6 de noviembre de 2007

Un día cualquiera (1)

1. Nada especial

Algunos días, por su desarrollo, resultan especialmente representativos de la poca consideración que con nosotros tiene el destino, el cosmos, un ser superior, o lo que sea que exista por encima de nosotros. Debe ser por una determinada conjunción de estrellas, planetas, satélites o yo qué sé, expertos sabrán y quieran explicar esto. En todo caso si pudiéramos prever lo que se nos avecina no saldríamos de la cama, aunque si nos quedáramos en ella todo el día, se caería la lámpara de la habitación encima de nosotros, se rompería una pata de la cama o sucedería cualquier otro acontecimiento desgraciado.
Ramón era un individuo al que podríamos calificar de normal, incluso la vida que llevaba resultaba monótona y aburrida. Vivía en casa de sus padres a pesar (o precisamente por ello) de sobrepasar ya la treintena y cada mañana se levantaba a la misma hora para ir a su trabajo, del que en diez años no había faltado ni una sola vez.
Hasta entonces no puede citarse un solo hecho desgraciado en su vida. Contaba con el cariño de sus padres, el aprecio de sus jefes, compañeros y amigos y el amor de su novia, con la que sin duda antes o después se casaría.
Pero aquella funesta jornada marcó un antes y un después y la recordará con especial aprensión; el sólo hecho de pensar en ella le producirá escalofríos y unas ganas locas de deshacerse, desaparecer, no ser. Sin duda hay un mal día destinado para cada uno de nosotros escondido por ahí, a la espera de encontrar el momento oportuno para saltar sobre nosotros y hacernos pedazos, sin que podamos hacer nada por evitarlo, salvo desear que no nos alcance nunca y rezar, si es que somos creyentes.
(Continuará)

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