25 de noviembre de 2007

Un día cualquiera (4)

4. Un piscolabis

Miró la hora en su reloj y constató que le quedaba el tiempo justo para llegar al trabajo, aunque se dijo que un café le sentaría bien. Entró en un bar que estaba abarrotado de clientes sentados en las mesas y acodados o instalados en taburetes en la barra. Consiguió un espacio muy pequeño enfrente de la cafetera y se dispuso a esperar a que se le acercara el camarero que se encontraba muy atareado, ya que hacía cafés y los colocaba en la barra, sacaba botellas de las cámaras frigoríficas y servía raciones de tortilla, calamares, etc., y aunque intentó decirlo que quería un café, no parecía disponer de un sólo segundo libre para dedicarle.
Un señor de casi dos metros de altura y ciento y pico kilos de peso se acercó a la barra y con un codo consiguió instalarse en el hueco que ocupaba Ramón.
- Disculpe.
No sabía cómo reaccionar, si decirle algo al señor o no. Mientras pensaba en esto, el citado señor llamó al encargado de la barra, este se le acercó y le pidió un café con leche que al momento le fue servido. Ramón intentó llamar la atención del camarero, pero la voluminosidad del señor que tenía delante no se lo permitía. Vio otro pequeño hueco en la otra punta de la barra, se dirigió allí, pero antes de llegar una señora se le adelantó y lo ocupó antes que él. Poco a poco la gente que abarrotaba el local comenzó a desfilar hasta la calle y el bar quedó casi vacío, Ramón se sentó en un taburete y por fin se le aproximó el mozo del bar.
- ¿Qué va a ser?
Ramón lo miró unos instantes mientras reflexionaba: “Ahora es el momento de mostrar todo mi enojo, de protestar ante esta falta de atención, de...
- No, nada, muchas gracias- Contestó de la forma más cortés que pudo.
(Continuará)

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