10 de diciembre de 2009

Puta luna

Autor: Manel Martí

¿Por qué esa luna blanca,
puta y coja,
desposeída en soledad cruel
de la majestuosa perfección
de las estrellas,
discreta renqueando
en los betunes exaltados
de la noche,
osó de tal manera
inmiscuirse entre la roja
y negra perla y la esmeralda?

Su vómito de plata
traspasó las celosías,
las cristalinas copas,
rompiendo la pasión
en dos mitades,
dos puentes anegados
separados como escollos
enfrentados entre dos
hiervientes olas,
los besos que debieron
de haber sido.

Que esperen esos besos,
esos puentes, esas olas...
que la dormida dama
acalle el canto
incandescente
de sus hadas.

Que esparza nuevamente
desde el ojo puro y frío,
suspenso en el vacío
que la invoca,
sus lágrimas de sal
en extraplomo.

Y que nos deje en paz,
pues no hay astro más sabio,
a fin de cuentas,
que aquel que se mantiene
en aparente dormitar
desde la altura.

Abajo, en las ciudades,
en las cansadasa colinas,
en las campiñas sedosas,
las rosas se harán carne
estremecida,
los lirios se abrirán
como sedientas bocas.
Y se alzará, más puta
y más hermosa,
aun si cabe,
la bostezante aurora.

30 de septiembre de 2009

crónicas de la nada (13)

Y 13.-
Nota del editor de la Voz del Tópico. Queremos desmentir ciertas informaciones con relación a nuestra empresa y aclarar el desagradable incidente que ha dado pie a todo un cúmulo de despropósitos.
Nunca, en todos los años que hemos comparecido a nuestra diaria cita con los lectores, hemos faltado a la verdad ni hemos falseado una información, limitándonos a ofrecerla de la forma más objetiva posible; al respecto es ejemplar nuestra sección deportiva, muy elogiada sobre todo por los seguidores del equipo de fútbol de nuestra ciudad.
Las informaciones que nos vemos en la obligación de refutar se refieren precisamente al antiguo redactor deportivo de nuestro periódico. Como consecuencia de la acumulación de trabajo -agravado por la separación de su esposa y el posterior divorcio- sufrió una fuerte depresión, lo que hizo aconsejable apartarlo durante un tiempo de sus funciones, para ello lo enviamos a una placentera aldea donde sin lugar a dudas no tardaría en recuperarse.
Casualmente se produjo un hecho de mucha importancia, ampliamente tratado por todos los medio de comunicación, cerca del lugar en el que descansaba nuestro redactor y le pedimos, porque pensábamos que ya estaría repuesto, que informara de lo acontecido.
Los primeros artículos que escribió se atenían a lo sucedido y no diferían en mucho de lo que publicaban el resto de diarios; el problema surgió al agravarse el estado de nuestro hombre y a partir de entonces nos envió una sucesión de crónicas que en nada se correspondían con la realidad de los hechos y que reflejaban el estado de una mente desequilibrada.
No es cierto que la empresa encargara la escritura de semejante despropósito como estrategia para vender más ejemplares y que posteriormente, al darnos cuenta del cariz que tomaban los acontecimientos, diéramos marcha atrás.
El autor, y a la postre único responsable de tal barbaridad, sufrió una grave recaída de la que tardó cinco meses en recuperarse.
Con posterioridad nos llegaron informaciones sobre él y su trabajo. Según parece se dejó crecer el pelo, viste largos y extraños ropajes, se fue a vivir al campo y se dedica a escribir una serie de libros fantásticos sobre sus experiencias -como él las llama- que se han convertido en éxito de ventas y que, por desgracia, no editamos nosotros, sino una editorial rival.
(Fin de la crónica primera)

19 de septiembre de 2009

Crónicas de la nada (12)

Crónica primera
12.-
Aún no habían reparado la carretera. Me metí en la cama y me costó mucho trabajo dormirme y cuando lo conseguí lo hice bien y de un tirón, ya que nada turbó mi sueño, pero al despertar me asaltó una extraña inquietud. Miles de voces susurraban mi nombre y me indicaban que subiera de nuevo hasta el desaparecido poblado.
La ascensión me resultó más cómoda que la vez anterior; era como si una fuerza oculta me guiara. No tenía que concentrarme en la conducción, únicamente dejarme llevar. El lugar estaba igual que la tarde anterior, salvo una pequeña diferencia; en el cielo no descubrí ni una sola nube y el sol calentaba e iluminaba con fuerza el terreno, por lo que le daba un vigor nuevo a aquellas ruinas.
A mi alrededor la ciudad se erigía en todo su esplendor y sus pobladores caminaban de un lado a otro por sus calles; unos volvían del trabajo, otros salían de sus viviendas para dirigirse a sus ocupaciones; unos vendían en el mercado, otros compraban. Los niños asistían a la escuela y atendían las explicaciones del profesor, la solidaridad reinaba en la vieja ciudad y nadie vivía sometido a nadie. No existía ejército ni policía, cada cual se responsabilizaba de sus actos y se mostraba solidario con relación a la comunidad.
Al caer la tarde, mientras en las cocinas se preparaba la cena, los habitantes del pueblo se reunían en las plazas y en las calles con sus convecinos y charlaban de los temas que les preocupaban, del estado de las cosechas, de la educación de los hijos, de los esfuerzos cotidianos que realizaban por construir un mundo justo y de lo complicado que era alcanzar la dicha.
Después de la cena salían a los patios para disfrutar del fresco de la noche y contemplar la maravilla del firmamento poblado por miles de estrellas, que respondían de la armonía del universo y que encajaba de forma impecable con la concordia de aquellos seres. Ocurrió de repente, mientras la mayoría de los lugareños navegaba entre sueños y el resto se preparaba para iniciar el viaje hacia lo onírico y tomó a todos por sorpresa. Una torrencial lluvia de fuego cayó sobre la ciudad, como consecuencia perecieron la mayoría de sus moradores, los que sobrevivieron buscaron en los desvanes sus viejas armas -ya enmohecidas por la larga inactividad- y se aprestaron a la defensa, pero no les sirvió de mucho, porque desde todos los puntos cardinales entraron en la aldea cientos de dragones enfurecidos que destruyeron todo cuanto encontraron a su paso, se tratara de objetos, hombres o animales; los pocos que aún quedaban con vida, y que huían hacia a una colina cercana para desde allí reorganizar la resistencia, fueron perseguidos por miles de soldados que exterminaron a todos.
Los edificios fueron saqueados y después quemados, todo fue destruido y poco después parecía que nunca hubiera sucedido allí nada, pero yo era testigo y espectador de la única y auténtica verdad que encerraba aquel valle; todos los demás medios de comunicación se habían hecho eco de un episodio que no recogía lo importante, habían informado de la epidermis sin conseguir entrever siquiera lo trascendente. Tal vez ellos habían publicado antes que yo sus artículos, pero estaban huecos y vacíos de todo contenido.
Aturdido aún por la revelación de la que había sido testigo, bajé al pueblo, pagué la cuenta a mi hospedero y salí de allí sin decirle nada a nadie, ya que afortunadamente habían reparado la carretera. Lo único que deseaba era volver cuanto antes a la ciudad, escribir mi crónica y verla publicada para anunciar al mundo la noticia; la historia ya la tenía construida en mi mente. Por fin alcanzaría la gloria, tal vez no ganara el Pulitzer, pero sí estaba seguro de obtener el González Ruano, el Ortega y Gasset, o cualquier otro premio de periodismo nacional de importancia. Mis compañeros, mis jefes -incluyo a mi ex mujer- y el público en general tendrían que reconocer la calidad de mi trabajo; además de deportes también podía escribir sobre otros temas de importancia.
Al llegar a la redacción y presentar mi trabajo no quisieron creer nada de cuanto les contaba y se negaron a publicar el reportaje. El rechazo y la desconfianza me sumieron en una profunda depresión que me costó trabajo superar y de la que logré sobreponerme con esfuerzo y sin la ayuda de nadie dos meses después . Escribí un libro que presenté a varias editoriales, pero a ninguna pareció interesarle mi material. Ya empezaba a desesperarme y un editor con visión de futuro publicó mi trabajo y se convirtió inmediatamente en un éxito de ventas.
(Continuará)

19 de agosto de 2009

Crónicas de la nada (11)

Crónica primera
11.-
Al despertar, la tormenta había desaparecido y el día era agradable y luminoso. Después de desayunar intenté contactar con la redacción para informar del fracaso del viaje y de mi pronto retorno. No pude comunicar con el exterior, porque la tempestad había cortado las líneas telefónicas y, como no obtendría allí ninguna información más que fuera interesante, pedí la cuenta a mi hospedero para volver cuanto antes a la comodidad de mi casa. No fue posible, ya que el temporal había arrasado la única vía de acceso y no se podía abandonar el pueblo.
Para que mi jefa no pudiera acusarme de negligente decidí, antes de volver y mientras reparaban la carretera, visitar el lugar donde se había producido la tragedia. Era un emplazamiento a diez kilómetros del municipio, donde antiguamente había existido un floreciente poblado.
Fue sencillo encontrar el paraje. Lo primero que me llamó la atención fue lo intrincado del bosque y la maleza que rodeaba una extensa nava donde -tal vez en la noche de los tiempos- unos hombres, de los que no sabíamos nada, construyeron sus casas, se amaron, criaron a sus hijos y desaparecieron sin dejar ningún rastro, salvo toda aquella desolación.
Era difícil creer que allí hubo vida alguna vez; parecía que la tierra hubiera dejado de girar y que cualquier vestigio vital se hubiera quedado suspendido dentro de la espesa niebla que envolvía el espacio, ya que no cantaba ningún pájaro ni encontré rastro de ningún otro animal. Con un poco de imaginación se podían adivinar los restos de los edificios destruidos y la configuración de las calles, pero nada más, eso era todo. Después de mirar con detalle no encontré ningún rastro que se relacionara con la tragedia que se había producido hacía unos pocos días allí. Nada más obtendría del lugar y me dispuse a volver al pueblo, pero antes miré por última vez la explanada. Una sensación extraña me atenazó la garganta; me pareció que todo se volvía mucho más oscuro y desde el estómago me subió un absurdo miedo hasta el centro de mi adormecida mente. La poca conciencia que me quedaba me indicaba que corriera, pero mis piernas se negaban a obedecer. Miré al cielo y, a través de una nube deshilachada, vi un instante el sol que me dio la fuerza necesaria para sobreponerme y para alejarme de allí. No me detuve hasta llegar al pueblo, después unas cuantas copas me ayudaron a recuperar el sosiego, pero no el cansancio. Parecía que hubiera realizado un largo viaje a través del espacio y del tiempo.
(Continuará)

14 de julio de 2009

Crónicas de la nada (10)

Crónica primera.
10.-
Había comido tarde y no tenía apetito, por lo que decidí prescindir de la cena y tomarme unas copas. Aquella noche acabé mal y subí las escaleras del hotel hasta mi habitación a gatas. Los locales eran agradables y sencillos y los parroquianos no se mostraron hostiles ni hoscos conmigo, contestaron al saludo de buenas noches y algunos fueron capaces de entablar una conversación con un forastero que acababa de llegar al pueblo sobre la meteorología, la última cosecha de cereales o de aceituna, la próxima jornada de liga o cualquier otro tema de actualidad.
Cuando desperté, a la mañana siguiente, estaba tan enfermo que nunca antes me había encontrado tan mal y eso que me enorgullezco de ostentar varios records locales, nacionales, europeos y mundiales de trasegadas alcohólicas. El desayuno no contribuyó a que me sintiera mejor y el paseo campestre que di, ya que pensé que el aire limpio y puro de la sierra me despejaría la cabeza (y oxigenaría mis pulmones y mis ideas) tampoco sirvió de mucho; si además de a mi estado sumaba el polvo de los caminos, las moscas, los mosquitos, las hierbas, los cardos que se enredaban en mis zapatos y en mis tobillos, las ortigas que cogía por equivocación y tanta naturaleza que amenazaba con engullirme, mejor me hubiera quedado en la ciudad. Tuve que volver a la fonda y meterme en la cama. Me levanté poco antes del mediodía y después de la comida ya comencé a sentirme un poco mejor.
Cuando comenzaba a oscurecer las calles se llenaron de gente de toda condición y edad que paseaban y llenaban los bares; era el momento de iniciar el trabajo. Nadie supo explicarme nada; lo poco que sabían lo habían visto en los noticiarios de la televisión, pero no conocían a ninguna de las víctimas, porque no venían nunca a la villa a comprar en las tiendas, a consumir en los bares, ni a relacionarse con ellos.
No saqué nada en claro, salvo otra respetable borrachera, porque todos me invitaban a beber. Poco después de las diez la gente comenzó a retirarse a sus casas, yo también me disponía a regresar a mi hospedaje, pero en ese momento empezó el principio del fin del mundo. Comenzó a llover; al principio parecía que caerían nada más que tres o cuatro gotas; después, según transcurría la noche, aumentó la intensidad del agua. Transcurrieron dos horas y parecía que asistiéramos en directo al segundo diluvio universal; nunca antes había visto tanta agua junta.
La distancia a recorrer desde el bar en el que me encontraba hasta mi alojamiento era muy corta, apenas quince metros, pero antes de decidirme a cruzar la calzada me tomé unas copas más, por si escampaba. La tormenta no tenía intenciones de amainar -ni mucho menos de parar-, así que resignado abrí la puerta del establecimiento y me dispuse a establecer una nueva plusmarca mundial de los quince metros lluvia; por desgracia no pude conseguir tal proeza, pero logré otra casi tan importante como aquella: la de cantidad de litros de agua caídos sobre centímetro cuadrado de ser humano. Nada más salir a la calle se produjo un apagón, todo quedó a oscuras y el agua me impedía ver nada a más de medio metro. No se qué giro o qué mal paso di, pero no conseguía encontrar la puerta de la fonda, ni la de cualquier otro sitio, aunque los mismos elementos que de tal forma me eran hostiles me ayudaron en la figura de un descomunal relámpago que, además de dejarme casi petrificado y al borde del infarto, me señaló el camino y pude refugiarme en el vestíbulo de mi alojamiento. No pillé una pulmonía, ni siquiera un elemental resfriado, por la misma razón que algunos ancianos no mueren atropellados en plena vía pública por la forma tan temeraria que tienen de cruzarlas, es decir: de puro milagro. Me quité la ropa, me sequé y me metí en la cama; desde allí me llegaba el ruido de la lluvia, veía el resplandor de los rayos y sentía la violencia de los truenos. Arrullado por tan dulce melodía me dormí.
(Continuará)

23 de junio de 2009

Crónicas de la nada (9)

Crónica primera

9.-
Al salir del hospital me apliqué a la tarea de localizar el pueblo. Miré y remiré el mapa y no aparecía por ninguna parte. Tras varias horas de minuciosa búsqueda lo encontré al fin. Se trataba de un pequeñísimo punto a muchos kilómetros de distancia.
La conducción nunca ha tenido secretos para mí y eso que hacía mucho tiempo desde la última vez que había conducido un automóvil, pero mi pericia y mi capacidad de reflejos se mantenían intactas. Me limitaba a mantenerme lo más pegado posible al lado derecho de la calzada; evitaba realizar una maniobra o un adelantamiento inadecuados, no rebasaba el límite autorizado de velocidad, e incluso procuraba que el indicador del cuentakilómetros marcara siempre menos de lo permitido.
Se producían una serie de hechos curiosos. Todos los vehículos que circulaban en el mismo sentido de la marcha que yo hacían sonar sus bocinas con insistencia al adelantarme y una vez que rebasaban mi coche me brindaban un extraño saludo consistente en mostrar el dedo corazón de la mano derecha a la vez que vociferaban ininteligibles, pero vehementes, palabras. Continué impasible mi camino hasta que llegó el crepúsculo. Nunca antes había visto uno, en el cine sí, pero en directo era la primera vez que lo veía. No le encontré ninguna gracia y me resultó muy molesto, ya que no veía nada a causa del sol que me daba de lleno en los ojos. Tal vez el extravagante sea yo, pero ya me explicará alguien qué tiene de extraordinario contemplar algo tan molesto como es el paso del día a la noche y el cielo lleno de colores en tonos pastel; nada más de pensarlo me dan escalofríos.
Había perdido la cuenta del tiempo que llevaba al volante y no sabía cuánto me faltaba aún para llegar a mi destino. Consulté el mapa y según el plano ya estaba cerca, aunque no encontraba el acceso correspondiente por ninguna parte. Me habían graduado las gafas apenas hacía un mes, así que el problema no era la falta de vista. Examiné de nuevo el mapa y al levantar la cabeza descubrí, a dos metros de donde yo estaba, una señal que indicaba que a seis kilómetros de allí se encontraba Torre del Carpio, mi destino.
El firme se encontraba en perfecto estado, pero la carretera era estrecha y daba tantas vueltas y revueltas que tardé más de treinta minutos en recorrer los seis kilómetros que me separaban del pueblo. Según me acercaba, mi desconcierto se acrecentaba, pues la población no aparecía por ninguna parte, aunque en seguida comprendí por qué. La villa se encontraba en la hondonada de un valle y entré en ella de súbito al tomar una curva a la izquierda. En lo que parecía el centro -al menos donde se desarrollaba la actividad social del pueblo-, ya que la plaza mayor con la iglesia y el ayuntamiento se encontraban en otro sitio, había cuatro bares, uno de ellos también fonda, me dirigí a la recepción y pedí una habitación.
El pueblo estaba lleno de periodistas, cámaras y técnicos de televisión, pero al llegar yo todos recogían sus equipajes dispuestos a abandonar el lugar, pero aunque la noticia se hubiera trasladado a otro sitio, yo había sido enviado allí para hacer un trabajo y no me marcharía hasta que estuviera concluido.
(Continuará)

4 de junio de 2009

Crónicas de la nada (8)

8.-
Aquella mañana estaba muy ocupada, así que –fueron sus palabras- preparaba el equipaje y me marchaba a realizar el trabajo que me encomendaba, o me despedía. La miré fijamente y en ese instante en un soplo de inspiración me iluminó y acabé por intuir la verdad. Lo que ella pretendía era deshacerse de mí de forma definitiva, puesto que yo le traía recuerdos, precisamente ese tipo de recuerdos que siempre queremos olvidar si notamos que no somos como soñábamos y que nunca conseguiremos serlo.
Ella estaba convencida de que no sería capaz de realizar el trabajo con eficacia, pero ahí era donde se equivocaba, porque estaba dispuesto a recoger el guante que me lanzaba, aceptar su reto y demostrarle que ya había dejado de ser el bruto que ella había conocido hacía toda una eternidad y que sería capaz de escribir sobre cualquier materia tan bien como lo hacía sobre deportes.
Mientras pensaba en todo lo anterior cogí el diario y me entretuve en releer la noticia motivo de aquella controversia; al fin me levanté y le dije: “Está bien, no te preocupes, yo me encargaré de este asunto”. Y en aquél instante sucedió. Una descarga sacudió mi cabeza y me hizo ver cuerpos de inocentes tirados en el suelo retorciéndose por el dolor; voces secretas me llamaban con insistencia y era tan poderosa la fuerza que me atraía hacia aquel lejano y desconocido lugar que me levanté dispuesto a cumplir la misión que se me encomendaba.
Si me daba prisa aún estaría de regreso el miércoles por la noche para ver el partido de la Liga de Campeones. Llegué a casa y lo primero que pensé fue que tenía que ubicar la población que tenía que visitar, pero antes debía encontrar un mapa. Recordé que poco antes de mi boda compré un plano de carreteras para planear el viaje de novios, así que estaría en alguna parte.
Revisé una y otra vez los sitios donde se suelen guardar ese tipo de objetos y no di con su paradero, por lo que tendría que salir a la calle y comprar uno nuevo. Por la hora que era estaban a punto de cerrar las tiendas, así que tenía que correr si quería encontrar abierta alguna, pero al bajar corriendo las escaleras me caí; no me hice mucho daño, aunque la rodilla derecha tomó una proporción del doble de lo normal, el codo izquierdo estaba en carne viva y de la nariz me salía abundante sangre que me manchó una camisa comprada el día anterior en una de las tiendas más caras y exclusivas de la ciudad.
En la primera papelería en la que entré no me conocían y pensaron que pretendía atracarlos y tal como entré volví a salir; lo último que oí fueron voces que llamaban a la policía. Entré en la librería de la que soy cliente; allí se empeñaron en llevarme a urgencias y tuve que acceder, no sin antes insistir en que me dieran el mapa de carreteras más completo que tuvieran. Aparte del insoportable dolor que sentía en la cabeza y en la rodilla, el médico me dijo que no era grave lo que tenía y que podía continuar con mi actividad habitual sin preocuparme de nada.
(Continuará)

3 de mayo de 2009

Crónicas de la nada (7)

Crónica primera

7.-
Lo que más molestó a mi esposa fue que los interrumpiera justo cuando ella estaba a punto de alcanzar el orgasmo, pero en aquel momento no supe si la prodigiosa transformación de un ser humano en leona, arpía y serpiente que se produjo dentro de aquella habitación se debía a que los había sorprendido, a la rotura del jarrón, o a que lo había puesto todo perdido de sangre. Aún me quedaba un poco de consciencia para comprender que necesitaba que me trasladaran a un hospital y era lo que suponía que harían, pero en vez de llamar a una ambulancia, la persona que hasta entonces había compartido su vida conmigo, la emprendió a golpes contra mi cabeza con lo primero que encontró a mano -afortunadamente fue su bolso casi vacío-, por lo que las lesiones que me ocasionó fueron insignificantes. El amante de mi mujer tenía menos que perder y tuvo la suficiente lucidez para descolgar el teléfono y llamar a urgencias.
Lo siguiente que supe de ella fue a través de su abogado; me visitó en el hospital y me informó de que un juez nos había concedido el divorcio. A mi mujer no le apetecía tener que verme cada día, por lo que debería renunciar a mi puesto de trabajo, pero me mostré inflexible y le hice saber al abogado que me encontraba al corriente de una visita a cierta clínica de interrupción voluntaria del embarazo y que si fuera necesario informaría de ello a la familia conservadora y ultracatólica de mi reciente exmujer, y seguro que a ninguno de sus miembros le parecería bien. No pretendía chantajearla, pero el problema estaba muy claro: ellos o yo. Consintieron en que permaneciera en el periódico, siempre que mi turno no coincidiera con el de ella; luego al cabo de medio año me reclamó a su lado, supongo que para humillarme y para demostrarme el poder que tenía sobre mí, pero llegados a aquél punto ya me daba todo igual.
(Continuará)

14 de abril de 2009

Crónicas de la nada (6)

Crónica primera
6.-
Es curioso de qué forma descubrimos la verdad; el más interesado es siempre el último en enterarse y casi siempre de manera accidental. Una tarde se celebraba un partido de polo y, aunque siempre me ha parecido un deporte ridículo donde quien en realidad se ejercita es el caballo, debía cumplir con mi obligación y mantener informados a los amantes de dicho deporte. El encuentro se tuvo que suspender porque un equipo solamente llevaba caballos y el otro yeguas y se organizó tal zarabanda que aquello estuvo a punto de terminar en orgía equina. Regresé a la oficina para redactar mi artículo sobre el bochornoso espectáculo que acababa de presenciar y el que tuve ocasión de contemplar no fue menos vergonzante. Mi mujer copulaba en su despacho con un becario. No dije nada, no monté ningún escándalo ni intenté matarlos para vengar mi honor; di media vuelta y, sin hacer ruido salí de allí y me marché sin que me vieran.
No fue la última vez que presencié tal espectáculo, pero no para espiarlos, sino para comprobar si se trataba de una casualidad o de una actividad habitual. Llegaba a la oficina y tal como entraba salía, sin hacer ningún ruido, hasta que sucedió lo inevitable. Yo hubiera preferido que todo siguiera como hasta entonces, pero he de añadir en mi descargo que si sucedió lo irremediable fue porque se originó un cambio de ubicación en sus encuentros eróticos, ya que un día los encontré encima de mi propio sofá. Intenté regresar a la calle, pero al dar media vuelta para ganar la puerta, me enredé entre la ropa interior de mi mujer, perdí el equilibrio, caí sobre una mesita y sólo pude agarrarme a un jarrón chino de la dinastía min, chin, chan (o lo que fuera), que nos había regalado una tía suya. El ruido y el estropicio fueron apoteósicos; el trozo más grande del cacharro no mediría más de un centímetro cuadrado y ya me parece mucho, una de mis muñecas sangraba y yo permanecía tumbado en el suelo medio inconsciente.
(Continuará)

2 de abril de 2009

Crónicas de la nada (5)

Crónica primera
5.-
Durante mi larga convalecencia me dediqué a leer con más atención de la habitual las crónicas que hacían referencia a los partidos de fútbol. Descubrí que, se tratara del diario que fuera, todas tenían exactamente la misma estructura y utilizaban idénticas palabras, sólo cambiaba el nombre de los jugadores y de los lances concretos que se producían dentro del terreno de juego. No me pareció difícil hacer lo mismo que ellos, y, en cualquier caso, siempre estaría mi mujer cerca de mí para ayudarme; al final acepté la propuesta.
Éramos muy felices y formábamos una pareja ideal; tal vez ese fue mi principal fallo y no sé cómo no recordé lo que siempre me decía mi difunto padre: “Desconfía de quien te diga que te quiere (o que nunca antes ha sido tan feliz como es ahora contigo) más de tres veces al día, durante dos semanas seguidas, porque no tardará en traicionarte, si no lo ha hecho ya”.
Mi suegro murió de un infarto en su despacho. Lo curioso es que a nadie le llamó la atención que el hombre tuviera los pantalones bajados y su secretaria se encontrara desnuda. Supongo que fue una simple casualidad, pero con la desaparición del prohombre empezaron los problemas conyugales. Mi esposa pasó a ocupar el cargo de redactora jefa, y no la nombraron directora porque su hermano, cinco años mayor que ella, llevaba más tiempo como empleado en el periódico.
Siempre estaba ocupada y apenas nos veíamos en casa. En la redacción permanecíamos juntos todo el día, pero ella era la jefa y yo un simple empleado, por lo que debíamos guardar las formas. Mi jornada laboral era corta, salvo los días en que se jugaba algún partido; si este era el caso me desplazaba, acompañado por un fotógrafo, hasta el campo de fútbol correspondiente y cubría la información de manera impecable. Por regla general volvía temprano a casa y esperaba a mi esposa con la mesa puesta y la cena fría, que siempre acababa por tirar al cubo de la basura. Que fuera comida congelada que preparaba en el microondas, o que pedía por teléfono, no restaba mérito a mis intenciones. ¿Y a qué se debía su tardanza? Siempre había una excusa. Un día se trataba de una reunión del consejo de administración, otro de una entrevista a un personaje inesperado, al día siguiente un retraso en el cierre de edición…
(Continuará)

22 de marzo de 2009

Crónicas de la nada (4)

Crónica primera
4.-
Convertirnos en amantes fue lo lógico dadas las circunstancias; mi magnetismo personal fue determinante para que ella se me entregara, mi apostura y mi natural simpatía hicieron el resto, aunque varias botellas de un vino excelente ayudaron a que, la primera noche que la invité a cenar en mi casa, acabáramos desnudos encima de la alfombra. Un año después nos casamos aunque a mí el matrimonio nunca me parecía un estado deseable, pero ella quedó embarazada. Ser padre soltero no me importaba, pero ella decía que, por su posición social y por su familia, no podía dar ningún escándalo.
Lo siguiente que recuerdo es verme vestido de rigurosa gala al pie del altar mayor de la catedral ante el señor Arzobispo. El templo estaba abarrotado de invitados, de los que me correspondían diez o doce -tal vez algunos más- y el resto (tres o cuatro mil), familiares, amigos y conocidos de mi futura esposa.
El embarazo no tuvo un final feliz. A las tres semanas de casados mi mujer regresó un día a casa diciéndome que había perdido al niño; a mí me extrañó aquel desenlace, porque la semana anterior el ginecólogo nos había informado de que no existía ninguna complicación y que todo se desarrollaba de forma satisfactoria. Por casualidad encontré dentro de su bolso una nota con la dirección de un sanatorio; intrigado por lo que pudiera significar aquello, llamé al número telefónico que figuraba en el papel y al instante lo entendí todo, ya que se trataba de una clínica de interrupción voluntaria del embarazo.
Lo que ocurrió después, quien no lo recuerde, puede consultarlo en cualquier periódico o revista de hace dos años. Me disponía a rematar una falta en un partido, cuando uno de los defensas del equipo contrario confundió mi rodilla con el balón y me propinó tal patada que -para recomponerla- tuvieron que operarme tres veces. Un año después volví a caminar sin dificultad, pero me quedó una ligera y seductora cojera y ya no pude volver a jugar al fútbol.
Mi suegro me ofreció un puesto de trabajo como coordinador de la sección deportiva en su periódico. La propuesta me pareció descabellada, porque yo era un buen jugador de fútbol, conocía a la perfección todo lo referente al balompié, pero de ahí a escribir sobre deportes había una distancia que a mí me sería muy difícil de salvar. Nunca había destacado por mi capacidad intelectual, y, en cuanto a escritura, lo más que llegaba era a transcribir correctamente mi nombre y poco más.
(Continuará)

5 de marzo de 2009

Crónicas de la nada (3)

Crónica primera

3.-
Pues no, no se trataba de eso, ya que al parecer había otro hecho mucho más importante. El miércoles comenzaba una conferencia de paz sobre Oriente Medio; dada la importancia del acontecimiento todos los redactores estarían muy ocupados, y, como además se había producido otra noticia de interés, yo tendría que trasladarme hasta un perdido pueblo para elaborar el correspondiente reportaje, puesto que era el único periodista que se encontraba disponible. ¿Y el partido? Pregunté. Me contestó que ella personalmente iría al estadio para cubrir la información, si fuera necesario.
¿Y qué era tan importante? Cogí el papel que me mostraba y leí.


La Voz del Tópico.
Diario independiente de la mañana

Suicidio ritual de 20 miembros de la secta Orden de la Iglesia Lunar.

Agencias. “Ni la moral, ni la perversión, ni la muerte existen, todo es pura ilusión”. La frase corresponde al testamento espiritual de una de las personas cuyos cadáveres fueron descubiertos ayer en un bosque cerca de Torre del Carpio, por un campesino. Las víctimas pertenecían a la secta conocida como Orden de la Iglesia Lunar, que hace un año propició la muerte de otros 40 de sus miembros. Los 20 cuerpos fueron encontrados carbonizados y dispuestos en círculo en lo que parece ser un suicidio ritual.
Muchos de los cadáveres presentaban impactos de bala en la cabeza, puñaladas en el resto del cuerpo y en el lugar había rastros de que se habían consumido drogas y narcóticos.
La noche escogida para este suicidio colectivo coincide con el solsticio de verano, es decir, la noche más corta del año.
Al parecer todos los niños que se encontraban en el lugar, de varias y diversas edades, habían sido violados antes de darles muerte y drogados previamente para que pudieran servir sin resistencia a los perversos juegos de aquellos degenerados.
Para diversos especialistas en sectas, estas actúan sobre los adeptos como “una droga psíquica”.
Un miembro de la comisión parlamentaria, que debe informar sobre las sectas, destaca que es difícil combatirlas y que se han infiltrado en altas instancias del Estado, de la Magistratura, del parlamento, entre los intelectuales, etc., añade que hay más de 300 sectas y que es urgente reforzar el arsenal jurídico para proteger a los ciudadanos contra las sectas.

----------------------------------------------------------------------------


No lo entendía. Se deshacía de su mejor redactor deportivo y lo enviaba a realizar un trabajo que estaba muy por debajo de sus posibilidades. Por si alguien aún no se ha enterado, hablo de mí mismo en tercera persona. No conseguía convencerla de lo insensato de su propuesta y ella insistía con un claro ultimátum, o aceptaba el encargo o pedía la cuenta en caja.
Es curioso cómo con el transcurrir de los años las relaciones entre las personas cambian de una forma tan radical. Al conocernos su forma de actuar, respecto a mí, era muy distinta. Ella era una joven reportera que acababa de salir de la universidad y yo, que jugaba de delantero centro en un equipo de primera división, era muy popular. La periodista inexperta necesitaba demostrarle a su jefe que servía para ese trabajo y que era capaz de ocuparse de la sección de deportes con la misma capacidad que un hombre.
La chica era ambiciosa y poseía ciertas cualidades, pero de deportes no tenía ni idea y no sabía si un balón de fútbol era redondo o cuadrado. Conocerme fue para ella providencial, porque dada mi posición pude enseñarle los fundamentos, los reglamentos, las tácticas, las palabras técnicas y las interioridades de un mundo tan apasionante como es el fútbol. Aprendió pronto y a los pocos meses ya había ascendido varios escalones en la redacción; que su padre fuera el editor del periódico para el que trabajaba carecía de importancia. Su primera gran entrevista me la realizó a mí y las siguientes a mis compañeros de equipo, con lo que su prestigio subió de golpe miles de enteros.

(Continuará)

21 de febrero de 2009

Crónicas de la nada (2)

Crónica primera

2.-

Los lunes me sentaba en una mesa de la cafetería de la que era cliente asiduo y, mientras saboreaba una taza de café, desplegaba el periódico e iniciaba su lectura por mi maravilloso artículo; después continuaba con el resto de la información deportiva. A las otras secciones del diario sólo les dedicaba una rápida ojeada, ya que un día tras otro publicaban lo mismo y con ver cualquier noticiario en televisión ya me consideraba bien informado sobre la actualidad.
Una vez disfrutado de aquel instante tan singular me dirigía hacia mi antiguo barrio y en el bar de siempre encontraba a los camaradas de antaño ociosos como cada día, saludaba a los conocidos y con aquella buena compañía consumía alimentos y bebidas con moderación, aunque al volver a casa por la noche la cabeza me daba vueltas y en el estómago tenía instalada una desagradable náusea.
Aquél día nada se desarrolló como debiera. Si algo me molesta es perder las buenas costumbres, cambiar los más arraigados hábitos, pero la casualidad nos juega a veces desagradables sorpresas. Después de abonar mi consumición con el dinero que llevaba suelto constaté que me había olvidado la cartera. Regresé a mi piso y, en ese instante, sonó el teléfono. Mi primera reacción fue desentenderme y hacer como que no lo oía, pero su insistencia me martilleaba en la cabeza con una tenacidad irritante. Con infinita aprensión descolgué el auricular y ahí comenzó el principio del resto de mi vida.
Pensé que se trataba de mi ex mujer, pero resultó ser mi jefa. No es que sus voces se parecieran y por eso las confundiera, es mucho más sencillo, ya que ambas personas son la misma mujer. Me había librado de su molesta presencia en el hogar, pero la tenía que soportar cada día laborable en la oficina.
Era mi jefa la que estaba al otro lado de la línea y me rogaba que fuera a la redacción porque debía hablar conmigo de una cuestión importante. No me extrañaba que necesitaran mi valiosa colaboración, porque ¿quién si no sería capaz de cubrir una importante noticia que sin duda se habría producido? Se trataría del traspaso millonario de algún jugador, del cese de un entrenador, o de la dimisión del presidente de un club.
Llegué a la redacción lo antes que pude, aunque a ella no le pareció suficiente por la mirada asesina que me dirigió. Me explicó rápidamente qué era lo que quería de mí, pero no entendí nada de lo que me decía. Parecía como si quisiera examinarme sobre los contenidos del periódico de toda la semana anterior, o como si pretendiera averiguar si leía el nuestro o los de la competencia. Me apresuré a tranquilizarla en ese punto, ya que sólo leía el nuestro.
-Puesto que has leído el diario -me dijo ella- ya estarás al corriente del importante acto que tendrá lugar dentro de unos pocos días.
Su sentido del humor era el mismo de siempre, ¿cómo no iba a estar al tanto, si ese era precisamente mi trabajo? Dentro de dos días se jugaría un trascendental partido de la Liga de Campeones entre el Barcelona y el Milán y yo, como era natural, tendría que cubrir la información.
(Continuará)

1 de febrero de 2009

Crónicas de la nada (1)

Crónica primera

1.-

La Voz del Tópico
Diario independiente de la mañana


Campeonato nacional de liga.
Real Madrid: 5
Barcelona: 0

Ramón García. Cinco tiros a puerta, cinco goles. Pese a que en el terreno de juego sólo se vio un equipo, los resultados no hicieron honor al desarrollo del partido. El Real Madrid bombeaba pelota tras pelota desde la banda derecha que siempre se estrellaban contra la férrea defensa barcelonista.
Nada más iniciarse el partido el colegiado señaló un penalti inexistente que supuso el primer gol de los locales, lo que propició que el equipo visitante se colocara más a la defensiva.
El árbitro contribuyó notablemente a que el resultado final no tuviera nada que ver con la calidad de los equipos en liza, pues cuando los visitantes iniciaban algún ataque señalaba faltas de dudosa justicia y en el minuto veintidós de la primera parte expulsó a dos jugadores del Barcelona…
--------------------------------------------------------------------
Me confortaba leer, como cada lunes por la mañana, el artículo que había escrito sobre el partido de fútbol, disputado el día anterior, por el equipo de mi ciudad. Lo que más me fascinaba era mi capacidad de síntesis, mi estilo, que sin falsa modestia podríamos llamar literario, y la objetividad que demostraba. Un buen periodista no debe realizar su trabajo desde el corazón, sino desde la razón, contándole al lector lo que de verdad sucedió en el terreno de juego.
Los lunes me levantaba más tarde que el resto de la semana y compraba el diario en el quiosco de la esquina (a pesar de que en la redacción, como es natural, estaba gratis a mi disposición); no me suponía un gasto excesivo y si no debía ir a trabajar, no veía por qué habría de desplazarme hasta la oficina para ahorrarme un dinero, que por otra parte me hubiera gastado en transporte.
Llevaba más de un año divorciado, pero no me acostumbraba a vivir solo, a pesar de que tenía sus ventajas, como disponer del lecho para mí solo, leer hasta bien entrada la madrugada, fumar en la cama o realizar cualquier otra actividad que me apeteciera sin que ella dijera: “¡Apaga la luz que ya es tarde!”.
Lo más duro no era esto, sino entrar en la cocina y no encontrar el desayuno dispuesto; podría prepararlo yo, pero aparte de que la nevera de mi cocina parecía la cámara frigorífica de un bar, ya que únicamente contenía cervezas, mis artes culinarias no hubieran merecido ningún premio gastronómico, por lo que siempre desayunaba fuera de casa.
Los lunes me sentaba en una mesa de la cafetería de la que era cliente asiduo, desplegaba el periódico e iniciaba su lectura por mi artículo; después continuaba con el resto de la información deportiva. A las otras secciones del diario sólo les dedicaba una rápida ojeada.
Una vez disfrutado de aquel instante tan singular me dirigía hacia mi antiguo barrio y en el bar de siempre encontraba a los amigos de infancia y de juventud y pasaba el día con ellos.
Aquél día nada se desarrolló como debiera. Si algo me molesta es perder las buenas costumbres, pero la casualidad nos juega a veces desagradables sorpresas. Después de abonar mi consumición con el dinero que llevaba suelto constaté que me había olvidado la cartera. Regresé a mi piso y, en ese instante, sonó el teléfono. Mi primera reacción fue desentenderme y hacer como que no lo oía, pero su insistencia me martilleaba en la cabeza con una tenacidad irritante. Con infinita aprensión descolgué el auricular y ahí comenzó el principio del resto de mi vida.
Pensé que se trataba de mi ex mujer, pero resultó ser mi jefa. No es que sus voces se parecieran y por eso las confundiera, es mucho más sencillo, ya que ambas personas son la misma mujer.
(Continuará)

23 de enero de 2009

8 de enero de 2009

¡Próximamente!

Quiero agradecer (otra vez) a los millones... miles... cientos... a las dos o tres personas que me seguís a través de este blog, la fidelidad que me habéis (de)mostrado. Estas líneas son para informaros de que a partir del mes de febrero publicaré una novela; lo comunico para que no os pille desprevenidos y busquéis con tiempo otros espacios más amenos.
Salud y hasta pronto.