5. El viaje
Aunque Ramón apenas se acordaba de todo lo que le había ocurrido aquella misma mañana, mientras quitaba en el garage la cadena que trababa su motocicleta notaba cómo le temblaba ligeramente la mano. Suspiró con fuerza, se colocó el casco en la cabeza, puso la máquina en marcha y enfiló la rampa de salida; se detuvo en la puerta y comprobó que tenía vía libre, por lo que aceleró para continuar su camino. Una señora circulaba a la carrera por la acera, se cruzó en la trayectoria de la motocicleta de Ramón y éste tuvo el tiempo justo para frenar a escasos centímetros de la mujer; no sucedió nada que se tuviera que lamentar y Ramón accedió sin más problemas a la calzada.
No es suficiente con que uno sea sensato y cumpla con sus obligaciones, ya que basta con que haya un irresponsable suelto para que se produzca la catástrofe. Sin duda hay conductores que son un peligro público, a los que se les debería prohibir conducir un vehículo (aunque también es cierto que a ciertos peatones también se les debería prohibir transitar por la vía pública).
Ramón circulaba tranquilamente con su motocicleta a una velocidad adecuada; el semáforo de la siguiente esquina estaba en verde y él continuó su marcha, pero un automóvil se saltó el semáforo en rofo por su izquierda. Ramón frenó de golpe, la moto patinó y rodó por el suelo. Un coche que venía por detrás de Ramón frenó en seco y el de más atrás igual, pero no pudo evitar colisionar con el primero, al tiempo que el causante de la catástrofe desaparecía por la siguiente esquina. Ramón se levantó del suelo, comprobó que estaba ileso, cogió su moto, la aparcó junto a la acera, se quitó el casco y se sentó en el bordillo. En medio de la calle los conductores de los vehículos siniestrados discutían sobre quién de los dos tenía la culpa.
(Continuará)