6. El robo
A pesar del accidente, había salido ileso. Intentó poner la moto en marcha sin conseguirlo y como se encontraba un poco alterado, consideró que lo mejor sería fumarse un cigarrillo, aunque hacía tres meses que había dejado de fumar. A unos metros de donde se encontraba había un quiosco y hacia allí se encaminó para comprar cigarrillos y cerillas. Mientras aguardaba a que le dieran el cambio vio cómo un chaval se ponía su casco, que había dejado encima del asiento, accionaba el pedal de arranque y salía a toda velocidad con su vehículo. Sin recoger el cambio de veinte euros que le había entregado al quiosquero, Ramón echó a correr sin conseguir alcanzar al ladrón; se detuvo, agotado por la carrera y sólo pudo contemplar cómo su moto desaparecía a lo lejos.
¿Qué más le podría suceder? Sólo sabía que llegaría tarde a la oficina, si es que conseguía llegar.
Por inercia empezó a caminar en dirección hacia donde había desaparecido la moto. Al doblar la esquina se detuvo, ya que allí, recostada en el suelo junto al bordillo, se encontraba su querida máquina. La levantó e intentó ponerla en funcionamiento, pero no lo logró y aunque lo consiguiera, ¿cómo podría circular con ella si también le habían robado el casco? Debía ser muy tarde, ya no merecía la pena ir a trabajar, pero, ¿qué excusa podría dar? Giró la cabeza a la derecha y se quedó pasmado, ya que se encontraba justo enfrente de la puerta del banco donde solía pasar, por un salario, todas las mañanas. Se vio reflejado en el cristal de la puerta, llevaba el pantalón y la chaqueta rotos, la corbata parecía un guiñapo, las manos sucias y la cara despellejada. A dos metros de él el director de la oficina lo observaba perplejo.
A pesar del accidente, había salido ileso. Intentó poner la moto en marcha sin conseguirlo y como se encontraba un poco alterado, consideró que lo mejor sería fumarse un cigarrillo, aunque hacía tres meses que había dejado de fumar. A unos metros de donde se encontraba había un quiosco y hacia allí se encaminó para comprar cigarrillos y cerillas. Mientras aguardaba a que le dieran el cambio vio cómo un chaval se ponía su casco, que había dejado encima del asiento, accionaba el pedal de arranque y salía a toda velocidad con su vehículo. Sin recoger el cambio de veinte euros que le había entregado al quiosquero, Ramón echó a correr sin conseguir alcanzar al ladrón; se detuvo, agotado por la carrera y sólo pudo contemplar cómo su moto desaparecía a lo lejos.
¿Qué más le podría suceder? Sólo sabía que llegaría tarde a la oficina, si es que conseguía llegar.
Por inercia empezó a caminar en dirección hacia donde había desaparecido la moto. Al doblar la esquina se detuvo, ya que allí, recostada en el suelo junto al bordillo, se encontraba su querida máquina. La levantó e intentó ponerla en funcionamiento, pero no lo logró y aunque lo consiguiera, ¿cómo podría circular con ella si también le habían robado el casco? Debía ser muy tarde, ya no merecía la pena ir a trabajar, pero, ¿qué excusa podría dar? Giró la cabeza a la derecha y se quedó pasmado, ya que se encontraba justo enfrente de la puerta del banco donde solía pasar, por un salario, todas las mañanas. Se vio reflejado en el cristal de la puerta, llevaba el pantalón y la chaqueta rotos, la corbata parecía un guiñapo, las manos sucias y la cara despellejada. A dos metros de él el director de la oficina lo observaba perplejo.
(Continuará)
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