30 de agosto de 2007

Ladrones de sueños (y 4)

IV

-Señores viajeros, próxima estación, Barcelona-Sants. Por favor, comprueben que no olvidan ningún objeto personal. Este tren tiene también parada en Paseo de Gracia y en la Estación de Francia.
Ramón García abre los ojos y mira a Celia que se despierta en ese instante y le devuelve la mirada. El tren se detiene en la estación y empiezan a descender los pasajeros. Ramón García fuerza una sonrisa, Celia intenta sonreír también, pero apenas consigue esbozar una mueca. Apresuradamente cada uno de ellos se dirige hacia las portezuelas opuestas del vagón y se pierden entre la multitud de viajeros y familiares que se encuentran en el andén.
¿Fin?

29 de agosto de 2007

Ladrones de sueños (3)

III

¿Esa chica? ¿Cómo se llamará? Se pregunta Ramón García. María, se responde, porque hoy en día todas las chicas se llaman María. Aunque es posible que se llame Marta, o tal vez Isabel o Jessica o Jennifer...
¿Dónde trabajará? Y Ramón llega a la conclusión de que es dependienta en una zapatería, o cajera en un banco y cada mañana se dirige a su trabajo y allí atiende al público y se muestra cortés y amable. Vive con su madre anciana y es una hija modelo. Pero no, no es dependienta, ni cajera. Vive sola y no es amable ni cortés, sino huraña y perversa. Es la bruja que vive en la azotea de mi casa, piensa Ramón, y cada noche, oculta entre la niebla, se introduce en mi habitación, me roba las ilusiones que trenzo antes de adormecerme y me deja sin memoria ni deseos, sin recuerdos ni esperanzas.
Sí es ella, continúa Ramón, no cabe duda. Es ella porque la otra noche, después de sentir un vacío inmenso, me desperté y mi cuarto estaba lleno de una niebla espesa y viscosa. Me levanté, abrí la ventana para despejarla y allí estaba ella, en la calle y guardaba algo que no puede distinguir, pero sí adivinar, en esa enorme bolsa de viaje que siempre lleva consigo. Si me armara de valor, podría llegar hasta su asiento ahora que está dormida, coger la bolsa, abrirla y liberarme de tantas incertidumbres.
Ramón vence su miedo y se pone en pie. En el vagón no hay nadie más, sólo ellos dos. ¿Dónde ha bajado la gente que lo ocupaba antes? Ramón toma el bolso y lo abre y al instante todo lo que le falta y todo lo que sueña aparece ante sus ojos.
Continuará.

27 de agosto de 2007

Ladrones de sueños (2)

II

¿Cómo se llamará? Se pregunta Celia y ella misma se contesta. Juan, tiene toda la pinta de llamarse Juan, o tal vez Antonio o puede que su nombre sea Luís o...
¿A qué se dedicará? Continúa preguntándose Celia. Será agente de seguros o tal vez visitador médico o representante de una empresa papelera y cada mañana se viste con su traje azul, se coloca un sombrero de fieltro y sale de casa para ir a la oficina. No, sombrero no lleva, porque hoy en día ya nadie lleva sombrero.
Una vez en la oficina, imagina Celia, consulta su agenda y después visita a sus clientes; hace sus negocios, con lo que gana dinero y alimenta y cuida a su familia, porque está casado y tiene dos, tres, cuatro o cinco hijos. Aunque creo que está soltero. Sí, está soltero, porque es un tipo antipático y odioso y no ha encontrado ninguna mujer que lo quiera.
¿Por qué no se ha enamorado nadie de él? Pero, ¡un momento! Su cara me resulta familiar. ¿Dónde lo he visto yo antes? Prosigue Celia con su monólogo. Sí, es él, no cabe duda y su traje no es azul, sino gris y sí lleva sombrero, de color gris, y su maletín también es gris y no trabaja como agente de seguros ni representante de papel ni nada de eso, porque es un ladrón.
Cada noche selecciona a una víctima al azar, se introduce en sus sueños y los roba, dejando sin recuerdos, sin ilusiones y sin esperanzas a quien ha tenido la desgracia de tropezarse con él.
A mí me faltan varios sueños, reconoce Celia. De inmediato no lo noté, pero al despertarme por la mañana sentí un gran vacío; era como si estuviera hueca y no conseguía recordar nada de lo que yo había sido y poco a poco me di cuenta de que me faltaba algo, como si me hubieran amputado un trozo de noche. Me asomé a la ventana y él pasaba en aquél momento por la calle oscura y solitaria con su traje gris, su maletín y su sombrero.
Ahora está dormido. Si me levanto y llego hasta donde se encuentra, podría apoderarme del maletín, abrirlo, recobrar lo que me pertenece y devolver los demás sueños a sus propietarios.
Después tendrá que devolver los sueños a sus respectivos dueños. Veamos, ¿cuál es el tuyo? ¡Ese! ¿Puedes demostrarlo? ¡Sí! Pues toma. ¡El siguiente!
Celia se pone en pie sin esfuerzo. Se siente leve, como si fuera niebla. El vagón está vacío, sólo lo ocupan ella y el ladrón de sueños. ¿Dónde bajaron los otros viajeros? Él duerme, o pretende que lo piense, para sorprenderme, transformarme en sueño y encerrarme en el maletín junto a los otros que allí guarda.
Consigue llegar hasta el maletín y al cogerlo le sorprende lo poco que pesa, oprime un pestillo del maletín y se abre, a continuación presiona el otro y sucede lo mismo. Ya está, piensa, ya lo tengo. Del maletín abierto sale una niebla azulada que invade el vagón. Seres deformes y grotescos se adueñan del compartimento y todos los colores de arco iris impactan sobre su retina. Parece que la gente tiene pocos sueños buenos, ya que allí sólo hay pesadillas. ¿Y los míos? Se pregunta Celia, ¿dónde están los retales de vida que me faltan?

Continuará.

26 de agosto de 2007

Ladrones de sueños (1)

I

A primeras horas de la mañana un sol mortecino y pajizo ilumina ligeramente la llanura. El frío se cuela por entre las ropas, entumece los músculos y cala los huesos; el calor que brinda el interior de la estación resulta un agradable contraste.
El servicio de megafonía anuncia puntualmente la entrada de los trenes en los andenes correspondientes y los pasajeros, resignados, abandonan la comodidad del vestíbulo.
-¡Ding, dong!... Tren Intercity procedente de Madrid-Chamartín con destino Barcelona, va a efectuar su entrada por vía tres, andén segundo; vía tres, andén segundo.
Celia se pone en pie y coge su bolsa de viaje; con la mano libre junta sobre su garganta el cuello del abrigo. Por el paso subterráneo accede al andén segundo y aguarda la llegada de su tren; la espera no es muy larga y a los pocos segundos el Tren Intercity, procedente de Madrid con destino Barcelona entra despacio en la estación, como un gigantesco gusano de hojalata.
Celia sube al tren y busca su asiento; cuando lo encuentra, coloca su maleta en el sitio reservado para los equipajes y se sienta, abre el periódico y empieza a leer. Al otro lado del pasillo, en el asiento correspondiente a la ventanilla, un individuo con el periódico caído en las rodillas duerme plácidamente. Celia lo observa un instante de reojo, después vuelve a su lectura.
Continuará