pensé que se trataba de mi ex mujer, pero resultó ser mi jefa. No es que sus voces se parecieran y por eso las confundiera, es mucho más sencillo, ya que ambas personas son la misma mujer.
(Continuará)