21 de noviembre de 2007

Un día cualquiera (3)


3. Tres pequeñeces

Ya olvidado el contratiempo de la cama y después de desayunar en compañía del resto de la familia, Ramón salió al rellano para tomar el ascensor y bajar los siete pisos que lo separaban de la planta baja. No les damos importancia a los elevadores; apretamos el botón, esperamos a que lleguen, nos introducimos en ellos y mientras realizamos el viaje miramos abstraídos al techo o al cuadro de mandos. No pensamos que tienen una memoria, una inteligencia o que al menos están gobernados por un ser inteligente. Cuando más prisa tenemos más tiempo tardan en llegar hasta donde nos encontramos; si nosotros vamos hacia abajo, él primero va hacia arriba o viceversa y siempre realiza el trayecto con una lentitud irritante.
Ramón vio que la luz del botón estaba encendida, por lo que esperó unos segundos; la luz se apagó para indicar que el ascensor podía utilizarse y él alargó la mano, pero la luz volvió a encenderse. Al cabo de unos segundos se apagó de nuevo y Ramón por fin pudo pulsar el botoncito de llamada. Oía el ruido del ascensor que se acercaba, pero al llegar a su planta continuó su camino ascendente. Ramón estaba ya un poco impaciente; descansaba sobre el pie izquierdo, seguidamente cambiaba el peso del cuerpo al pie derecho; cruzaba los brazos y seguidamente los descruzaba; metía las manos en los bolsillos del pantalón y volvía a sacarlas instantes después.
La luz se apagó de nuevo. Ramón se precipitó y apretó el botón; al poco rato llegó el ansiado aparato hasta el séptimo piso y se detuvo, se abrió la puerta y él se introdujo veloz, en el artilugio. Una vez dentro del ascensor Ramón pulsó el botón correspondiente para ir a la planta baja; se cerraron las puertas, el ascensor se puso en movimiento, pero en vez de bajar fue hacia arriba, hasta llegar al último piso, donde se abrió la puerta, aunque con toda celeridad volvió a cerrarse de nuevo. Al cabo de unos segundos, que a Ramón le parecieron una eternidad, el ascensor se pudo en movimiento y comenzó a bajar, aunque realizó una parada en todas y cada una de las distintas plantas del edificio, hasta llegar al bajo. Se abrió la puerta y Ramón se dispuso a salir, pero la portezuela se cerró al instante y el ascensor subió de nuevo. Unos segundos después bajó otra vez, se abrió la puerta y Ramón salió a la carrera de tan voluble y caprichoso artefacto.
Muy nervioso por el percance del ascensor, Ramón salió del portal y se dirigió al quiosco de la esquina, cogió el periódico, le pagó al quiosquero, lo desplegó y empezó a caminar. Las páginas del centro cayeron al suelo, Ramón se agachó, las recogió y las colocó en su sitio. Intentó continuar con la lectura, pero era una operación imposible, ya que había puesto las páginas del revés y Ramón reanudó su trayecto mientras procuraba colocarlas en el orden adecuado.
Una señora con una escoba amontonaba en un punto del suelo la basura que había barrido de la acera; Ramón pasó por encima del montón sin darse cuenta y lo esparció casi por completo. La señora levantó la escoba en el aire muy enfadada.
- ¡Oiga joven!
Ramón aturdido se dio la vuelta para mirar a la señora; no se había enterado absolutamente de nada, pero al verla tan alterada apretó el paso y se apresuró para alejarse de allí cuanto antes.
(Continuará)

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