Autor: Manel Martí
Tus manos, dos palomas blancas
sobrevolando los tendales de los patios,
trazaron sin rubor el arco más hermoso
jamás visto sobre el cielo más traidor.
Debajo, a escasos metros, bostezaba
perezoso el corazón de la ciudad.
Sobre dos gárgolas sinestras
se posaron ambas manos,
alas tersas, leves pasos,
arrancando cascabeles de sonrisas
a los monstruos investidos del más puro
estilo gótico civil.
En frente, desafiante, apareció el mercado.
Miré hacia arriba, antes de diluirme
entre tiesas puntillas, delantales impolutos
y pezones carmesí,
y de nuevo vi tus manos. Llovió en contrallanto
sobre el rostro del turista entusiasmado,
amparado en las lisonjas del más puro
modernismo mercantil.
Por fin volví al cosmopolitismo relativo de mi barrio.
Y te reconocí. Gocé del aleteo
y los arrullos de tus manos y tus labios.
Y a pesar de que Valencia esté tan lejos,
insisto en ello, yo te reconocí.