III
¿Esa chica? ¿Cómo se llamará? Se pregunta Ramón García. María, se responde, porque hoy en día todas las chicas se llaman María. Aunque es posible que se llame Marta, o tal vez Isabel o Jessica o Jennifer...
¿Dónde trabajará? Y Ramón llega a la conclusión de que es dependienta en una zapatería, o cajera en un banco y cada mañana se dirige a su trabajo y allí atiende al público y se muestra cortés y amable. Vive con su madre anciana y es una hija modelo. Pero no, no es dependienta, ni cajera. Vive sola y no es amable ni cortés, sino huraña y perversa. Es la bruja que vive en la azotea de mi casa, piensa Ramón, y cada noche, oculta entre la niebla, se introduce en mi habitación, me roba las ilusiones que trenzo antes de adormecerme y me deja sin memoria ni deseos, sin recuerdos ni esperanzas.
Sí es ella, continúa Ramón, no cabe duda. Es ella porque la otra noche, después de sentir un vacío inmenso, me desperté y mi cuarto estaba lleno de una niebla espesa y viscosa. Me levanté, abrí la ventana para despejarla y allí estaba ella, en la calle y guardaba algo que no puede distinguir, pero sí adivinar, en esa enorme bolsa de viaje que siempre lleva consigo. Si me armara de valor, podría llegar hasta su asiento ahora que está dormida, coger la bolsa, abrirla y liberarme de tantas incertidumbres.
Ramón vence su miedo y se pone en pie. En el vagón no hay nadie más, sólo ellos dos. ¿Dónde ha bajado la gente que lo ocupaba antes? Ramón toma el bolso y lo abre y al instante todo lo que le falta y todo lo que sueña aparece ante sus ojos.
Continuará.
¿Esa chica? ¿Cómo se llamará? Se pregunta Ramón García. María, se responde, porque hoy en día todas las chicas se llaman María. Aunque es posible que se llame Marta, o tal vez Isabel o Jessica o Jennifer...
¿Dónde trabajará? Y Ramón llega a la conclusión de que es dependienta en una zapatería, o cajera en un banco y cada mañana se dirige a su trabajo y allí atiende al público y se muestra cortés y amable. Vive con su madre anciana y es una hija modelo. Pero no, no es dependienta, ni cajera. Vive sola y no es amable ni cortés, sino huraña y perversa. Es la bruja que vive en la azotea de mi casa, piensa Ramón, y cada noche, oculta entre la niebla, se introduce en mi habitación, me roba las ilusiones que trenzo antes de adormecerme y me deja sin memoria ni deseos, sin recuerdos ni esperanzas.
Sí es ella, continúa Ramón, no cabe duda. Es ella porque la otra noche, después de sentir un vacío inmenso, me desperté y mi cuarto estaba lleno de una niebla espesa y viscosa. Me levanté, abrí la ventana para despejarla y allí estaba ella, en la calle y guardaba algo que no puede distinguir, pero sí adivinar, en esa enorme bolsa de viaje que siempre lleva consigo. Si me armara de valor, podría llegar hasta su asiento ahora que está dormida, coger la bolsa, abrirla y liberarme de tantas incertidumbres.
Ramón vence su miedo y se pone en pie. En el vagón no hay nadie más, sólo ellos dos. ¿Dónde ha bajado la gente que lo ocupaba antes? Ramón toma el bolso y lo abre y al instante todo lo que le falta y todo lo que sueña aparece ante sus ojos.
Continuará.
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