2. El principio
Aquella mañana le costó trabajo levantarse, aunque más bien habría que enfocar la cuestión desde otro punto de vista. Sonó el despertador como cada mañana a las siete en punto, pero al contrario de lo que hacía siempre, es decir: levantarse, alargó la mano, paró la alarma, se dio media vuelta y se durmió de nuevo.
Su padre extrañado por tan inusual comportamiento entró en la habitación, le rozó el hombro y lo llamó quedamente. No se produjo ninguna reacción, por lo que lo sacudió con más energía, aunque el resultado fue exactamente el mismo. Alarmado salió de la habitación y fue hasta la cocina donde su mujer preparaba el desayuno. Después de escuchar la narración de los hechos, la madre de Ramón entró en el cuarto, encendió la luz, llamó a su hijo, lo tocó en el hombro, al principio ligeramente y después con un poco más de energía. Ante la falta de respuesta la mujer observó un instante la respiración de su hijo, comprobó que no tenía fiebre y, como el reconocimiento efectuado le indicó que no estaba enfermo, asió con las dos manos el colchón y tiró hacia arriba con fuerza, con lo que Ramón rodó por el suelo. Su madre sólo comentó más tarde: ¡A grandes males, grandes remedios!
Aquella mañana le costó trabajo levantarse, aunque más bien habría que enfocar la cuestión desde otro punto de vista. Sonó el despertador como cada mañana a las siete en punto, pero al contrario de lo que hacía siempre, es decir: levantarse, alargó la mano, paró la alarma, se dio media vuelta y se durmió de nuevo.
Su padre extrañado por tan inusual comportamiento entró en la habitación, le rozó el hombro y lo llamó quedamente. No se produjo ninguna reacción, por lo que lo sacudió con más energía, aunque el resultado fue exactamente el mismo. Alarmado salió de la habitación y fue hasta la cocina donde su mujer preparaba el desayuno. Después de escuchar la narración de los hechos, la madre de Ramón entró en el cuarto, encendió la luz, llamó a su hijo, lo tocó en el hombro, al principio ligeramente y después con un poco más de energía. Ante la falta de respuesta la mujer observó un instante la respiración de su hijo, comprobó que no tenía fiebre y, como el reconocimiento efectuado le indicó que no estaba enfermo, asió con las dos manos el colchón y tiró hacia arriba con fuerza, con lo que Ramón rodó por el suelo. Su madre sólo comentó más tarde: ¡A grandes males, grandes remedios!
(Continuará)
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