15 de diciembre de 2007

A los millones de...

Quiero agradecer a los millones de visitantes que ha tenido este blog, (tal vez debería decir miles, o quizás cientos, aunque lo más acertado sería decir dos o tres) la fidelidad que me habéis demostrado; por ello quiero informaros de los planes que tengo para este espacio en los próximos meses. Por ahora dejaré de editar textos literarios para centrarme exclusivamente en el tema audiovisual. La primera entrega, “Magdalena y Rosco se casan”, es el primer capítulo de una serie (cinco capítulos en total) de las aventuras de la pareja formada por Magdalena Biscuit y Rosco Gallétez.
“El largo viaje de los Galán” es la segunda propuesta. Se trata de una serie documental que recoge las andanzas de una compañía de teatro profesional, dividida en seis capítulos.
El mundo de la interpretación está lleno de lujo y glamur, pero ¿qué sucede cuando hay que realizar una larga gira, lejos de los circuitos habituales y con un espectáculo dirigido a un público escolar, no acostumbrado a asistir al teatro? El lujo se convierte en una ilusión, el glamur sólo es algo que vemos en las películas y en la televisión, las salas convencionales de teatro se transforman en una quimera y el público habitual en un sueño.

7 de diciembre de 2007

Un día cualquiera (y 7)

7. Sin novedad

Permaneció tres semanas sin salir de casa; la primera de ellas la pasó en la cama. El médico le concedió la baja laboral y, afortunadamente, poco a poco se fue recuperando, aunque a veces le venía a la mente alguna imagen concreta de su increíble aventura y entonces comenzaba a temblar.
El día que se reincorporó a su puesto de trabajo se levantó con cierta aprensión; dudaba si vestirse y salir a la calle o volver a la cama y dejar su vuelta a la vida activa para otro día. Todo salió bien, ya que no se rompió el ascensor, no le dio en la cabeza una teja ni una maceta, no lo atropelló un coche ni un autobús, ni lo raptó ninguna banda de delincuentes.
Llegó a la oficina sin novedad y de igual forma los días sucesivos y las siguientes semanas, hasta ahora. No le ha vuelto a suceder nada extraño, aunque a veces recuerda aquél día y un escalofrío recorre su cuerpo pues sabe que por ahí, en alguna parte, hay otro día aciago reservado para él.
Fin

2 de diciembre de 2007

Un día cualquiera (6)

6. El robo

A pesar del accidente, había salido ileso. Intentó poner la moto en marcha sin conseguirlo y como se encontraba un poco alterado, consideró que lo mejor sería fumarse un cigarrillo, aunque hacía tres meses que había dejado de fumar. A unos metros de donde se encontraba había un quiosco y hacia allí se encaminó para comprar cigarrillos y cerillas. Mientras aguardaba a que le dieran el cambio vio cómo un chaval se ponía su casco, que había dejado encima del asiento, accionaba el pedal de arranque y salía a toda velocidad con su vehículo. Sin recoger el cambio de veinte euros que le había entregado al quiosquero, Ramón echó a correr sin conseguir alcanzar al ladrón; se detuvo, agotado por la carrera y sólo pudo contemplar cómo su moto desaparecía a lo lejos.
¿Qué más le podría suceder? Sólo sabía que llegaría tarde a la oficina, si es que conseguía llegar.
Por inercia empezó a caminar en dirección hacia donde había desaparecido la moto. Al doblar la esquina se detuvo, ya que allí, recostada en el suelo junto al bordillo, se encontraba su querida máquina. La levantó e intentó ponerla en funcionamiento, pero no lo logró y aunque lo consiguiera, ¿cómo podría circular con ella si también le habían robado el casco? Debía ser muy tarde, ya no merecía la pena ir a trabajar, pero, ¿qué excusa podría dar? Giró la cabeza a la derecha y se quedó pasmado, ya que se encontraba justo enfrente de la puerta del banco donde solía pasar, por un salario, todas las mañanas. Se vio reflejado en el cristal de la puerta, llevaba el pantalón y la chaqueta rotos, la corbata parecía un guiñapo, las manos sucias y la cara despellejada. A dos metros de él el director de la oficina lo observaba perplejo.
(Continuará)

29 de noviembre de 2007

Un día cualquiera (5)

5. El viaje

Aunque Ramón apenas se acordaba de todo lo que le había ocurrido aquella misma mañana, mientras quitaba en el garage la cadena que trababa su motocicleta notaba cómo le temblaba ligeramente la mano. Suspiró con fuerza, se colocó el casco en la cabeza, puso la máquina en marcha y enfiló la rampa de salida; se detuvo en la puerta y comprobó que tenía vía libre, por lo que aceleró para continuar su camino. Una señora circulaba a la carrera por la acera, se cruzó en la trayectoria de la motocicleta de Ramón y éste tuvo el tiempo justo para frenar a escasos centímetros de la mujer; no sucedió nada que se tuviera que lamentar y Ramón accedió sin más problemas a la calzada.
No es suficiente con que uno sea sensato y cumpla con sus obligaciones, ya que basta con que haya un irresponsable suelto para que se produzca la catástrofe. Sin duda hay conductores que son un peligro público, a los que se les debería prohibir conducir un vehículo (aunque también es cierto que a ciertos peatones también se les debería prohibir transitar por la vía pública).
Ramón circulaba tranquilamente con su motocicleta a una velocidad adecuada; el semáforo de la siguiente esquina estaba en verde y él continuó su marcha, pero un automóvil se saltó el semáforo en rofo por su izquierda. Ramón frenó de golpe, la moto patinó y rodó por el suelo. Un coche que venía por detrás de Ramón frenó en seco y el de más atrás igual, pero no pudo evitar colisionar con el primero, al tiempo que el causante de la catástrofe desaparecía por la siguiente esquina. Ramón se levantó del suelo, comprobó que estaba ileso, cogió su moto, la aparcó junto a la acera, se quitó el casco y se sentó en el bordillo. En medio de la calle los conductores de los vehículos siniestrados discutían sobre quién de los dos tenía la culpa.
(Continuará)

25 de noviembre de 2007

Un día cualquiera (4)

4. Un piscolabis

Miró la hora en su reloj y constató que le quedaba el tiempo justo para llegar al trabajo, aunque se dijo que un café le sentaría bien. Entró en un bar que estaba abarrotado de clientes sentados en las mesas y acodados o instalados en taburetes en la barra. Consiguió un espacio muy pequeño enfrente de la cafetera y se dispuso a esperar a que se le acercara el camarero que se encontraba muy atareado, ya que hacía cafés y los colocaba en la barra, sacaba botellas de las cámaras frigoríficas y servía raciones de tortilla, calamares, etc., y aunque intentó decirlo que quería un café, no parecía disponer de un sólo segundo libre para dedicarle.
Un señor de casi dos metros de altura y ciento y pico kilos de peso se acercó a la barra y con un codo consiguió instalarse en el hueco que ocupaba Ramón.
- Disculpe.
No sabía cómo reaccionar, si decirle algo al señor o no. Mientras pensaba en esto, el citado señor llamó al encargado de la barra, este se le acercó y le pidió un café con leche que al momento le fue servido. Ramón intentó llamar la atención del camarero, pero la voluminosidad del señor que tenía delante no se lo permitía. Vio otro pequeño hueco en la otra punta de la barra, se dirigió allí, pero antes de llegar una señora se le adelantó y lo ocupó antes que él. Poco a poco la gente que abarrotaba el local comenzó a desfilar hasta la calle y el bar quedó casi vacío, Ramón se sentó en un taburete y por fin se le aproximó el mozo del bar.
- ¿Qué va a ser?
Ramón lo miró unos instantes mientras reflexionaba: “Ahora es el momento de mostrar todo mi enojo, de protestar ante esta falta de atención, de...
- No, nada, muchas gracias- Contestó de la forma más cortés que pudo.
(Continuará)

21 de noviembre de 2007

Un día cualquiera (3)


3. Tres pequeñeces

Ya olvidado el contratiempo de la cama y después de desayunar en compañía del resto de la familia, Ramón salió al rellano para tomar el ascensor y bajar los siete pisos que lo separaban de la planta baja. No les damos importancia a los elevadores; apretamos el botón, esperamos a que lleguen, nos introducimos en ellos y mientras realizamos el viaje miramos abstraídos al techo o al cuadro de mandos. No pensamos que tienen una memoria, una inteligencia o que al menos están gobernados por un ser inteligente. Cuando más prisa tenemos más tiempo tardan en llegar hasta donde nos encontramos; si nosotros vamos hacia abajo, él primero va hacia arriba o viceversa y siempre realiza el trayecto con una lentitud irritante.
Ramón vio que la luz del botón estaba encendida, por lo que esperó unos segundos; la luz se apagó para indicar que el ascensor podía utilizarse y él alargó la mano, pero la luz volvió a encenderse. Al cabo de unos segundos se apagó de nuevo y Ramón por fin pudo pulsar el botoncito de llamada. Oía el ruido del ascensor que se acercaba, pero al llegar a su planta continuó su camino ascendente. Ramón estaba ya un poco impaciente; descansaba sobre el pie izquierdo, seguidamente cambiaba el peso del cuerpo al pie derecho; cruzaba los brazos y seguidamente los descruzaba; metía las manos en los bolsillos del pantalón y volvía a sacarlas instantes después.
La luz se apagó de nuevo. Ramón se precipitó y apretó el botón; al poco rato llegó el ansiado aparato hasta el séptimo piso y se detuvo, se abrió la puerta y él se introdujo veloz, en el artilugio. Una vez dentro del ascensor Ramón pulsó el botón correspondiente para ir a la planta baja; se cerraron las puertas, el ascensor se puso en movimiento, pero en vez de bajar fue hacia arriba, hasta llegar al último piso, donde se abrió la puerta, aunque con toda celeridad volvió a cerrarse de nuevo. Al cabo de unos segundos, que a Ramón le parecieron una eternidad, el ascensor se pudo en movimiento y comenzó a bajar, aunque realizó una parada en todas y cada una de las distintas plantas del edificio, hasta llegar al bajo. Se abrió la puerta y Ramón se dispuso a salir, pero la portezuela se cerró al instante y el ascensor subió de nuevo. Unos segundos después bajó otra vez, se abrió la puerta y Ramón salió a la carrera de tan voluble y caprichoso artefacto.
Muy nervioso por el percance del ascensor, Ramón salió del portal y se dirigió al quiosco de la esquina, cogió el periódico, le pagó al quiosquero, lo desplegó y empezó a caminar. Las páginas del centro cayeron al suelo, Ramón se agachó, las recogió y las colocó en su sitio. Intentó continuar con la lectura, pero era una operación imposible, ya que había puesto las páginas del revés y Ramón reanudó su trayecto mientras procuraba colocarlas en el orden adecuado.
Una señora con una escoba amontonaba en un punto del suelo la basura que había barrido de la acera; Ramón pasó por encima del montón sin darse cuenta y lo esparció casi por completo. La señora levantó la escoba en el aire muy enfadada.
- ¡Oiga joven!
Ramón aturdido se dio la vuelta para mirar a la señora; no se había enterado absolutamente de nada, pero al verla tan alterada apretó el paso y se apresuró para alejarse de allí cuanto antes.
(Continuará)

16 de noviembre de 2007

Un día cualquiera (2)

2. El principio

Aquella mañana le costó trabajo levantarse, aunque más bien habría que enfocar la cuestión desde otro punto de vista. Sonó el despertador como cada mañana a las siete en punto, pero al contrario de lo que hacía siempre, es decir: levantarse, alargó la mano, paró la alarma, se dio media vuelta y se durmió de nuevo.
Su padre extrañado por tan inusual comportamiento entró en la habitación, le rozó el hombro y lo llamó quedamente. No se produjo ninguna reacción, por lo que lo sacudió con más energía, aunque el resultado fue exactamente el mismo. Alarmado salió de la habitación y fue hasta la cocina donde su mujer preparaba el desayuno. Después de escuchar la narración de los hechos, la madre de Ramón entró en el cuarto, encendió la luz, llamó a su hijo, lo tocó en el hombro, al principio ligeramente y después con un poco más de energía. Ante la falta de respuesta la mujer observó un instante la respiración de su hijo, comprobó que no tenía fiebre y, como el reconocimiento efectuado le indicó que no estaba enfermo, asió con las dos manos el colchón y tiró hacia arriba con fuerza, con lo que Ramón rodó por el suelo. Su madre sólo comentó más tarde: ¡A grandes males, grandes remedios!

(Continuará)

6 de noviembre de 2007

Un día cualquiera (1)

1. Nada especial

Algunos días, por su desarrollo, resultan especialmente representativos de la poca consideración que con nosotros tiene el destino, el cosmos, un ser superior, o lo que sea que exista por encima de nosotros. Debe ser por una determinada conjunción de estrellas, planetas, satélites o yo qué sé, expertos sabrán y quieran explicar esto. En todo caso si pudiéramos prever lo que se nos avecina no saldríamos de la cama, aunque si nos quedáramos en ella todo el día, se caería la lámpara de la habitación encima de nosotros, se rompería una pata de la cama o sucedería cualquier otro acontecimiento desgraciado.
Ramón era un individuo al que podríamos calificar de normal, incluso la vida que llevaba resultaba monótona y aburrida. Vivía en casa de sus padres a pesar (o precisamente por ello) de sobrepasar ya la treintena y cada mañana se levantaba a la misma hora para ir a su trabajo, del que en diez años no había faltado ni una sola vez.
Hasta entonces no puede citarse un solo hecho desgraciado en su vida. Contaba con el cariño de sus padres, el aprecio de sus jefes, compañeros y amigos y el amor de su novia, con la que sin duda antes o después se casaría.
Pero aquella funesta jornada marcó un antes y un después y la recordará con especial aprensión; el sólo hecho de pensar en ella le producirá escalofríos y unas ganas locas de deshacerse, desaparecer, no ser. Sin duda hay un mal día destinado para cada uno de nosotros escondido por ahí, a la espera de encontrar el momento oportuno para saltar sobre nosotros y hacernos pedazos, sin que podamos hacer nada por evitarlo, salvo desear que no nos alcance nunca y rezar, si es que somos creyentes.
(Continuará)

14 de octubre de 2007

La cámara fotográfica (y 5)

V
Todo estaba oscuro e intentó abrir los ojos sin conseguirlo. Se encontraba sentado en una silla, el camarero le daba aire con su propio periódico y cuatro o cinco parroquianos formaban corro a su alrededor.
-No os acerquéis tanto que le quitáis el aire.
-¿Qué le habrá pasado?
-Me parece que está borracho.
-Una linotipia, digo, una lipotimia, seguro.
A su mente llegaban sonidos; sabía que eran voces, pero no conseguía distinguir las palabras. Por fin abrió los ojos. Encima del mostrador el objetivo de la cámara fotográfica seguía mirándolo. El jovenzuelo que lo había despojado de su sitio habitual se aproximaba ahora a la barra, cogía la cámara con una mano y se marchaba tranquilamente con ella; él quiso decir algo pero no pudo, el mareo le sobrevino de nuevo y a su alrededor las buenas personas que lo socorrían no cesaban de parlotear como cotorras.
Fin

10 de octubre de 2007

La cámara fotográfica (4)


IV

Tenía claro que quería cambiar de vida, ¿pero a qué podría dedicarme, si no sabía hacer nada más que posar?
Y aquella pregunta martilleando constantemente mi mente. No es que tuviera relación con mis deseos de cambio, sólo que no conseguía quitármela de la cabeza.
Aquella mañana, antes de que empezara la sesión, ya me había decidido: cambiaría de profesión. Aguanté con paciencia la larga sesión de maquillaje y peluquería, procuré mostrarme animada, pero no conseguía relajarme. Intenté desarrollar mi trabajo lo mejor posible, de hecho creo que nadie notó nada y estuve magnífica, como siempre.
El problema se agravó cuando a la hora de la comida todos se fueron y nos quedamos solos el fotógrafo y yo para repetir unas instantáneas. No veía, sólo obedecía lo que él me decía.
Y mi mente ocupada con aquella pregunta. Y obsesionada con la respuesta.
-“¿Qué es lo que más odias en el mundo?”
-“La mentira”.
Qué cinismo, qué gran ironía; enmascarar lo que somos, renegar de las pequeñas y grandes mentiras que día tras día contamos,que al fin y al cabo son las que nos hacen ser más humanos. No es que tuviera esto relación con lo que en ese momento hacía, pero de pronto él dijo:
-Ahora pon cara de tontita.
¡Cara de tontita! Se me nubló la vista, cogí la cámara por el trípode y ya no sé qué hice después.
(Continuará)

1 de octubre de 2007

La cámara fotográfica (3)


III

-No lo entiendo. ¿Por qué lo haría? Ahora, que ya puede despedirse de todo esto; su carrera ha llegado al final, eso si no la meten en la cárcel. Aunque lo que más me duele es el pago que me ha dado a mí, que más que su jefa he sido como una madre para ella. Recuerdo la primera vez que la vi, fue aquí mismo, en mi despacho. Era una cría delgada, alta, sin personalidad, sólo tenía una bonita cara y yo hice de ella una estrella. Le enseñé a moverse, a mirar, a vestirse, a comportarse... Y no crea que es tan fácil llegar hasta donde ha llegado ella, porque todas esas jovencitas monas creen que es querer y ya está, y no es sólo eso, no señora, hay mucho más. Primero han de tener verdaderas ganas y luego una voluntad de hierro y renunciar a una serie de caprichos. Aquí no cabe el cuestionarse nada, sólo han de obedecer y dejar que nosotros las guiemos. Los resultados están a la vista, nuestras chicas son las más cotizadas del mercado y ella la que más arriba estaba y ahora ya ve usted, todo perdido.
Pero la verdad es que me duele y no como ha dicho alguien por ahí por el dinero que dejaremos de ganar sin ella, ya que por fortuna tenemos en nómina a muchas chicas casi tan buenas como ella, sino por lo inexplicable, por lo absurdo, por el sin sentido de semejante acción, No sé si conseguiremos superarlo, ya que en esta última semana hemos perdido mucho dinero, no puede ni imaginarselo y es lo que yo digo, ¿qué tenemos que ver nosotros, como empresa, con todo esto? Aunque, la verdad, no me extraña demasiado que se hay comportado de esa manera, porque era una chica muy rara, arisca, sobre todo en los dos últimos meses; no quería trabajar, no sonreía, siempre estaba pensativa, no se...
Continúa su interminable parloteo lleno de contradicciones. La reportera comienza a sentirse aturdida, quiere irse, pero el sopor que le produce la directora de la agencia de modelos impide que se ponga en pie, se despida y salga por la puerta.
(Continuará)

19 de septiembre de 2007

La cámara fotográfica (2)

II

"No estoy segura, pero creo que todo empezó el día en que me puse enferma y tuvimos que suspender aquella sesión. Nadie me dijo nada, pero yo sabía que me hacían responsable de que se hubiera perdido una gran cantidad de dinero. ¿Qué podía hacer yo? Estaba enferma, en realidad sólo un poco deprimida y muy asqueada, pero creo que eso ya supone una grave dolencia.
No me preocupaba ningún problema particular afectivo o económico. Fue después de leer aquella entrevista en un periódico; una pregunta concreta y su respuesta, me las repetía constantemente una y otra vez, una y otra vez, así que dije que estaba enferma.
No era la primera vez que oía aquella pregunta, ya que yo misma la había contestado en más de una ocasión y siempre de la misma manera. Conectaba la radio o el televisor, leía una revista o cualquier otra publicación y allí se encontraba alguien contestando a la inevitable pregunta con la consabida respuesta.
Hasta entonces no me había puesto nunca a pensar en nada. Para mí todos los actos encerraban el mismo significado, todas las palabras querían decir lo mismo. No conocía el amor ni el odio, ni qué era un gesto ni ademán de ternura; sólo sabia de la obediencia, siempre hacía lo que los demás queríran en relación a todos los aspectos de mi vida: qué ropas debía vestir, qué comida podía ingerir, cómo debía comportarme, sin descomponer jamás el gesto, sin reaccionar de ninguna forma, sólo mantener la misma sonrisa congelada sobre mi boca.
Tampoco es que tomara conciencia de nada, sólo que empecé a notar más y más el aburrimiento. Me sentí desnuda, ya que infinidad de miradas lascivas me devoraban; tuve miedo, no sabía qué hacer y por eso dije que estaba enferma”.

Continuará.

14 de septiembre de 2007

La cámara fotográfica (1)

I

Como cada mañana entró en el bar cuando el reloj de la pared marcaba las diez y veinte minutos; su rincón de siempre estaba ocupado por un jovenzuelo ausente que bebía una limonada. Se encaminó resignado al otro extremo de la barra, pero a pesar de ello, profesionalidad obliga, el camarero colocó ante él un café con leche y un croissant, de la misma forma que lo hacía cada día desde no recordaba cuántos años.
Depositó en la barra una cámara fotográfica que llevaba en la mano, puso el azúcar en el café y lo removió con la cucharilla, desplegó un periódico que llevaba debajo del brazo y comenzó a leerlo. A veces dejaba la lectura y le daba pequeños sorbos a su café con leche.

“Célebre fotógrafo de modas agredido en su estudio”.
“Redacción. Barcelona. A últimas horas de la mañana de ayer fue encontrado con un fuerte traumatismo craneal en su estudio el célebre fotógrafo de modas Antonio Valencia. Al parecer el arma utilizada fue su propia cámara fotográfica, con la que lo golpearon varias veces. La policía declara que no ha encontrado huellas ni pistas que esclarezcan este incidente. El mundo de la moda está dolido y consternado por tan brutal agresión que...

Una noticia de sucesos más. Miró a su cámara y el objetivo le devolvió la mirada; vio cómo se levantaba en el aire y se hundía en su cráneo mientras oía los huesos al astillarse, después la cara se le llenó de sangre y un vértigo le subió desde el estómago como una nube negra.
Ante la mirada atónita del camarero, y de los pocos clientes que a esas horas se encontraban en el local, se desplomó hasta dar con la cabeza en el suelo.
Continuará.

30 de agosto de 2007

Ladrones de sueños (y 4)

IV

-Señores viajeros, próxima estación, Barcelona-Sants. Por favor, comprueben que no olvidan ningún objeto personal. Este tren tiene también parada en Paseo de Gracia y en la Estación de Francia.
Ramón García abre los ojos y mira a Celia que se despierta en ese instante y le devuelve la mirada. El tren se detiene en la estación y empiezan a descender los pasajeros. Ramón García fuerza una sonrisa, Celia intenta sonreír también, pero apenas consigue esbozar una mueca. Apresuradamente cada uno de ellos se dirige hacia las portezuelas opuestas del vagón y se pierden entre la multitud de viajeros y familiares que se encuentran en el andén.
¿Fin?

29 de agosto de 2007

Ladrones de sueños (3)

III

¿Esa chica? ¿Cómo se llamará? Se pregunta Ramón García. María, se responde, porque hoy en día todas las chicas se llaman María. Aunque es posible que se llame Marta, o tal vez Isabel o Jessica o Jennifer...
¿Dónde trabajará? Y Ramón llega a la conclusión de que es dependienta en una zapatería, o cajera en un banco y cada mañana se dirige a su trabajo y allí atiende al público y se muestra cortés y amable. Vive con su madre anciana y es una hija modelo. Pero no, no es dependienta, ni cajera. Vive sola y no es amable ni cortés, sino huraña y perversa. Es la bruja que vive en la azotea de mi casa, piensa Ramón, y cada noche, oculta entre la niebla, se introduce en mi habitación, me roba las ilusiones que trenzo antes de adormecerme y me deja sin memoria ni deseos, sin recuerdos ni esperanzas.
Sí es ella, continúa Ramón, no cabe duda. Es ella porque la otra noche, después de sentir un vacío inmenso, me desperté y mi cuarto estaba lleno de una niebla espesa y viscosa. Me levanté, abrí la ventana para despejarla y allí estaba ella, en la calle y guardaba algo que no puede distinguir, pero sí adivinar, en esa enorme bolsa de viaje que siempre lleva consigo. Si me armara de valor, podría llegar hasta su asiento ahora que está dormida, coger la bolsa, abrirla y liberarme de tantas incertidumbres.
Ramón vence su miedo y se pone en pie. En el vagón no hay nadie más, sólo ellos dos. ¿Dónde ha bajado la gente que lo ocupaba antes? Ramón toma el bolso y lo abre y al instante todo lo que le falta y todo lo que sueña aparece ante sus ojos.
Continuará.

27 de agosto de 2007

Ladrones de sueños (2)

II

¿Cómo se llamará? Se pregunta Celia y ella misma se contesta. Juan, tiene toda la pinta de llamarse Juan, o tal vez Antonio o puede que su nombre sea Luís o...
¿A qué se dedicará? Continúa preguntándose Celia. Será agente de seguros o tal vez visitador médico o representante de una empresa papelera y cada mañana se viste con su traje azul, se coloca un sombrero de fieltro y sale de casa para ir a la oficina. No, sombrero no lleva, porque hoy en día ya nadie lleva sombrero.
Una vez en la oficina, imagina Celia, consulta su agenda y después visita a sus clientes; hace sus negocios, con lo que gana dinero y alimenta y cuida a su familia, porque está casado y tiene dos, tres, cuatro o cinco hijos. Aunque creo que está soltero. Sí, está soltero, porque es un tipo antipático y odioso y no ha encontrado ninguna mujer que lo quiera.
¿Por qué no se ha enamorado nadie de él? Pero, ¡un momento! Su cara me resulta familiar. ¿Dónde lo he visto yo antes? Prosigue Celia con su monólogo. Sí, es él, no cabe duda y su traje no es azul, sino gris y sí lleva sombrero, de color gris, y su maletín también es gris y no trabaja como agente de seguros ni representante de papel ni nada de eso, porque es un ladrón.
Cada noche selecciona a una víctima al azar, se introduce en sus sueños y los roba, dejando sin recuerdos, sin ilusiones y sin esperanzas a quien ha tenido la desgracia de tropezarse con él.
A mí me faltan varios sueños, reconoce Celia. De inmediato no lo noté, pero al despertarme por la mañana sentí un gran vacío; era como si estuviera hueca y no conseguía recordar nada de lo que yo había sido y poco a poco me di cuenta de que me faltaba algo, como si me hubieran amputado un trozo de noche. Me asomé a la ventana y él pasaba en aquél momento por la calle oscura y solitaria con su traje gris, su maletín y su sombrero.
Ahora está dormido. Si me levanto y llego hasta donde se encuentra, podría apoderarme del maletín, abrirlo, recobrar lo que me pertenece y devolver los demás sueños a sus propietarios.
Después tendrá que devolver los sueños a sus respectivos dueños. Veamos, ¿cuál es el tuyo? ¡Ese! ¿Puedes demostrarlo? ¡Sí! Pues toma. ¡El siguiente!
Celia se pone en pie sin esfuerzo. Se siente leve, como si fuera niebla. El vagón está vacío, sólo lo ocupan ella y el ladrón de sueños. ¿Dónde bajaron los otros viajeros? Él duerme, o pretende que lo piense, para sorprenderme, transformarme en sueño y encerrarme en el maletín junto a los otros que allí guarda.
Consigue llegar hasta el maletín y al cogerlo le sorprende lo poco que pesa, oprime un pestillo del maletín y se abre, a continuación presiona el otro y sucede lo mismo. Ya está, piensa, ya lo tengo. Del maletín abierto sale una niebla azulada que invade el vagón. Seres deformes y grotescos se adueñan del compartimento y todos los colores de arco iris impactan sobre su retina. Parece que la gente tiene pocos sueños buenos, ya que allí sólo hay pesadillas. ¿Y los míos? Se pregunta Celia, ¿dónde están los retales de vida que me faltan?

Continuará.

26 de agosto de 2007

Ladrones de sueños (1)

I

A primeras horas de la mañana un sol mortecino y pajizo ilumina ligeramente la llanura. El frío se cuela por entre las ropas, entumece los músculos y cala los huesos; el calor que brinda el interior de la estación resulta un agradable contraste.
El servicio de megafonía anuncia puntualmente la entrada de los trenes en los andenes correspondientes y los pasajeros, resignados, abandonan la comodidad del vestíbulo.
-¡Ding, dong!... Tren Intercity procedente de Madrid-Chamartín con destino Barcelona, va a efectuar su entrada por vía tres, andén segundo; vía tres, andén segundo.
Celia se pone en pie y coge su bolsa de viaje; con la mano libre junta sobre su garganta el cuello del abrigo. Por el paso subterráneo accede al andén segundo y aguarda la llegada de su tren; la espera no es muy larga y a los pocos segundos el Tren Intercity, procedente de Madrid con destino Barcelona entra despacio en la estación, como un gigantesco gusano de hojalata.
Celia sube al tren y busca su asiento; cuando lo encuentra, coloca su maleta en el sitio reservado para los equipajes y se sienta, abre el periódico y empieza a leer. Al otro lado del pasillo, en el asiento correspondiente a la ventanilla, un individuo con el periódico caído en las rodillas duerme plácidamente. Celia lo observa un instante de reojo, después vuelve a su lectura.
Continuará