29 de noviembre de 2007

Un día cualquiera (5)

5. El viaje

Aunque Ramón apenas se acordaba de todo lo que le había ocurrido aquella misma mañana, mientras quitaba en el garage la cadena que trababa su motocicleta notaba cómo le temblaba ligeramente la mano. Suspiró con fuerza, se colocó el casco en la cabeza, puso la máquina en marcha y enfiló la rampa de salida; se detuvo en la puerta y comprobó que tenía vía libre, por lo que aceleró para continuar su camino. Una señora circulaba a la carrera por la acera, se cruzó en la trayectoria de la motocicleta de Ramón y éste tuvo el tiempo justo para frenar a escasos centímetros de la mujer; no sucedió nada que se tuviera que lamentar y Ramón accedió sin más problemas a la calzada.
No es suficiente con que uno sea sensato y cumpla con sus obligaciones, ya que basta con que haya un irresponsable suelto para que se produzca la catástrofe. Sin duda hay conductores que son un peligro público, a los que se les debería prohibir conducir un vehículo (aunque también es cierto que a ciertos peatones también se les debería prohibir transitar por la vía pública).
Ramón circulaba tranquilamente con su motocicleta a una velocidad adecuada; el semáforo de la siguiente esquina estaba en verde y él continuó su marcha, pero un automóvil se saltó el semáforo en rofo por su izquierda. Ramón frenó de golpe, la moto patinó y rodó por el suelo. Un coche que venía por detrás de Ramón frenó en seco y el de más atrás igual, pero no pudo evitar colisionar con el primero, al tiempo que el causante de la catástrofe desaparecía por la siguiente esquina. Ramón se levantó del suelo, comprobó que estaba ileso, cogió su moto, la aparcó junto a la acera, se quitó el casco y se sentó en el bordillo. En medio de la calle los conductores de los vehículos siniestrados discutían sobre quién de los dos tenía la culpa.
(Continuará)

25 de noviembre de 2007

Un día cualquiera (4)

4. Un piscolabis

Miró la hora en su reloj y constató que le quedaba el tiempo justo para llegar al trabajo, aunque se dijo que un café le sentaría bien. Entró en un bar que estaba abarrotado de clientes sentados en las mesas y acodados o instalados en taburetes en la barra. Consiguió un espacio muy pequeño enfrente de la cafetera y se dispuso a esperar a que se le acercara el camarero que se encontraba muy atareado, ya que hacía cafés y los colocaba en la barra, sacaba botellas de las cámaras frigoríficas y servía raciones de tortilla, calamares, etc., y aunque intentó decirlo que quería un café, no parecía disponer de un sólo segundo libre para dedicarle.
Un señor de casi dos metros de altura y ciento y pico kilos de peso se acercó a la barra y con un codo consiguió instalarse en el hueco que ocupaba Ramón.
- Disculpe.
No sabía cómo reaccionar, si decirle algo al señor o no. Mientras pensaba en esto, el citado señor llamó al encargado de la barra, este se le acercó y le pidió un café con leche que al momento le fue servido. Ramón intentó llamar la atención del camarero, pero la voluminosidad del señor que tenía delante no se lo permitía. Vio otro pequeño hueco en la otra punta de la barra, se dirigió allí, pero antes de llegar una señora se le adelantó y lo ocupó antes que él. Poco a poco la gente que abarrotaba el local comenzó a desfilar hasta la calle y el bar quedó casi vacío, Ramón se sentó en un taburete y por fin se le aproximó el mozo del bar.
- ¿Qué va a ser?
Ramón lo miró unos instantes mientras reflexionaba: “Ahora es el momento de mostrar todo mi enojo, de protestar ante esta falta de atención, de...
- No, nada, muchas gracias- Contestó de la forma más cortés que pudo.
(Continuará)

21 de noviembre de 2007

Un día cualquiera (3)


3. Tres pequeñeces

Ya olvidado el contratiempo de la cama y después de desayunar en compañía del resto de la familia, Ramón salió al rellano para tomar el ascensor y bajar los siete pisos que lo separaban de la planta baja. No les damos importancia a los elevadores; apretamos el botón, esperamos a que lleguen, nos introducimos en ellos y mientras realizamos el viaje miramos abstraídos al techo o al cuadro de mandos. No pensamos que tienen una memoria, una inteligencia o que al menos están gobernados por un ser inteligente. Cuando más prisa tenemos más tiempo tardan en llegar hasta donde nos encontramos; si nosotros vamos hacia abajo, él primero va hacia arriba o viceversa y siempre realiza el trayecto con una lentitud irritante.
Ramón vio que la luz del botón estaba encendida, por lo que esperó unos segundos; la luz se apagó para indicar que el ascensor podía utilizarse y él alargó la mano, pero la luz volvió a encenderse. Al cabo de unos segundos se apagó de nuevo y Ramón por fin pudo pulsar el botoncito de llamada. Oía el ruido del ascensor que se acercaba, pero al llegar a su planta continuó su camino ascendente. Ramón estaba ya un poco impaciente; descansaba sobre el pie izquierdo, seguidamente cambiaba el peso del cuerpo al pie derecho; cruzaba los brazos y seguidamente los descruzaba; metía las manos en los bolsillos del pantalón y volvía a sacarlas instantes después.
La luz se apagó de nuevo. Ramón se precipitó y apretó el botón; al poco rato llegó el ansiado aparato hasta el séptimo piso y se detuvo, se abrió la puerta y él se introdujo veloz, en el artilugio. Una vez dentro del ascensor Ramón pulsó el botón correspondiente para ir a la planta baja; se cerraron las puertas, el ascensor se puso en movimiento, pero en vez de bajar fue hacia arriba, hasta llegar al último piso, donde se abrió la puerta, aunque con toda celeridad volvió a cerrarse de nuevo. Al cabo de unos segundos, que a Ramón le parecieron una eternidad, el ascensor se pudo en movimiento y comenzó a bajar, aunque realizó una parada en todas y cada una de las distintas plantas del edificio, hasta llegar al bajo. Se abrió la puerta y Ramón se dispuso a salir, pero la portezuela se cerró al instante y el ascensor subió de nuevo. Unos segundos después bajó otra vez, se abrió la puerta y Ramón salió a la carrera de tan voluble y caprichoso artefacto.
Muy nervioso por el percance del ascensor, Ramón salió del portal y se dirigió al quiosco de la esquina, cogió el periódico, le pagó al quiosquero, lo desplegó y empezó a caminar. Las páginas del centro cayeron al suelo, Ramón se agachó, las recogió y las colocó en su sitio. Intentó continuar con la lectura, pero era una operación imposible, ya que había puesto las páginas del revés y Ramón reanudó su trayecto mientras procuraba colocarlas en el orden adecuado.
Una señora con una escoba amontonaba en un punto del suelo la basura que había barrido de la acera; Ramón pasó por encima del montón sin darse cuenta y lo esparció casi por completo. La señora levantó la escoba en el aire muy enfadada.
- ¡Oiga joven!
Ramón aturdido se dio la vuelta para mirar a la señora; no se había enterado absolutamente de nada, pero al verla tan alterada apretó el paso y se apresuró para alejarse de allí cuanto antes.
(Continuará)

16 de noviembre de 2007

Un día cualquiera (2)

2. El principio

Aquella mañana le costó trabajo levantarse, aunque más bien habría que enfocar la cuestión desde otro punto de vista. Sonó el despertador como cada mañana a las siete en punto, pero al contrario de lo que hacía siempre, es decir: levantarse, alargó la mano, paró la alarma, se dio media vuelta y se durmió de nuevo.
Su padre extrañado por tan inusual comportamiento entró en la habitación, le rozó el hombro y lo llamó quedamente. No se produjo ninguna reacción, por lo que lo sacudió con más energía, aunque el resultado fue exactamente el mismo. Alarmado salió de la habitación y fue hasta la cocina donde su mujer preparaba el desayuno. Después de escuchar la narración de los hechos, la madre de Ramón entró en el cuarto, encendió la luz, llamó a su hijo, lo tocó en el hombro, al principio ligeramente y después con un poco más de energía. Ante la falta de respuesta la mujer observó un instante la respiración de su hijo, comprobó que no tenía fiebre y, como el reconocimiento efectuado le indicó que no estaba enfermo, asió con las dos manos el colchón y tiró hacia arriba con fuerza, con lo que Ramón rodó por el suelo. Su madre sólo comentó más tarde: ¡A grandes males, grandes remedios!

(Continuará)

6 de noviembre de 2007

Un día cualquiera (1)

1. Nada especial

Algunos días, por su desarrollo, resultan especialmente representativos de la poca consideración que con nosotros tiene el destino, el cosmos, un ser superior, o lo que sea que exista por encima de nosotros. Debe ser por una determinada conjunción de estrellas, planetas, satélites o yo qué sé, expertos sabrán y quieran explicar esto. En todo caso si pudiéramos prever lo que se nos avecina no saldríamos de la cama, aunque si nos quedáramos en ella todo el día, se caería la lámpara de la habitación encima de nosotros, se rompería una pata de la cama o sucedería cualquier otro acontecimiento desgraciado.
Ramón era un individuo al que podríamos calificar de normal, incluso la vida que llevaba resultaba monótona y aburrida. Vivía en casa de sus padres a pesar (o precisamente por ello) de sobrepasar ya la treintena y cada mañana se levantaba a la misma hora para ir a su trabajo, del que en diez años no había faltado ni una sola vez.
Hasta entonces no puede citarse un solo hecho desgraciado en su vida. Contaba con el cariño de sus padres, el aprecio de sus jefes, compañeros y amigos y el amor de su novia, con la que sin duda antes o después se casaría.
Pero aquella funesta jornada marcó un antes y un después y la recordará con especial aprensión; el sólo hecho de pensar en ella le producirá escalofríos y unas ganas locas de deshacerse, desaparecer, no ser. Sin duda hay un mal día destinado para cada uno de nosotros escondido por ahí, a la espera de encontrar el momento oportuno para saltar sobre nosotros y hacernos pedazos, sin que podamos hacer nada por evitarlo, salvo desear que no nos alcance nunca y rezar, si es que somos creyentes.
(Continuará)